Desvertebrada: Materile

Ajedrez Foto TVU

Por Óscar Domínguez G., Medellín

Septiembre 2020

“Hola, soy chess challenger, diez de fidelity, su oponente electrónico, seleccione su nivel”. Así, con cortesía japonesa, se presenta mi computadora de ajedrez.  

Tomé su nombre de un vieja canción infantil que el señor Alzheimer no ha borrado de mi disco duro y la bauticé Materilerileró,  Materile, en confianza.  

Nacimos el uno para el otro como esos amantes celosos que se dan en la jeta pero terminan haciéndose cosquillas debajo de las cobijas.  

Jugando con mi computadora Chess Challenger. Gané, claro (en el primer nivel…).  (odg)

Concluida la partida, también  las artísticas piezas de madera de Materile, se van a dormir dentro de la misma bolsa en alborotada orgía: rey de burlas, kamasútrica dama y demás piezas mayores se revuelcan con peones olorosos a pachulí.  

Materile tiene la voz neutra, asexuada, monótona, del que  nunca soñó: parece clonada del matrimonio WAZE-GPS que conducen al conductor a su destino. 

En represalia porque la rescaté del cuarto inútil por culpa del bicho innombrable, en los primeras escaramuzas que tuvimos, me apaleó.  

A Materile no se le baja la moral cuando pierde ni sonríe cuando triunfa.  Le da lo mismo ocho que ochenta. Juega por amor-humor al arte de Caissa, el espíritu santo pagano que inspira a los trebejistas.  

Tiene diez niveles. Para sacudir de la modorra a mis neuronas suelo jugar con ella partidas rápidas como un estornudo.  

En el nivel tres, nos mechoniamos  que da gusto. Procuro evitarla en niveles superiores porque me vuelve ripio. Todavía escojo a mis enemigos. Perder no es mi fuerte.

Comparada con las modernas computadoras que hasta dudan de la existencia de Dios y del viento, Materile es una aprendiz. Felizmente, ninguno de los dos está pensando enfrentar a Magnus Carlsen quien domina la pasarela ajedrecística desde hace nueve años.   

El noruego conserva su pinta de nerd, ese individuo del que se aconseja ser amigo porque mañana te puede dar trabajo barriendo alguna de sus empresas.  

Por estos pandémicos días, el ajedrez saca pecho porque es de los pocos deportes que no ha padecido los horrores del encierro. Le importa un carajo que haya virus. Es más, como mi mascota, Nacho, el chihuahua, Materile ni se ha dado cuenta.  

Prometo contarle a mi compu el resultado de un insólito torneo de ajedrez virtual que se jugará entre figuras nuevas y viejas del 11 al 13 de septiembre. Búsquenlo en la red. 

En esta modalidad inventada por Bobby Fischer para sacar el ajedrez del bostezo, del computador, los peones conservan su lugar al principio de la partida, pero las piezas mayores siempre cambian de sitio lo que garantiza que toda partida sea nueva, única.  

El torneo incluye un match entre dos estradivarius del ajedrez: Carlsen y el excampeón Garry Kasparov, a quien aquel lo hizo tablas a los trece años.  Vamos por las tablas, mínimo, Garry.

Será un combate típico de lucha libre: todo vale, máscara contra máscara, damas no pagan, buses a todos los barrios. 

Deep Fritz 10 

(Kasparov Y Kramik, otro excampeón del mundo, fueron derrotados  por las computadores más sofisticadas del momento como lo cuento en la ñapa que sigue). 

Kasparov, acompañado de su novia Clara antes de una conferencia que dio en Bogotá hace 15 años. Fabiola Morera, de pie, coordinó Expogestión 2005 que invitó al excampéon.(Foto Fabiola Morera Comunicaciones)

Cuando la computadora derrotó al hombre 

Los aficionados al ajedrez andamos con cara de Subuso. Somos vecinos de ninguna parte, no sabemos hacia dónde mirar, pagamos escondederos a peso. 

Todo por causa de un prosaico robot que no es capaz de derramar una lágrima, ni de amar; tampoco es incapaz de disfrutar el arte que hay en una partida. Este enemigo agazapado del ajedrez opera bajo el alias de Deep Fritz 10,  simplemente Fritz,  y fue en su momento el programa más famoso del mundo.  

Es el hermano rico de Deep Fritz 7 que hace dos años empató con el ruso Vladimir Kramnik, el mismo al que volvió ripio en otro match. El marcador final, a favor de la máquina, parece el de un partido de fútbol: 4-2.  

Simplemente Fritz  es  primo remoto de Deep Blue  que hace algunos años mandó a la ducha, derrotado,  al entonces campeón Kasparov, hoy retirado del mundo blanco y negro del ajedrez. 

Fritz es  frío como un icberg “en las rocas”. No se alegra con el triunfo, no pierde los estribos con la derrota. Nunca se da el lujo enriquecedor de cometer errores. Eso sí, no perdona los del contrincante. 

En la cuarta partida, el gigantesco Kramnik, que estrenaba campeonato unificado del juego que también es ciencia y paz-ciencia, cometió un error de chambón. Con su voz de yo no fui, el pavoroso señor Fritz, le anunció mate en una jugada en medio del estupor de la comunidad ajedrezada que seguía la partida en directo. 

Lo más triste es que la computadora  ni siquiera  da la cara. Por él mueve las piezas un ejecutivo de la compañía que lo alimenta, Mathias Feist, uno de sus programadores. Gracias a Mathias y a su colega Frans Morsch, en sus cuatro gigas de memoria y dos procesadores Dual Cuore (cualquier cosa que eso signifique), simplemente Fritz le da hospitalidad a 3 millones de posiciones ajedrecísticas, excluida la 69 porque jamás podrá hacer el amor.  

Frtiz  no goza, no sufre, no padece estrés, no vota, no ríe, no conoce un parque, no firma contratos,  no va a misa, no cree en Dios, ni en los dioses, no pide la casa por cárcel. No figura en el computador de ningún paraco. No ha oído hablar de Caissa, la madre Teresa del ajedrez. Nada de nada, como el grumete del cuento. 

La vanidad humana está a media caña porque la máquina sigue invadiendo terrenos que creíamos escriturados a los implumes. 

Para celebrar el triunfo Fritz, no bebió  champaña, no se comió  un helado, ni fue a cine, ni se compró un  reloj de 132 millones de pesos como los que le dan los segundos a Shakira. 

Tampoco se comió una hamburguesa, no compró la baba de caracol para rejuvenecer sus arrugas,  no se fue de puente a ningún remoto mar. ¿Así las cosas, la victoria para qué?  

Los ejecutivos de la compañía que han creado este pequeño monstruo aprovecharán esta nueva apoteosis para seguir alimentado sus entrañas con toda clase de enroques, gambitos, fianchettos, defensas. Y de uno que otro zugzwang, palabreja alemana impronunciable para gargantas chibchas, que significa que quien debe mover, está en una situación tal que pierde juegue lo que juegue.  

Por lo pronto, la computadora que barrió a Kramnik calcula entre ocho y diez millones de jugadas por minuto. Nada para “alguien” que no puede recibir un beso de felicitación de una aficionada. 

Solo nos resta encomendarnos a la Virgen del agarradero para que Fritz no nos vaya a remplazar a la hora de dudar, reír, pensar, olvidar,  amar,  llorar, o sacar el perro al parque. Sería el acabóse, el despiporre, el no me quieras margot. 

Medio en serio, medio en broma, el  señor Feist ha dado una noticia alentadora: Fritz no está preparado para tomase el poder… todavía.  

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