El Tercer Policía (Nórdica Libros) de Flann O’Brien.-

Por Darío Jaramillo Agudelo (Luna Libros)

Sólo muy cerca del final, el lector se da cuenta de que el narrador de El Tercer Policía de Flann O’Brien (Irlanda, 1911-1966) es un fantasma. Ese narrador –y también protagonista– comienza la novela contando que asesinó a golpes de pala “al viejo Philip Mathers”. Cuenta que lo hizo para robar y también cuenta que el botín quedó en la casa de Mathers. Si fuera a resumir el argumento de esta memorable narración diría que se trata de los avatares del protagonista desde cuando regresa a la casa de Mathers a rescatar el botín. Sería verdad este resumen, pero no diría nada de este libro en el que puede ocurrir cualquier cosa. 
Y cualquier cosa es cualquier cosa: para empezar, al llegar a la casa vacía donde ocurrió el asesinato: “oí una tos a mis espaldas, suave, natural y, sin embargo, más inquietante que ningún sonido que jamás haya escuchado el oído humano. Que no cayera muerto del susto se debe, creo, a dos motivos: que mis sentidos ya estaban trastornados y sólo eran capaces en parte de interpretar lo que había percibido, y también que aquella tos parecía traer consigo alguna alteración aún más horrible sobre todas las cosas, como si se hubiera detenido el universo por un instante, suspendiendo a los planetas en sus órbitas interrumpiendo el sol y sosteniendo en el aire todo lo que la tierra atraía hacia ella. No me pude mantener de rodillas y me desplomé débilmente hacia atrás, quedándome medio sentado, sin fuerzas, en el suelo. La frente se me cubrió de sudor y mis ojos permanecieron abiertos mucho tiempo sin pestañear, vidriosos, casi incapaces de ver. En el rincón más oscuro de la habitación, cerca de la ventana, había un hombre sentado en una silla, observándome con escaso pero constante interés. (…). El hombre era el viejo Mathers. (…). Su rostro era aterrador, pero tenía una expresión en sus ojos tan terrorífica y horrible que el resto de sus facciones parecían casi afables. Su piel era como de pergamino descolorido, con una serie de pliegues y arrugas que le daban una expresión de inescrutabilidad insondable. (…). Angustiado, pensé que quizás era el hermano gemelo del viejo, pero en ese momento oí que alguien decía: Difícilmente. Si te fijas en el lado izquierdo del cuello verás algo como un esparadrapo o una venda. También lleva vendadas la garganta y la barbilla. Miré acongojado y vi que era cierto. Era, sin lugar a dudas, el hombre que yo había asesinado. (…). Pero ¿quién había pronunciado esas palabras? No me habían asustado. Las había oído perfectamente. (…). Procedían de lo más hondo de mí mismo, de mi alma. Hasta entonces nunca había creído o sospechado que pudiera tener un alma, pero en ese momento lo supe. También supe que mi alma era amistosa, que era mayor que yo y que lo único que le preocupaba era mi bienestar. Por comodidad, le puse el nombre de Joe”.

Es muy significativo que, precisamente en el mismo momento en que el narrador sin nombre está estremecido ante la presencia del mismo individuo que él asesinó a golpes de pala, en ese instante de desconcierto y pánico, oiga por primera vez una voz interior, la voz de otro que está entre su pellejo y que nunca antes se le había manifestado. También es muy significativo que el personaje que narra su propia aventura carezca de nombre mientras ese otro yo que le dice cosas que le ayudan, esa conciencia interior, tiene el nombre de Joe desde que le habla por primera vez.

El narrador (y protagonista) de El Tercer Policía no tiene nombre, lo cual da lugar a disparatadas disquisiciones; y tampoco tiene pierna izquierda. (Hay en la novela otros dos amputados, también de la izquierda, cuestión que no es una diferencia fundamental con los amputados de la pierna derecha, digo yo con una simpatía mucho más extensa que este paréntesis monópodo). Ser amputado no es un detalle menor: en cierto momento se ve en peligro de ser asesinado por alguien que le dice que “aunque no tenga dinero le quitaré su insignificante vida”, pero al fin le perdona la vida porque quien lo amenaza es también amputado y, más, es “el capitán de todos los cojos del país. Conocía a todos excepto a uno: usted. Ahora ese uno también es mi amigo por el mismo tiempo. Si algún hombre le mira mal, le rajaré las tripas”.

Nuestro héroe nos cuenta con asombrosa naturalidad las más insólitas y disparatadas situaciones. Y si la aparición del viejo Mathers le provoca casi terror, ante cada novedad inesperada, mejor, imposible en lo que llamamos realidad, ese narrador con pata de palo reacciona con el mismo estupor, el mismo asombro que podríamos recibirlo usted, lector, y yo, redactor, si se nos apareciera un fantasma.

Este Ene-ene que habla en primera persona como testigo de su mundo, parece que ignora él mismo su condición de fantasma. Un individuo sin conciencia de su identidad fantasmal y que sólo tres páginas antes de que termine la lectura de 298 se entera de que murió hace dieciséis años.

En las aventuras del narrador figuran realidades bidimensionales, luces que se desplazan de una habitación a otra en una casa abandonada. Hay, también, bicicletas: “se sorprendería del número de gente por estos andurriales que son mitad persona y mitad bicicleta”. Esto lleva a una pregunta trascendental: “¿cómo sabe usted si un hombre tiene mucho de bicicleta en sus venas?”. Este tema lleva a alguien al terreno de las confidencias: “mi abuelo murió a los ochenta y tres años. ¡Durante el año previo a su muerte fue un caballo!”.

Uno piensa en Lewis Carroll, en Italo Calvino, en Felisberto, en César Aira, en autores que controvierten las leyes físicas, incluyendo las fronteras –si las hay– entre vivos y muertos. En el trasfondo, además, hay un genio llamado De Selby, “que adquirió cierta reputación de sabio erudito ‘debido posiblemente a que nunca se le vio leer un periódico’”. De Selby es tan distraído, que es incapaz “de distinguir entre hombres y mujeres”. Frecuentemente, a lo largo de la novela se intercalan explicaciones provenientes de las obras de De Selby, si bien reconocen que tuvo críticos muy duros como du Garbandier, quien dice que “lo hermoso de leer una página de De Selby es que conduce irrevocablemente a la feliz convicción de que uno no es, de entre todos los badulaques, el mayor”.

Flann O’Brien pertenece a la santísima trinidad de las letras irlandesas del siglo XX, aunque es mucho menos conocido que sus otros dos integrantes: Joyce y Beckett, quienes, además, fueron sus fervientes admiradores.
Los dones del otoño (Pre-Textos) de José Cereijo.- 
El contraste es notorio. La gran poesía se escribe hoy en tono menor. Alguien habla, casi susurra las palabras que le permiten sobrevivir, entrever, acaso conocerse. Los temas son los que incumben a cada uno y a todos, y el poeta los retoma para volverlos a aprender, para dejarlos como rica y casi invisible herencia a quien los lea. Esa es mi experiencia de lectura de Los dones del otoño, el hermoso libro de José Cereijo (Redondela, Pontevedra, 1957).
QUE la muerte te sea
persuasiva, no hostil,
como una compañía largo tiempo esperada.
Que escuches de su boca las palabras
que tu corazón siempre
aguardó sin saberlo:
las que han de ser por fin la clave del enigma,
o, más modestamente, el final de una historia.
                     JOSÉ CEREIJO

MIRA 
Mira la vieja puerta de madera
por la que ya has pasado tantas veces.
Mira la acera gris que es tu camino,
y en la que no reparas al pisarla.
Mira también las nubes de esta tarde,
los árboles dormidos del paseo,
los delicados juegos de la luz.
Todo lo que sucede para nadie,
lo que es puro ausentarse de sí mismo,
como acaso la vida.
Mira, por una vez, estas cosas oscuras
que han de perderse en cuanto no las mires,
que no serán recuerdos.
                        JOSÉ CEREIJO

PAISAJE
La imagen de las casas lavadas por la lluvia.
Las nubes poderosas a las que barre el viento.
Esta luna inicial, y frágil y amarilla.
Las primeras estrellas, los espejos del agua, el olor de la tierra.
Para ti voy diciendo estas pequeñas cosas
que ha perdido tu muerte.
                         JOSÉ CEREIJO

LA APARICIÓN
La miras. Es la misma. Sigue siendo
aquella adolescente luminosa,
aquella aparición que deslumbraba
tus ojos hasta el fondo.
Lo sigue siendo aún. Y cada gesto
aún repite el prodigio, y lo renueva,
después de tantos años. Solitaria,
camina entre la gente, y se diría
que encuentran natural el que entre ellos
pase un milagro así. Tú, que lo sabes,
dejas paso y adoras, en silencio.
Y ella calla también. ¿Pueden los dioses
no saber lo que son?
                         JOSÉ CEREIJO 
Diccionadario.–«Todas las palabras que se digan sobre el silencio están condenadas por él mismo. Esta fatalidad descalificadora, lo protege de antemano». (Rafael Cadenas).

Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):Estirado: es muy fácil.
Trotuga: tortuga que va al trote.
Temergencia: cosa urgente y peligrosa. 
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