Días de radio y otras radionovelas

La radio. Foto La Vanguardia

Orlando Ramírez Casas

Hola, jóvenes:

RADIO BEMBA

Desde tiempos inmemoriales, pero especialmente a partir de la Edad Media, existieron los bandos, edictos, o decretos de las autoridades que, a falta de otros medios, eran voceados de viva voz por los emisarios del soberano gobernante en la región.

También por esos días hicieron su aparición los juglares, cuyos cánticos contaban a las gentes los sucesos de qué príncipe se casó con qué princesa, a qué duque le nació su primogénito, o que conde dio muerte en duelo a su rival por el amor de una marquesa.

Desde siempre ha existido lo que llaman el vox pópuli, el voz a voz, o de boca en boca, que el humor caribeño bautizó como “Radio Bemba”, como alusión a la bemba o boca de labios grandes y colorados que es característica propia de la raza negra y cuyos chismes viajaban más rápido que si fueran coreados por un altavoz. De una persona blanca que es de labios abultados suele decirse que “tiene boca de negra”.

Bemba colorá”, de José Claro Fumero (José Claro Santiago Betancourt), interpretada por Celia Cruz

Hay películas que rinden culto a la nostalgia y se han convertido en clásicos –también novelas, naturalmente–. A algunas de estas haré referencia.

CINEMA PARAÍSO –1988–

1987 y 1988 parecieron ser los años de la nostalgia, como decir la película “Cinema Paraíso”, dirigida por el italiano Giuseppe Tornatore en 1988, con música de Ennio Morricone, que recrea el ambiente de las salas de cine de los años cincuenta, desde el punto de vista del chico que creció y se hizo adulto metido entre proyectores en esos lugares.

BUENOS DÍAS, VIETNAM –1987–

Basado en hechos reales del personaje Adrian Cronauer en 1965, el director Barri Levinson hizo en 1987 la película “Good morning, Vietnam”, en que el personaje representado por Robin Williams recrea el característico saludo que se hizo conocido por su audiencia: “Buenos días, Vietnam”; saludo que emitía desde la emisora del ejército de los Estados Unidos montada para la recreación de los soldados que estaban desparramados por el territorio de la guerra. Forest Whitaker está en la nómina de actores de esta película.

DÍAS DE RADIO –1987–

Woody Allen dirigió en este año la película que rememora magistralmente los días en que la televisión no había hecho su irrupción y la gente se entretenía escuchando radio. Fue protagonizada por él mismo, con Mia Farrow, Diane Keaton, Diane Wiest, Danny Aiello, Wallace Shawn, William H. Macy, y Jeff Daniels.

BUENOS DÍAS, AMÉRICA –1988–

En junio de este año la Editorial Planeta publicó la novela de David Sánchez Juliao, cuyo título ya es una jocosidad porque da a entender que el saludo está dirigido no sólo a los Estados Unidos que se autodenominan ellos mismos como “América”, sino a todos los rincones del continente que comprende a Norteamérica, Centroamérica, Suramérica, y el Caribe. Es un saludo, pues, muy ambicioso. 

Foto Características

Trata la novela acerca de un folclórico y pintoresco personaje de pueblo de esos que tienen una emisora parroquial cuyo alcance es de apenas ocho manzanas a la redonda pero por ser la única de la comarca los ciudadanos no tienen más remedio que sintonizarla. Frente al segundo piso en que funciona la emisora vive América, una atractiva joven que tiene al locutor enamorado de pies y cabeza; y este, sentado en cabina ante micrófono, la ve salir a la puerta para barrer la acera de su casa tan pronto sale el sol en las mañanas. Entonces, henchido de entusiasmo, y sabedor de que en todas las casas del vecindario la emisora está siendo sintonizada, le lanza un vigoroso saludo que da a saber a todos que ella es la mujer de sus sueños: “¡Buenos días, América!”.

Leo por ahí que tal vez esta no es la mejor de las novelas de este escritor, pero puedo decir que la leí con fruición y me reí como un enano con sus ocurrencias.

Sobre el tema de la radio y la literatura escribe don Ricardo Bada el artículo que comparto a continuación con ustedes, y el columnista Óscar Domínguez Giraldo también lo hace, motivados ambos por la circunstancia de que el 13 de febrero se celebró el Día Mundial de la Radiodifusión.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

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LA RADIO EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA

Ricardo Bada

(publicado en Nexos, México)

Febrero 13, 2018

Desde el 17 de octubre de 1954 hasta el 31 de diciembre de 1999, le he dedicado a la Radio 45 años, dos meses y catorce días de mi vida. Tengo implementada, pues, en mi disco duro, una deformación profesional que me hace ver y oír radio hasta cuando el soporte lo impediría físicamente: en las páginas de un libro. Y uno de los pocos, de los muy pocos descubrimientos que creo haber hecho, a lo largo de mi vida como lector, es el de la presencia de la radio, en calidad de Deus ex machina, dentro de la literatura latinoamericana.

No hablo de que se la mencione aquí y allá, aunque de eso también hay mucho; muchísimo más, tendría que añadir. No. Hablo del momento en que resulta que aquello que oyen los personajes de aquellas narraciones donde la radio aparece, ese mensaje que transmite la radio es el motor de la acción que sigue.

Se puede ver (y oír) de manera clarísima en “Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón”, la admirable novela de la colombiana Albalucía Ángel, algunas de cuyas páginas son lecciones de Historia de América Latina. En particular donde se relatan los momentos inmediatamente posteriores al asesinato de Jorge Eliecer Gaitán y cómo se inicia el bogotazo: la familia de la protagonista oyéndolo todo transmitido por las emisoras locales, incluso en vivo el disparo que acabó con la vida del fotógrafo Parmenio Rodríguez (un balazo que atraviesa su cámara y le destroza el cerebro, episodio que se repetiría con un camarógrafo sueco cuando el pinochetazo de nuestro 11 de septiembre, el del asalto —financiado por la CIA— al poder legalmente constituido en Chile).

Páginas enteras de “La tía Julia y el escribidor”, del peruano Mario Vargas Llosa, avalan lo que digo sobre el papel de la radio en la vida cotidiana de Latinoamérica, y su reflejo en su literatura. Y el cuento “Cambio de luces”, del argentino Julio Cortázar. Y las novelas “Boquitas pintadas”, del también argentino Manuel Puig, y “La guaracha del Macho Camacho”, del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez. Y las obras teatrales “Bôca de ouro”, del brasileño Nelson Rodrígues, y “El vuelo de la grulla”, de la costarricense Ana Istarú. Todos los países y todos los géneros literarios, según lo demuestra el extenso archivo que logré armar a fuerza de lecturas y de no perder de vista esa presa, un animal todavía no abatido por la cinégetica analítica de la literatura del continente.

Para poner un ejemplo breve y paradigmático, citaré un cuento del argentino Adolfo Pérez Zelaschi, publicado en 1953 con el título “El caso de los crímenes sin firma”. A la mitad de la narración, el protagonista —que se dispone a cometer un crimen y cuenta con el invento de Marconi como coartada— nos confiesa: 

“Como uno es un tipo inteligente, llevé conmigo un pequeño receptor de radiofonía de esos que se portan en el bolsillo para escuchar los programas. Era una precaución más. ‘Vea, oficial, yo me quedé anoche en casa oyendo la radio’. El oficial sonreiría: ‘¡Ajá!, muy interesante…’. Y de pronto, incisivamente: ‘¿Y qué es lo que oyó entre las diez y las doce?’. ‘Espere usted… ¡Ah sí! Oí a los hermanos Ábalos, a las diez, y después, sí, unos discos de Alberto Castillo’. ‘¿No recuerda cuáles?’. ‘Sí, fueron Charol, Uno, también otro sobre los barrios porteños…’. Esto era casi imposible saberlo sin haberlo oído, como efectivamente lo escuchaba a la máxima sordina, pegando el receptor a mi oreja. A las once —en ese momento Castillo cantaba Charol— se abrió la forjada puerta de hierro”.

[La radio, pues, como cómplice involuntaria de la coartada de un asesino. En una metrópoli como Buenos Aires, con una densa cobertura radiofónica, la idea no era mala. La único que añadiré, como signo lingüístico de la época en que se escribió el cuento, es lo extraño que hoy en día nos resulta leer lo de “un pequeño receptor de radiofonía de esos que se portan en el bolsillo para escuchar los programas”, algo que ya entonces conocíamos, al menos fuera de la Argentina como “radio de transistores” o simplemente “transistor”].

No faltan en mi archivo las referencias a autores mexicanos. En el capítulo 18 de su Palinuro, Fernando del Paso echa mano de su experiencia de años en el servicio en lengua española de la BBC, y hablando de una subdivisión del Pabellón Acústico, escribe: “Como puede usted apreciar, las paredes y las puertas son de corcho, las alfombras son gruesas, y todo el diseño, en general, corresponde ni más ni menos que al diseño de un estudio de radio”.

Y en “Viajes en la América ignota”, Jorge Ibargüengoitia nos ilustra acerca de que: 

El invento científico que más ha transformado la sociedad mexicana no es ni la locomotora, ni el teléfono, ni la energía atómica. No es, ni siquiera, y a pesar de la enorme importancia que ésta ha tenido, la ‘tortilladora automática’. La tortilladora ocupa un triste segundo lugar. El invento fundamental en la transformación de nuestra cultura es la radio de transistores. Los mexicanos, como los italianos, son músicos de nacimiento. Cada niño que se agrega a nuestra ya inflada población es un mariachi innato, o una cancionera. Antiguamente no se podía uno acercar a los lavaderos públicos, porque estaban llenos de mujeres cantando, cada una a su manera, al amor fingido, traicionado o no correspondido. Tampoco podía uno dormir después de las cuatro de la mañana, porque el aire de las ciudades, los pueblecillos y hasta de los más humildes caseríos, se impregnaba con las notas de cientos de borrachos cantando al amor no consumado. Por si fuera poco, los domingos, la gente se congregaba en las plazas públicas a escuchar a las bandas de música locales interpretando fragmentos de ópera. ¡Qué tiempos aquellos! Todo ha cambiado. Ahora no puede uno ni dormir, ni trabajar, ni viajar en camión, sin escuchar radios de transistores”.

[Nota bene: Recordaré, por si acaso, que el libro de nuestro inolvidable Ibargüengoitia es de 1972. ¡Sólo los sañudos dioses, que nos lo arrebataron tan temprano, saben cuántos sabrosos comentarios le habría inspirado la revolución cibernética!]

Pero hay además algunos pasajes de novelas y cuentos en que la radio desempeña un papel no meramente descriptivo. Por ejemplo en “La casa de las mil vírgenes”, de Arturo Azuela, puede leerse esto: 

Por fin el Huesos se entusiasmaba y decía que aquella era una aventura de poca madre, mucho mejor que las pendejadas que escuchan por el radio las viejas de la vecindad, ¡híjole!, son unos dramones que para qué les cuento, que si los ricos son unos malvados, que si los hijos negros no tienen derecho a la felicidad, que las malditas carcajadas del Monje Loco a medianoche. El Artista lo interrumpió para agregar que en otras casas ya no eran tan importantes las radionovelas, que ya estaban pasando de moda. […] Delia añadió que sería extraordinario si ahí en La Casa podían algún día tener un televisor, imagínense que pudiéramos ver todos los programas que se nos antoje”.

La novela transcurre alrededor de 1954, aproximadamente, y las radionovelas es cierto que estaban ya pasando de moda. Lo explicita de una manera tangencial, dos décadas después, una de las más flagrantes doloras del panameño Rubén Blades, la titulada “Desapariciones”: “Anoche escuché varias explosiones. / Tiros de escopeta y de revólveres. / Carros acelerados, frenos, gritos. / Ecos de botas en la calle. / Toques de puerta. Quejas. Pordioses. Platos rotos. / Estaban dando la telenovela, / por eso nadie miró pa’ fuera”.

*Ricardo Bada. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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I- DÍAS DE RADIO

Óscar Domínguez Giraldo

(Publicado inicialmente en El Colombiano)

Como en la aldea global siempre estamos festejando algo, hablemos de la radio que el 13 de febrero celebra su día mundial por decisión de la Unesco.

Ernesto Sábato lamentó la muerte de una vecina en febrero “cuando no hay nadie en Buenos Aires”. Entierro sin que nadie lo lamente, con la excepción del dueño de la funeraria, es malo para la salud del difunto. No es el caso de la radio que nos acompaña día y nochemente.

Escucho radio desde la época en que todos somos inmortales: la niñez. La radio hacía las veces de televisión, periódico, internet, wasap. Si Dios estaba en todas partes, según el catecismo del padre Astete, la radio también tenía –tiene– ínfulas de omnipresencia.

El aparato era un miembro más de la familia. La mascota. Tan importante como el agua y la luz. Una prótesis. Ganas daban de invitarlo a enamorarse de alguna vecina o a jugar fútbol con los demás muchachos de la cuadra.

Nunca le permitiré al señor Alzheimer que borre de mi disco duro un radio Zenith transoceánico que mi padre encontró en algún mercado de las pulgas. Cuando todo el mundo estaba recogido, cuando “el músculo duerme, la ambición descansa”, debajo de las cobijas me las arreglaba para prender ese radio que sintonizaba emisoras remotas.

Por el cachivache supe que no estábamos solos en el universo. No entendía lo que oía, pero eso nunca me preocupó.

Y, como madrugué a ser niño “genio”, me preguntaba por dónde se metía la gente que hablaba dentro del aparato. Nunca resolví el enigma.

Con el sol a la espalda, cuando “siento que estoy empezando a desaparecer”, tengo tantos radiorreceptores como biblias (6–seis–6). También tengo a la mano el número de la policía, por si alguien se atreve a robarme alguno de mis aparatos.

El primer libro que “leí” me entró por el oído. Lo he contado pero no con Trump de expresidente, en el asfalto. Me refiero a “Lejos del nido”, radionovela. Al libro de don Juan José Botero llegaría después.

Que el mundo se daba contra las paredes con prosaicas guerritas lo sabíamos por la cajita mágica. Por la radio supimos del asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán.

La banda musical de los primeros años corría por cuenta de boleros, tangos, guarachas, rancheras, pasodobles. La radio ofrecía ese menú.

Mi primer empleo fue en radio como mensajero en el noticiero de Todelar. Los Tobón, sus dueños, eran tímidos para el gasto; pero, para pagar, cumplidos como el relámpago después del trueno.

En fin, que sea un pretexto para decir que estoy muy agradecido con la radio por los favores recibidos. 

II- CUANDO LA RADIO SE CONVIERTE EN MANÁ

Óscar Domínguez Giraldo

(Publicado inicialmente en El Colombiano)

En el día mundial de la radio, febrero 13, digamos sin mayor originalidad que si ese medio no hubiera existido lo habríamos tenido que inventar en estos tiempos en que los alebrestados en armas optaron por el secuestro despiadado como una de las peores formas de lucha estéril.

La radio se ha convertido en “maná”, polo a tierra, en único medio de contacto entre los secuestrados, sus familias y el mundo exterior.

Todos los que logran regresar a la civil, después de años de torturas lejos de las piedras del fogón y de la ternura caseras, lo proclaman voz en cuello: la radio los salvó, les mantuvo la esperanza, les alegró las largas marchas hacia ninguna parte.

Por radio “oían” crecer a sus hijos, sabían que algún ser querido se cansó de esperarlos y viajó a la ciudad “de los párpados cerrados”, que fulanita es mamá, que el mundo sigue autodestruyéndose y “Dios pierde su tiempo fabricando estrellas”, que el mundo disfruta de cachivaches nuevos llamados celular o su majestad el BlackBerry. O el wasap que está mandando al cuarto del reblujo a sus competidores.

Toda esta sofisticación es chatarra al lado de la vieja radio.

Perder el derecho a tener una radio de compañía era (es) como si les ninguniaran una miserable ración de comida.

Día llegará en que quienes padecieron el menú de las Farc, para citar solo al grupo que más se ha “lucido” secuestrando, le construyan monumento físico a la radio. Por lo pronto se lo tienen levantado en el corazón.

Uno que tuvo ocasión de escribir sobre la importancia de la radio y los peligros de su mal empleo, fue el exministro Gilberto Echeverri Mejía, asesinado en cautiverio por las Farc en compañía del gobernador Guillermo Gaviria y de un grupo de militares.

El “Ratón” Echeverrí escribía en sus cambuches en la selva profunda, de campamento en campamento, de desesperanza en desesperanza. A la par que les dirigía hermosas cartas a sus familiares, tiraba línea sobre cómo darle un vuelco a la educación, o les daba consejos a sus nietos, iba consignando las penas y alegrías que les deparaba la radio.

Escribía por todos sus compañeros de cautiverio. Eterno educador, Echeverri tiraba línea para que los reporteros, sobre todo de radio, no metieran – no sigan metiendo- las de caminar a la hora de manejar la información sobre los sensibles temas que les competen.

Como decenas de secuestrados siguen en poder de los señores que hacen la guerra, su testimonio consignado en su libro “Bitácora desde el cautiverio” (editorial Eafit) sigue teniendo plena vigencia.

“Uno se siente fuerte y optimista con los mensajes de la familia. Además, ésta es el motivo para resistir, mantener la esperanza”, escribió Echeverri en ese testimonio que felizmente se salvó del olvido.

El libro del exministro debería ser de obligatoria lectura. Trae enseñanzas en todos los frentes. Irónicamente, es un canto a la alegría de vivir para trabajar por los demás. Sobre todos los que llevan del bulto, objetivo que fue su norte, sur, oriente y occidente.

Pero como esta nota está circunscrita a la importancia de la radio en esta coyuntura, destacaría la parte agridulce de las transmisiones radiales:

“En verdad, escribe, la radio ha sido para nosotros el alimento espiritual, (“el maná”, la llama en otra parte) pero aquí uno descubre la poca preparación de algunos periodistas. Por ejemplo, de un comunicado de las Farc que para nosotros es vital, toman cualquier frase, sin asimilar el texto. La central (se refiere al parecer a los directores de los medios) toma eso como la única verdad y por eso el país queda mal informado”.

Y formula la propuesta de producir un programa diario por Caracol o RCN. Puede ser en horarios después de las diez de la mañana, una media hora, “a esa hora la señal es más potente”.

Y como se dio cuenta de que algunos programas dirigidos a los secuestrados desaparecerían, manifestó: “Creo que el Grupo Ardila (RCN) y el Santo Domingo (Caracol) deben recibir presiones para que los programas se sostengan”.

Nunca salió al aire ese programa diario, pero hay espacios radiales en distintas regiones del país, que mantienen vivo el contacto entre los secuestrados y sus familias. Todavía es tiempo, en mínima reciprocidad para quienes ansían volver a tener algún día la libertad por cárcel perpetua.

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“Yo soy porteño;

y un porteño que no baila tango, 

no es un porteño”

(S. S. Papa Francisco)

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