¿El comienzo del fin de la guerra contra las drogas?

Encuentro entre Gustavo Petro y Antony Blinken. / REUTERS

Por Nicholas Dale

Con la reunión del pasado lunes entre el secretario de Estado norteamericano, Anthony Blinken, y el presidente Gustavo Petro en la Casa de Nariño el futuro de la guerra contra las drogas como la conocemos es más incierto que nunca. Es la primera vez que coinciden un presidente colombiano y un alto cargo estadounidense en un llamado a cambiar el paradigma en la estrategia antidrogas; hasta ahora, el expresidente Santos había sido la figura más importante en señalar el fracaso de la guerra contra las drogas, pero lo hizo en solitario. En cambio, fue la carta de presentación de Petro ante el mundo entero hace unas semanas en la Asamblea General de la ONU y, tras las conversaciones iniciales con Estados Unidos, es uno de los dos puntos clave en su relación con el gobierno Biden, junto con la protección medioambiental.

Como detallaba el reportaje titulado La guerra contra las drogas: 50 años de muerte y fracaso, que publicamos el mismo lunes, desde que el presidente estadounidense Richard Nixon declaró una “ofensiva total” contra lo que él consideraba el enemigo público número uno en ese momento, cada nueva estrategia antinarcóticos ha fallado. Enfocadas siempre en cortar la oferta de raíz -bajo la premisa de que si no hay drogas disponibles tampoco habrá consumidores-, lo que ha en realidad ha sucedido, como constatan las estadísticas, es que ha crecido la producción, la venta y el consumo de manera desmesurada década tras década. El objetivo, coinciden los expertos consultados, no ha sido atajar las causas del problema, sino más bien demostrar al público, estadounidense principalmente, “progreso” en forma de “positivos de guerra”, como lo son narcotraficantes capturados o muertos,

Esta idea es similar a la que Petro avanzó ante los mandatarios del mundo en Nueva York y que, según los testimonios, compartió con Blinken el lunes. En sus comentarios posteriores, el presidente colombiano diferenció entre el “proletariado del narcotráfico” —que describió como personas vulnerables a la violencia que muchas veces son obligadas a ponerse al servicio del tráfico de drogas—y “el capital del narcotráfico”, que son quienes dirigen el negocio. Petro quisiera dejar de criminalizar al primer grupo, y enfocarse en el segundo; en personas que “quizás han estado en estos salones del palacio de Nariño”, dijo, o que dirigen una estructura ilegal desde ciudades como Bogotá, Miami y Nueva York. Contra ellos, los dueños del capital, Petro le pide a Estados Unidos que se fortalezcan los servicios de inteligencia de ambos países. En Colombia, dejar de enfocarse en la erradicación forzada como ya se ha anunciado, es un paso en esta dirección.

Sin embargo, derribar una mentalidad cementada durante medio siglo no se puede hacer sin el auspicio de Estados Unidos, el promotor de la guerra antidrogas desde sus inicios y principal consumidor de sustancias narcóticas en el mundo. De hecho, aunque Blinken dio señales de estar en sintonía con Petro – “respaldamos vivamente el enfoque holístico que está adoptando el presidente a través de la justicia, el desarrollo, la protección ambiental, la reducción de la oferta y la demanda”, dijo- el avance real en el cambio de las políticas se presenta más complicado.

Las alteraciones en los acuerdos de extradición -algo central en el plan de la “paz total” de Petro y de su estrategia para lidiar con las organizaciones criminales- todavía no generan consenso; igualmente, la propuesta de Petro de comprar de tres millones de hectáreas de tierras productivas, para entregarlas a campesinos que están hoy en día cultivando coca, si bien parece tener el respaldo verbal de los norteamericanos, no cuenta con el apoyo económico necesario para llevarlo a cabo. Asimismo, el gobierno de Biden tampoco ha anunciado ningún cambio profundo inminente en su política antidrogas interna, cosa que Petro señaló como un imperativo para derribar el mercado internacional del narcotráfico.

Ante esta realidad, los grandes titulares sobre “el fin de la guerra contra las drogas” se pueden guardar por el momento. Una rueda de prensa donde se pinta un boceto de lo que sería tal escenario no es suficiente para saltar a esa conclusión. Pero, tal vez, es el inicio del camino.

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