Elogio de los cuñados

El ritual del soplo. A los primeros ochenta se aconseja tener quién nos ayude a soplar. Los nietos, por ejemplo. Foto archivo ODG

De pronto  nos acostamos aliviados y despertamos con insólitos hermanos en el árbol genealógico. Son los cuñados o hermanos políticos. Brother in law, (hermano en derecho, o por derecha, en traducción arracacha), les dicen en inglés.

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

No tengo quejas del azar, de la ternura, del papa Francisco, ni de los cuñados y cuñadas que me tocaron en la repartición de parientes.

Para torcerle el cuello a la cotidianidad, el hombre que patentó pecadillos inútiles como la gula y la avaricia,  no ha tenido la lucidez para crear el día del cuñado para invitarlos así sea a “cuñar” una mesa coja.

El más famoso de la cofradía ha sido Onán, a quien Dios sacó de circulación porque, sin ahorrarse el gustico, le puso conejo a su cuñada y se abstuvo de darle descendencia (Gn. 38.9).

Mis cuñados tuvieron que pelar muchos cocos con la uña antes de alzarse con mis hermanas en santo “mártirmonio”. Tenían un suegro retrechero que no quería saber nada de pretendientes. No, señor, que sus pipiolas casaderas estudiaran primero. La epístola de Pablo podía venir después.

Cuando mi taita entraba de sorpresa por una puerta, los estupefactos romeos salían por otra, acosados por sus asustadas julietas.

¿Cómo no estar agradecidos con los cuñados si evitaron que mis bellas, íntegras, impetuosas, aguantadoras, camelladoras y talentosas hermanas se quedaran para desvestir santos?

El octogenario Evelio en compañía de Rubiela, su costilla, y de sus hermanos. (GR)

Este aperitivo para contar que al cuñado mayor, Evelio Franco Ospina, rionegrero, pensionado de la Universidad de Antioquia, le apagamos hace poco las primeras ochenta velitas.

Madrugó a hacer suya la filosofía del Dalai Lama: “Comparte lo que sabes, es una forma de alcanzar la inmortalidad”.

Con algunos matemáticos puros echamos ábaco y concluimos que el ecologista, músico, jardinero, pescador, abuelo y profesor Franco tuvo cerca de un millón de alumnos en sus cátedras de filosofía, sicología, teología.

También hay un verbo que lo retrata: servir, que tanto privilegiaba el emperador Adriano, según se lee en sus Memorias (libro que me permití incautarle). El que no haya padecido la generosidad de Evelio que tire la primera piedra.

Familiares, alumnos, amigos, enemigos, le debemos algo; mucho, seguramente. Sobre todo los que tienen menos. No se ha guardado nada. Se ha dado a manos llenas.

Tanto al agnóstico Evelio como a Rubiela, su entera naranja y arma secreta y pública, los llaman para que den una mano, y tienen las dos ocupadas repartiendo dones.

Los malandros le arruinan hasta el primer tetero. Cuando ve que alguien ha violado algún mandamiento divino o humano, se pregunta: ¿Y a este no le da pena con la mamá?

Ha vivido intensa y pulcramente, hasta el punto de que si tocan a su puerta en la madrugada puede ser un vecino, el sereno que madrugó a cobrar la cuota por silbar de noche, pero nunca la policía. El parte de misión cumplida no puede ser más elocuente.

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