El Brasil de la reconstrucción

Lula da Silva durante su ceremonia de investidura como presidente de Brasil, el domingo en el palacio de Planalto (Brasilia). Foto: ADRIANO MACHADO (REUTERS)

Editorial

Arropado por más de 300.000 personas, Luiz Inácio Lula da Silva juró este domingo como nuevo presidente de Brasil en su histórico regreso al poder, 20 años después. Casi nada es en el Brasil de hoy como fue en 2003 para Lula, con una victoria que alcanzó entonces el 61% de los votos. Hoy la distancia con Jair Bolsonaro no llegó a los dos puntos pero la urgencia política es semejante. En su toma de posesión, Lula prometió trabajar por “la resurrección” de Brasil tras considerar “aterradora” la herencia recibida del ultraderechista Bolsonaro, deliberadamente ausente de la ceremonia y sin haber reconocido todavía su derrota. El trabajo que tiene por delante, dijo Lula, estará marcado por la lucha contra la pobreza y las desigualdades de todo tipo, la reconciliación política, una activa agenda de género y políticas ambientales que frenen la destrucción de la Amazonia.

Son primeras señales positivas. Lula, de 77 años, recordó que el suyo no será un Gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), sino del amplio frente político que armó para vencer a Bolsonaro y que abarca desde la derecha tradicional, representada por el vicepresidente, Geraldo Alckmin, y pieza fundamental en este rompecabezas instalado en Brasilia, hasta diversos partidos de izquierda que lo han acompañado contra Bolsonaro y que obligaron a Lula a ampliar el número de ministerios de 23 a 37.Pero ha reservado para el PT las carteras más estratégicas, sobre todo el Ministerio de Economía, que ocupará Fernando Haddad (derrotado por Bolsonaro en 2018), mientras Alckmin estará a cargo de Industria, y Simone Tebet, la excandidata liberal que se decantó por Lula en la segunda vuelta, fue recompensada con la cartera de Planeamiento.

Dominar estos equilibrios será clave para Lula porque el margen político del que dispone es muy estrecho. Gobernará con un Congreso sin mayoría propia y donde la ultraderecha está fortalecida. La paridad de fuerzas en Brasil da alas a un Parlamento con amplias capacidades para bloquear las propuestas del Ejecutivo. Basta recordar el juicio político contra Dilma Rousseff en 2016, cuando la heredera de Lula llevaba menos de dos años desde el inicio de su segundo mandato.

El nuevo presidente afirmó en su investidura que no llega con ánimo de revancha, aunque anunció que exigirá responsabilidades por la gestión que Bolsonaro hizo de la pandemia. El expresidente fue un negacionista que se opuso a la vacuna contra la covid-19 y a las cuarentenas obligatorias. El resultado fueron casi 700.000 muertos, una cifra que Lula consideró el domingo “un genocidio”, aunque no nombrase expresamente a Bolsonaro: tampoco hizo falta.

En el Brasil de la reconstrucción será fundamental que el expresidente esté a la altura de las circunstancias. En la segunda vuelta, celebrada el 30 de octubre, obtuvo más de 58 millones de votos. Tiene aún un enorme capital político que deberá manejar consciente de los estragos que todavía puede causar el bolsonarismo. El expresidente voló hacia Orlando (Florida) el viernes previo a la asunción. Evitó así entregar la banda presidencial a su sucesor, una tradición democrática que ningún otro jefe de Estado se había atrevido a romper. El bolsonarismo está vivo en Brasil, y Lula da Silva tendrá que lidiar con él sin perder de vista que, ahora mismo, él encarna la esperanza de un Brasil mejor y que su principal cometido, tras su emocionante regreso, consiste en restañar las graves heridas que la desigualdad inflige al país y devolverlo a la senda de la institucionalidad.

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