Desvertebrada: Maná cinematográfico

Imagen CARACOL

Por Oscar Domínguez Giraldo, Medellín

Tres empresas de película aprovecharán la coyuntura de la pandemia para revivir el cine manga. Las películas se verán desde la intimidad del carro particular para escurrirle el bulto al bicho aquel.

La vida monástica que llevamos por culpa del C-19 nos tiene conjugando verbos como leer, escribir, barrer, trapear, ventanear, comer, beber, dormir, desvelarnos, cocinar, esperar, desesperar, maldecir, rezar, aburrirnos, reír, pensar, wasapear, callar, hablar,  soñar, añorar, engordar.

Muchos se reinventan, emprenden, se reciclan, se resetean. Otros indagan con qué se come la resiliencia.  Vivos es lo que estamos. Eso sí, besos y abrazos al congelador.

No todas son penas. Coronavirus nos ha obligado a incrementar la cuota de cine desde la monotonía de las cuatro paredes.

En la infancia,  era tal la urgencia de películas – y de fútbol-  que entre semana agarrábamos el tiempo a las patadas para que fluyera. Nos urgía llegar a la tierra prometida del domingo.

Ver cintas del oeste desde la aristocracia de gallinero en los cinemas paradiso  nos aproximaba a la felicidad. Tenía el inconveniente de que los malandros de luneta se divertían arrojando colillas de cigarrillo contra nuestras nucas convertidas en ceniceros.

De pronto, a través del  voz a voz que era la internet de la culicagadocracia de los años cincuenta, nos enterábamos de que habría cine-manga.

Cuando descubrimos esta diversión, quienes están al mando de las empresas empeñadas en devolvernos este cine, no eran siquiera una hipótesis en  los planes de mamá y papá. De regalarnos el cine se encargarán Procinal de los Mayungo, Óscar y Juan Carlos, el Grupo Belisario y Cine sobre ruedas.

Lo cuento por primera vez en tiempos del C-19. El padre Barrientos, párroco de San Cayetano, proyectaba el cine manga en un baldío al lado del hígado de la iglesia. Curiosa forma de reclutar parroquianos para la causa del Galileo.

El Presbitero Hernando Barrientos.

Espero no calumniar a las mujeres de entonces, incluidas abuela y madre mías,  si juro que se confesaban con ”ese lapo de hombre” que era Barrientos a ver si desistía de su voto de castidad.

Pensar con las ganas era el único e inútil pecado de infidelidad que se regalaban. De películas, pocón. Creo que mi abuela mamá Rosa, en 101 años de vida fue una vez al  Alameda.

Vimos la película “Marcelino, pan y vino”. No acabamos con las existencias de clínex porque ese “electrodoméstico” era desconocido. Eso sí, convertimos los ojos en pequeños niágaras.

Viendo pistoleros constatábamos que el cine es un chorro de luz que se vuelve gente al tropezar con una pantalla.

So pena de excomunión, Barrientos ordenaba a don Pedro, sacristán-proyectorista-organista-cantor, que tapara las escenas en las que los protagonistas se daban piquitos. Los besos ajenos podían hacernos perder la comunión.

Este aperitivo para celebrar el regreso de la magia del cine manga. “Un pequeño paso para el hombre”, un paso gigantesco hacia la reconquista de la rutina.

Barrientos

Hace varias décadas el padre Hernando Barrientos Cadavid, para mucho el inventor del cine manga, agarró su sotana y se volvió eternidad. Hizo las cosas bien. Sus adoratrices de la “Corporación Benéfica padre Hernando Barrientos Cadavid”, siempre piensan en él.

De la mano de doña Nubia Montoya de Mejía y sucesores, hacen de todo para recordarlo. Como todos los años, el 3 de agosto suele haber  “algo tradicional” en la Escuela Esteban Jaramillo. El dinero que se “arrejunte” se utiliza para financiar la navidad de niños desplazados y de ancianos desprotegidos. 

El 6 de agosto, al mediodía, hay misa bien parviada, de dos yemas, en la Catedral Metropolitana de la cual fue párroco, después de prestar  el servicio teológico obligatorio en el mismo cargo en San Cayetano 23 años.

Imposible olvidar al ilustre hijo de Fredonia, Antioquia, modelo 1920 – apodado “El Rey” por sus colegas-. Se graduó de teólogo en Roma gracias a una tía. A los piernipeludos que crecimos en su ámbito nos escuchaba y perdonaba pecados divertidos que cometíamos para “torcerle el cuello” la monotonía.

De ñapa, nos puso en contacto con el milagro del cine.  

Las que más sufrían con su celibato, eran, por supuesto, sus feligresas. Lo atestigua la vez que Barrientos participaba en una cabalgata en Fredonia. Una voz femenil gritó de pronto: “No es justo que la Iglesia se haya llevado a un hombre tan pispo”.

Sabemos la respuesta de Barrientos, gracias a su vecino de Venecia, monseñor Bernardo Merino, autor de un delicioso e irreverente libro (“Yo, pecador, me confieso”): “Pero Jesucristo sí”, reviró Barrientos con su voz arzobispal.

Ese vozarrón era el mismo que utilizaba en sus oraciones fúnebres de Semana Santa y en las homilías dominicales.

El padre Fernando Gómez Mejía, el de la dominical Hora católica, habló de su personalidad “riquísima, polifacética, vigorosa, abierta, simpática, alegre, franca, acentuadamente sacerdotal”.

Otro biógrafo de Barrientos, el padre Javier Calderón, lo encontraba inteligente y memorioso, estudioso de la sicología y con acceso a experiencias parasicológicas. Mejor dicho, veía crecer la yerba.

En sus ocios, Barrientos despachaba como educador, otra de las niñas de sus ojos. Cometía poesía y pintura. Fue Botero con las manos como tallador en madera. (El pintor Fernando Botero fue su alumno en sus años de  rector en el Marinilla University, como lo bautizó otro de sus pupilos, Gabriel Duque Correa, también de Fredonia, cuñado mío). 

Barrientos  fue  historiador. Para desestresarse del celibato se  daba el lujo de la pipa. Prefería la picadura Alfa. En eso se le iban parte de los 700 pesos mensuales que ganaba.

Veía un pobre y se le arreglaba el semestre porque podía ayudarlo a través de Cáritas y de las hijas de don Jesús Mora. Si no hubiera existido la pobreza la habría inventado. Era el as para levantar plata para sus obras. Fue el banquero de Dios. Ordenó las finanzas de la Arquidiócesis.

También le arreglaban la vida los analfabetos porque veía en ellos la posibilidad de fundar escuelas como arroz. Como el Colegio de María, bajo la razón social de La Dolorosa, de la cual era devoto. Para devolver favores, La Dolorosa lo llamó a cuentas un Sábado Santo, un buen día para abrirse del parche de la vida.

Despertaba envidias.Y chismes.  Las paredes de las sacristías están entapetadas de comentarios perversos que sus colegas hacían a sus espaldas.

Sus adoradores y adoratrices están empeñados en treparlo a los altares.

El párroco sacaba del anonimato los Jueves y Viernes Santos. En el sermón del Viernes ponía tanta vehemencia que cuando decía que a la muerte de Jesús el “velo del templo se rompió”, desde la sacristía le daban la razón desatando una orgía de rayos y centellas.

Tremendo actor, nos hacía creer que lo mismo había sucedido en tiempos de Jesús. Más de una lágrima rodaba por los castos cachetes de Barrientos. Le poníamos papel carbón a esas lágrimas.

Sentíamos en carne propia los sufrimientos del Galileo. Ganas me daban de remplazarlo para aligerarlo de la pesada cruz en la procesión del Viernes santo. Pero me aguantaba las ganas de hacer las veces de cirineo. www.oscardominguezgiraldo.com

Papeles tan solo papeles – Albricias desde LOCOmbiaA los 30 años de su muerte: Evocación de Carlos Pizarro . Tentado por las ganas de paz y en busca del tiempo perdido en la guerra, el jefe del M-19, Carlos Pizarro, cambió la incomodidad del mosquito, el jaguar y la anaconda de las montañas, por las luces y semáforos de la ciudad, y firmó la paz con el gobierno del presidente Barco.www.oscardominguezgiraldo.com
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