Elecciones en Argentina: ¿un estallido social en las urnas?

La economía vuelve a estar en crisis y la gente parece cada vez más descontenta con el modelo político y cultural. Las elecciones demostraron que los argentinos están listos para un cambio.

Por Rodolfo Mariani* (razonpublica.com)

Las elecciones

El domingo 11 de agosto se llevaron a cabo las elecciones primarias en Argentina, conocidas como PASO, sigla de Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias. El artículo 19 de la Ley 26571 establece que: “Todas las agrupaciones políticas procederán en forma obligatoria a seleccionar sus candidatos… mediante elecciones primarias, en forma simultánea, en todo el territorio nacional, en un solo acto electivo, con voto secreto y obligatorio, aun en aquellos casos en que se presentare una sola lista”.

Esta ley fue aprobada a finales de 2009 y se estrenó para las elecciones presidenciales de 2011. En la práctica, las PASO, además de la selección de los candidatos (a escala nacional suele presentarse una sola lista por partido y a escala local más de una) tienen dos efectos importantes para el sistema político:

  • Operan como una gran encuesta nacional que muestra con dos meses de anticipación las preferencias de la ciudadanía, y
  • Ayudan a controlar la transparencia del proceso electoral y disminuyen la probabilidad de fraude por la enorme cantidad de información que ofrecen.

País en crisis

Las PASO del domingo tuvieron lugar en un contexto de deterioro de la situación económica y social, de un clima de enfrentamiento entre las principales fuerzas políticas y de una puja cultural sobre los valores que dificultan el diálogo y la mesura.

La economía no había parado de caer entre el segundo trimestre de 2018 y mayo de este año, cuando se registró un crecimiento de 2,6 por ciento como producto exclusivo de la buena cosecha del campo. Si se quitara al sector agropecuario, la economía se habría contraído en un 3,5 por ciento.

En 2018 se cerraron 10.322 empresas y en lo que va de este año han seguido cerrando a un ritmo todavía mayor. Se perdieron 216.948 puestos de trabajo desde mayo del año anterior y el mercado laboral se ha vuelto aún más informal.

El gobierno pretendió propagar la idea de que Alberto Fernández sería un títere de Cristina.

El consumo cae de manera continuada desde que asumió el gobierno Mauricio Macri en diciembre de 2015, con la casi única excepción de los meses previos a las elecciones de medio término de 2017.

Foto: Wikimedia Commons
Desde que Macri asumió, el peso se devaluó en un 83 por ciento.

La inflación, que ya era un problema persistente del gobierno anterior, duplicó en todos los años las metas previstas en las leyes de presupuesto y este año terminará superando esos tristes precedentes.

El peso se devaluó un 83 por ciento desde que asumió Macri y los ingresos de los trabajadores perdieron poder adquisitivo en todos los años, con unas pocas excepciones sectoriales en 2017. La pobreza aumentó por lo menos siete puntos hasta superar el 34 por ciento y solo en el último año se cuentan cuatro millones de nuevos pobres.

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Además, se tomó una deuda por 187.000 millones de dólares, incluido el mayor préstamo que haya dado en toda su historia el Fondo Monetario Internacional (FMI) (57.500 millones de dólares). Pero este dinero no fue destinado a financiar proyectos productivos, promover el desarrollo y mejorar las condiciones de repago, sino a solventar gastos corrientes, intereses de deuda y fuga de capitales. Precisamente, la fuga de capitales (un mal endémico de Argentina) saltó hasta superar los cien mil millones de dólares.

En este complejo escenario, en abril el gobierno negoció con el FMI para flexibilizar la política y robustecer la intervención de la autoridad monetaria para frenar la devaluación. La idea era mejorar las expectativas de la sociedad en vísperas de las elecciones a partir de una aparente pax cambiaria que era presentada como el comienzo de la recuperación de la economía.

Este clima reinó hasta el viernes anterior a las elecciones, día en que fue coronado con un marcado descenso del indicador de Riesgo País, la subida de las acciones de las empresas y un brindis exultante de la bolsa y los bancos que parecía augurar unos comicios plagados de buenas noticias para el gobierno y los mercados.

El triunfo de los Fernández

Pero el 18 de mayo, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) movió el tablero político con el anuncio de que Alberto Fernández sería el candidato del Frente de Todos y que ella sería su vicepresidenta. Esta decisión desorientó al oficialismo, que tenía montada toda su estrategia para confrontar a la principal líder opositora.

Alberto Fernández es un político peronista que acompañó a Néstor Kirchner como jefe de gabinete durante todo su mandato y a CFK durante el primer año de su primer período. Es un hombre moderado y dispuesto a dialogar, pero de convicciones firmes que lo llevaron a oponerse a CFK durante la última etapa de su gobierno.

Foto: Facebook de Alberto Fernández.
Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.

Desde 2008, Cristina y Alberto Fernández estuvieron en orillas diferentes hasta que en diciembre de 2017 empezaron a recomponer la relación y a urdir el complejo tejido de diversidad que pudiera enfrentar el proyecto de continuidad del oficialismo. Para ello era preciso correrse hacia el centro, captar a descontentos del gobierno anterior y decepcionados del actual, saltar “la grieta” y encontrar fórmulas que permitieran sumar expresiones distintas sin perder la identidad básica del kirchnerismo, que aporta un piso electoral muy alto, pero no alcanza para una mayoría triunfante.

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El gobierno pretendió propagar la idea de que Alberto Fernández sería un títere de Cristina y continuó su estrategia de polarizar con el kirchnerismo. Pero la impronta pluralista y moderada del Frente de Todos y el discurso conciliador de Alberto Fernández desarmaron la estrategia del oficialismo. El gobierno se quedó peleando con un fantasma del pasado mientras que el Frente de Todos logró proponerle a una sociedad castigada un futuro que lo rescate del espanto del presente.

Diferentes visiones

En lo cultural, el propio presidente dijo que se trataba de “una pelea por el alma de la Argentina”. No se trata de que unos tengan valores y los otros no, de buenos y de malos. Se trata de campos políticos enfrentados que enarbolan valores distintos.

Nadie imaginaba una diferencia de más de quince puntos a favor de la oposición.

La individualización y la privatización de la vida, la apelación al “mérito” sin considerar las diferencias de oportunidades, la exaltación de la codicia y la naturalización de las desigualdades, por un lado, se oponen al lado colectivo de la ciudadanía y sus pliegues plurales y vivos que reclaman el espacio público, el reconocimiento de las necesidades insatisfechas y la inscripción de derechos conculcados, a la solidaridad, a la aspiración a la igualdad y a la política como camino de emancipación, por el otro.

Sobre esos campos se erigen maneras radicalmente diferentes de estar en el mundo, de sentir y de pensar, con aspiraciones, miedos e idearios que desafían la democracia y la pueden mejorar o la pueden poner en riesgo. Esas pugnas acabaron por llenar las urnas de ilusiones distintas que representan mundos en conflicto.

Un mal paso para el gobierno

Los resultados de las PASO no sorprendieron por el orden de ganadores y perdedores, pero sí por las diferencias entre ellos. Más allá de la debacle generalizada de las encuestas, nadie imaginaba una diferencia de más de quince puntos a favor de la oposición, que la ponen al borde de un triunfo en primera vuelta en las elecciones de octubre próximo, ni que el oficialismo solo lograra imponerse en dos de los veinticuatro distritos del país (Córdoba y Ciudad de Buenos Aires) y por una diferencia mucho menor de la esperada.

Foto: Wikipedia
Tarjetones para las elecciones.

La provincia de Buenos Aires, que representa casi el cuarenta por ciento del padrón electoral del país, fue epicentro de otra gran sorpresa: el exministro de economía de CFK, Axel Kicillof, se impuso a la actual gobernadora María Eugenia Vidal, figura clave del oficialismo, por 18 puntos. Pocos se animaban a augurar su triunfo y nadie pudo prever semejante diferencia.

A finales de 2018, el FMI se había mostrado sorprendido por la que consideraba una falta de reacción del pueblo argentino ante la magnitud del ajuste económico aplicado por el gobierno. En el mismo sentido se pronunció el ministro de economía, Nicolás Dujovne. Las elecciones del domingo pasado son una respuesta contundente a esas afirmaciones y los resultados se parecen mucho a una suerte de estallido social en las urnas.

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Esta semana se acabó la pax cambiaria, se devaluó el peso, se reveló la desnudez de un gobierno que en el cenit de su sueño proponía acelerar los motores del Titanic y que ahora, en su desesperación, apela a medidas redistributivas en las que no cree para intentar revertir lo que parece imposible.

El estallido social de las urnas puso en duda la viabilidad de Macri como candidato a la reelección en octubre, pero debe seguir siendo el presidente hasta diciembre. Los meses que vienen serán difíciles y la gobernabilidad representará un desafío y una preocupación cotidiana.

* Politólogo, investigador del CIEDAL, Escuela de Política y Gobierno, Universidad Nacional de San Martín.

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