Desvertebrada. Vallejolatría

Vallejo por Paolo Angulo Brandestini. (Foto publicada en el suplemento Generación, de El Colombiano).

Por Óscar Domínguez G.

En la revista del Instituto Colombiano de Educación de 1956 el niño Fernando Vallejo, hijo de Aníbal y Lía,  luce cara de haberse confesado y comulgado para la foto. 

El estudiante de tercero elemental tiene cerca al fundador don Nicolás Gaviria quien se habría ido de bruces – como casi me voy yo – si hubiera sospechado que su pupilo escribiría autobiografías como La Puta de Babilonia, El Desbarrancadero, Escombros. Don Nicolás se habría tragado el cigarrillo Pielroja  con pipa y todo. Yo también.

Vallejo, sentado, primero a la derecha, en la revista del Colombiano de Educación de 1956. Al centro, don Nicolás Gaviria. (Revista de la colección de Bernardo González).
 

En la foto mencionada, el niño Fernando, biógrafo de Barba Jacob,  Silva,  san Rufino José Cuervo a quien le reza, tiene la misma cara  de muchacho tierno que luce a los ochenta años cuando saca a pasear su mascota, Brusca, su otro yo. Con sus manos de pianista que toca tan bien las teclas negras como las blancas,  le prepara  pollo y arroz y le recoge la caquita.

El escritor nos hace quedar bien a quienes estudiamos en el Colombiano como el poeta nadaista Eduardo Escobar, Rubiel Valencia, Ignacio Arizmendi, José Vásquez, el inglés Bernardo González White, de los “Juái” de Frontino. Deja por el piso la leyenda negra de que en el Instituto solo estudiábamos vagos.

A  miDiosito se le fue la mano en gallina con el descreído y blasfemo Vallejo quien brilla así sea corriendo un  catre o  amarrándose los cordones. 

Al hombre  no le preocupa repetirse en sus libros, siempre los mismos, siempre distintos.  Me recuerda al Woody Allen del período neoyorkino. 

El gran prosista de la lengua española como lo llama su editora, Pilar Reyes, feliz con su gallinita de los huevos de oro, está  “tuquio” de lectores y de premios por su insólita forma de querer a Colombia a madrazo ventiao. Porque te quiero te aporrio, dirá. No tiene más galardones por su incorrección política y religiosa.

A raíz de su reciente cumpleaños se desató una especie de “vallejolatría”. Se aparece más que la Virgen. Un amigo me guasapeó: “El  sábado vi a Vallejo paseando un perro por la Avenida Nutibara, con una mano metida dentro de una bolsa plástica negra. Parecía arrastrar los pies, por aquello de que los años no vienen solos”.

Y una abuela septuagenaria que lo idolatra y lo sigue hasta el Café Vallejo: “No te voy a chicanear con que he charlado largo y tendido con él, pero sí hemos cruzado dos o tres palabras. Pone cara de asombro cuando le digo que conozco su obra y le recito párrafos de La Puta de Babilonia,  El Cuervo blanco,  Los días azules, la biografía de Barba Jacob. Creo que se queda meditando cómo una vieja que parece haber dejado el arrocito en bajo ha leído sus libros”.

El profesor y fraile español Francisco Tostón de la Calle me envío su reposado y documentado libro “El interlocutor encontrado, diálogo con Fernando Vallejo sobre su obra La puta de Babilonia”, donde le acusa las cuarenta.

Hasta yo chicaneo diciendo que me encontré en la vida con Vallejo. Lo vi una vez desocupando el Éxito de Laureles. De puro lagarto ganas me dieron de decirle que yo también estudié en el Colombiano. Me las aguanté, claro. Desde ese “encuentro” me queda mejor redactactado  el punto final de  mis ladrillos-columnas.

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