El minuto de fama de los Ramírez Restrepo

El padre Diego Jaramillo, mandamás de la Fundación Minuto de Dios, acompañado de Rodrigo Ramírez (izquierda) y Odomínguez, el día que buscamos fotos de la invitación del padre Rafael a la familia Ramírez.

Por Oscar Domínguez Giraldo

Se pueden contar en los dedos de la mano el  número de colombianos vivos que en los años cincuenta fueron invitados por el padre Rafael García-Herreros a su programa de televisión El Minuto de Dios.

Los invitados eran familias    que generalmente no tenían asegurados los tres golpes diarios y veían televisión donde el rico de la cuadra. Una de esas familias  era la de los Ramírez Restrepo, de Aranjuez-Berlín.

Con uno de los Ramirez, Rodrigo, quien hoy está cumpliendo sus primeros 75 años (japiberdituyú, Coco), estudié en la misma escuela (la José Eusebio Caro) íbamos al mismo matinal los domingos, en los teatros Aranjuez, Laika o Berlín, leíamos las mismas revistas alquilados en la calle 92, teníamos la calle por cárcel, alquilábamos las mismas bicicletas en los sitios indicados, cogíamos varillas en el puente del Mico para hacer cometas, cogíamos musgo para el pesebre de diciembre, robábamos mangos, hacíamos mandados, le contábamos los mismos pecados monótonos a los frailes de la iglesia de los Agustinos de  Berlín, comimos de los mismos bizcochitos de san Nicolás, tan milagrosos que todavía seguimos vivos, hacíamos los primeros viernes y jugábamos fútbol en los mismos peladores de la nororiental.

Rodrigo, a quien conocí solo 60 años después, ya con el sol bien a la espalda, recogió en un libro sus memorias de infancia. Dedicó un capítulo a la invitación que les hizo el padre García Herreros. La siguiente nota está inspirada en ese capítulo. Con mis reiteradas felicitaciones a un  gran amigo. od

El minuto de fama de los Ramírez

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Año de 1958. La familia Ramírez Restrepo de la calle del Chispero, del barrio Aranjuez-Berlín, al oriente de Medellín, veía televisión en la casa del rico de la cuadra. No tenían teléfono. El paseo estrella los domingos era ver aterrizar y despegar aviones en el aeropuerto Olaya Herrera (campo de aviación en la semántica de entonces).

Pero eran ricos…  en hijos. Fueron 17. Y como de pronto tenían el almuerzo embolatado clasificaron para invitación al programa de televisión El Minuto de Dios del padre Rafael García-Herreros.

El aval de pobres a los Ramírez lo extendió la muy pía Sociedad de San Vicente de Paúl.  El padre de la tribu era vendedor de cominos y zapatero. Oficiaba como cirujano plástico de los balones de cuero de los muchachos de la cuadra. La madre, Coco Chanel paisa, reforzaba las finanzas domésticas con su  máquina Singer en la que cosía la ropa con “ventajita” para que la heredaran los hombres y mujeres que venían empujando.

Los malandros y su jefa
Miembros de la Barr5, también llamada barra de Los Malandros. De izquierda a derecha, Rodrigo Ramírez, María Elena Quintero, viuda del fallecido maestro Rodrigo Arenas Betancourt, Domínguez, Orlando Ramírez Casas, por telégrafo Orcasas, y el médico manizaleño Gonzalo Mejía, el que tomo la selfi, en el taller del escultor, en La Tablaza, Caldas, Antioquia.


“Recuerdo con alegría esa noche estelar cuando lentamente subimos llenos de ansiedad esa fila de escalas en mármol gris (que todavía existen y que con esporádica frecuencia, veo cuando paso por ese lugar en mis viajes a la capital), hacia los estudios de Inravisión, para dirigirnos a la sala de grabación, donde se realizaban las filmaciones. Ese cuarto estaba iluminado por muchísimos reflectores y luces que salían de todas partes y rincones, creando en el ambiente un calor y un brillo enceguecedor, como una tarde resplandeciente de sol de verano en mitad del mar”.

El que  cuenta la historia es uno de los 17, Rodrigo Ramírez Restrepo,  empresario,  asegurador, filántropo, exgerente de Seguros Bolívar en Medellín, exdirector general de Fasecolda, fundador de dos universidades, hincha del Atlético Nacional, columnista de Cápsulas, el blog deportivo de Alfredo Carreño. “Un puñado de historias” tituló el libro que recoge la crónica familiar. Por supuesto, los años de limitaciones económicas son pura anécdota.

El libro le dedica un divertido capítulo al viaje en avión. La culecada casi desbarata el DC3 de Avianca de apenas dos motores. Viendo ese aparto por dentro olvidaron la cartilla del joven de la Sociedad de San Vicente que les repitió hasta el cansancio: ”No deben gritar, no se quiten los suéteres que allá hace mucho frío, no hablen con la boca llena, utilicen bien los cubiertos, no se burlen de la gente, hablen pasito, no se metan los dedos en la nariz, cójanse de las manos para que no se pierdan; por favor, no la vayan a embarrar

Entre los padres y las azafatas trataban de aconduchar a la chiquillería que había sido despedida con bombos y platillos por toda la cuadra como si fueran para París a un viaje sin retorno. Los demás pasajeros se hacían cruces ante semejante desmadre a bordo.

La invitación del Telepadre García Herreros, además de los pasajes en avión, alojamiento en casa de una pudiente familia bogotana que los recibió con dos cajas de Pony Malta y paquetes de panes inmensos que los improvisados Beverly Ricos paisas devoraron en un santiamén. Aprovecharon para comer ajiaco. Y conocer Monserrate de lejitos.

Ver el programa de televisión de García-Herreros se les había convertido en costumbre. Pero participar en ese “reality” diario en vivo, montar en avión por primera vez, conocer la remota capital donde vivían los principales de la parroquia, no se le habría ocurrido al más soñador.

“Llegaron los auxiliares a darnos los últimos retoques en el peinado, a la vez que les organizaban el vestuario a las niñas, y a nosotros nos metían la camisa por dentro de los pantalones y nos abrochaban la correa”.

En el momento de recibir la invitación del padre Rafael, la tanda de Ramírez iba en 9 hijos. Después llegarían 8 más.

“Mi mamá disimuladamente se humedecía de saliva la punta de los dedos de sus manos para organizarnos los copetes de la frente, mientras que un camarógrafo nos acomodaba  a los nueve hijos  por orden de estatura en dos filas como un racimo de plátanos”.

El programa de televisión posiblemente más viejo del mundo, lo dirige actualmente un salesiano de Yarumal, modelo 32, el padre Diego Jaramillo.

En busca de fotos o videos del programa al que fueron invitados una noche de sábado, Rodrigo y yo visitamos al padre Diego en su “sancta sanctorum” del barrio El Minuto. 

El padrecito, quien todas las mañanas hace las veces de Gustavo  Gómez o Yolanda Ruiz de Dios en la radio del minuto (107.9 FM, al lado de la Emisora de la Tadeo que dirigía Bernardino Hoyos y ahora el manizaleño Rogelio Delgado) puso a disposición del visitante todos sus archivos.

Ramírez buscó y buscó pero no encontró fotos. Las pesquisas en el archivo de Inravisión también resultaron fallidas.

“A las siete en punto de la noche, en las pantallas en blanco y negro, apareció el padre  Rafael García-Herreros. A su izquierda, como era habitual, una Cruz de chamizos de árbol seco, al otro lado el logotipo y emblema de Azúcar Manuelita (compañía auspiciadora del programa).

Después de una espiritual reflexión sobre la palabra de Dios, y una oración final sobre las bondades del Todopoderoso, el padre se desplazó hacia nosotros”.

Todo el barrio Aranjuez estaba pendiente del programa de televisión en que aparecerían los Ramírez. Sus familiares y amigos  se reunieron esa noche en casa de don Jesús Muñoz, “Conejo”, el único de la cuadra que tenía televisor en blanco y negro.

 “Mientras  las cámaras nos enfocaban, el generoso sacerdote se dirigió a los televidentes  y miró a través de sus gafas transparentes a mi papá, mientras lo abrazaba colocándole su brazo izquierdo por detrás del hombro, que lucía bien encachacado con su vestido oscuro, su  corbata prestada y su nudo bien hecho. Mi mamá, al otro extremo, cargaba al menor”.

Desde los tiempos de García-Herreros (“me faltó solemnidad para ser obispo”, me confesó en una ocasión), noviembre tiene el color de la caridad con los que llevan del bulto. A falta de Bill Gates, bueno es todo el que  quiera meterse la mano al dril asistiendo al Banquete. 

“El sacerdote, haciendo una pequeña disertación sobre la importancia de la familia cristiana en la sociedad, y colocándonos inmerecidamente  de ejemplo, como la familia de nobles virtudes que representaba la bondad y grandeza de la raza antioqueña. Con la humildad que lo caracterizaba concluyó con la célebre frase que utilizó toda su vida en su programa: “Dios mio, en tus manos colocamos esta noche….”.

El cuarto de hora de fama de la familia Ramírez Restrepo tocaba a su fin. Los once del barrio Aranjuez-Berlín, cargados de regalos, regresaron a la casa de la samaritana bogotana que les brindó cristiana hospitalidad. Comandados por el mayor, Rodrigo, dieron una temerosa vuelta por los alrededores de la casa, casi que regando en el camino pedacitos de pan de para no perderse al regreso, como Pulgarcito.

El domingo en la tarde eran aclamados en la calle del Chispero con la algarabía de quien recibe a la selección Colombia. Al lunes siguiente, volvían a ejercer el altivo oficio de pobres que les había valido una invitación para salir en la televisora nacional. Sólo por ese viaje valió la pena vivir. (Esta crónica sometida a latonería y pintura, fue publicada inicialmente en El Espectador).

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1 Comentario

  1. Buenas, como conozco este maravilloso relato faltó el comentario del hermano quien le seguía a Don Rodrigo Ivan Ramirez: “Rodrigo este avian bien pesado y mi mama llamando a todos esos santos y vírgenes, creo que este avión así, no va a poder despegar.

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