Diatriba contra el japiberdi

Autorretrato con mi futuro yo... cuando no cumpliré años sino eternidades

Por Oscar Domínguez Giraldo

Pocas cosas nivelan a la humanidad  por lo bajo como el canto del happy birthday to you, el estridente estribillo que entró al español por la puerta falsa con el alias de japiberdi.

De lo peorcito de los cumpleaños es el instante en que arranca esa babel de voces que se atropellan para felicitar, desafinando. Unos arrancan por fa, otros por do, re, mí. Sin saberlo, los hay que terminan por sí o sol.  

Nada que ver con el sensual happy birthday, Mr. President, que le cantó Marilyn Monroe, el stradivarius del sexo,  (el piropo es de los japoneses) a John Kennedy en la Casa Blanca, con doña Jaquie, espiando detrás de una cortina, muerta de los celos. 


El japiberdi es la canción (¿) más conocida y la más ultrajada. Todos nos sentimos con licencia para inventarle algo mientras la desentonamos. Nunca la cantamos igual. Los hay que llaman al homenajeado por su primer nombre, otros por el segundo, no pocos  por los dos. O por su alias.   

Hay generosos que le desean al agasajado que viva feliz hasta el año 3 mil. ¡O hasta el 10 mil!, como si el palo de la vida estuviera para cucharas. 


Es el único canto con traducción simultánea incorporada. Terminada la versión en un inglés nunca aprendido, algún espontáneo  arrancará con el «cumpleaños feliz», en imperfecto español. 

La cacofónica concurrencia lo seguirá alborozado como si se empeñara en hacerse perdonar el lapsus de no felicitar en el propio idioma.

Después vendrán aplausos de todos los calibres: unos  de corazón, otros sin alma. 
¿Y qué tal la inevitable soplada de las velas? Por lo general, no se colocan las que son como para ahorrarle al hojimeniado el bochorno de recordarle que es un año menos joven. 

Y como es fijo que las velas son de aquellas  mamagallistas que se apagan para prenderse enseguida, el coro está listo para cantarle a la víctima que «ya no sopla».

La partida del ponqué es otro cantar. Es posible que el agasajado saque a relucir sus conocimientos y lo parta como mandan los cánones. Aunque jamás faltan los infiltrados o lambones – generalmente quienes no llevaron regalo- que lo hagan en su lugar. 

A todas éstas, la estrella de la velada recibe besos que van convirtiendo sus maltrechos cachetes en un Niágara de babas de todos los estratos.

Lanzo esta despiadada diatriba contra el japiberdituyú a ver si algún cerebro no fugado crea una canción más sensata y elocuente.  

O a ver si popularizamos las mexicanas “Mañanitas” esa especie de himno que tienen los manitos para celebrar un año más cerca de la eternidad. Convendría una huelga de cumpleaños caídos mientras nos ponemos de acuerdo en una melodía que enaltezca un ritual en el que el sol gira alrededor nuestro por un día. (Líneas sometidas a latonería y pintura).

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