Desvertebrada. Japiberdi, vieja señora

Biblioteca Pública Piloto de Medellín

Por Óscar Domínguez G.

¿A qué puedo invitar a una dama que acaba de cumplir 70 años? No  la puedo invitar a azotar baldosa ni a desaparecer en   ese triángulo de las Bermudas llamado motel. Nos remitirían al hogar geriátrico. 

Como se trata de un amor otoñal, mejor la invito a tomar el algo,  a misa de dos yemas, a verla hacer croché, a escuchar boleros, o a ver pasar el tranvía de Ayacucho. Este tranvía es la prolongación del tranvía de Aranjuez de los años cincuenta.

La intrusa señora  nos interrumpía el rito del fútbol que jugábamos en plena calle. Vivíamos en un eterno Catar sin propinarles golpes bajos  a los derechos humanos.

Más contexto que llaman: a la cuadra no había llegado la nevera, no conocíamos el hielo, el mundo éramos nosotros, la radio  remplazaba la internet, “no sabíamos que éramos pobres”. 

Llegaban cartas o telegramas cada año por la cuaresma. Antiecológicos, maltratábamos sin miseria la naturaleza comprando ramos en Semana Santa y cogiendo musgo para el pesebre de Navidad.

Los teatros nos regalaban el cine,  nosotros aportábamos el asombro. La gente “no se enriquecía primero y se honradecía después”. Sólo teníamos tiempo para ser felices.

Para acabar con este suspenso que envidiaría Hitchcock, me estoy refiriendo a la  setentona Biblioteca Pública Piloto, simplemente la Piloto, que llegaba en un raro empaque, el bibliobús, que tenía remoto parecido con el carro de los bandidos que veíamos en las películas.

Selfi con el Bibliobus de los años cincuenta que iba a los barrios a dejar libros para grandes y chicos. De la exposición que se puede visitar por estos días en la sede de la Piloto del Barrio Carlos E. Restrepo (odg).

Copiándome de mi vecino de pupitre en La Salle, de Envigado, Jairo Morales Henao, afirmaría  que “sin forzar mucho la realidad, se podía decir que entré a ese bibliobús y  nunca volví a salir”. El nuestro con ese cachivache fue un amor a primera vista.

Con ocasión de la septuagenaria efemérides, personajes como Manuel Mejía Vallejo (q.e.p.d.), Gloria Inés Palomino, de gratísima memoria, Juan Luis Mejía, el de ojos clonados del Corazón de Jesús, Jairo Morales, Shirley Zuluaga, reemplazada abruptamente en la dirección de la Biblioteca por Ángel Ovidio González,  Claire Lew, doña Luz Posada y María Victoria Suárez, fueron homenajeados por sus aportes a la causa de la Biblioteca.

En Jairo  Morales, director de uno de los talleres, amén de fundador y editor de Escritos desde la Sala, me declaró homenajeado también como lector. Coincidíamos en la envigadeña biblioteca José Félix de Restrepo, con Gonzalo Uribe quien le presentó a Jairo el bibliobús en ¡1958! Nos iniciamos con Salgari, Fenimore Cooper, Tarzán de los monos (Edar Rice), Verne. 

El vehículo ilustrado que nos prestaba libros  y volvía por ellos, apareció en Aranjuez cuanto apenas salíamos de la tierna dictadura de La Alegría de Leer en la que aprendimos a maridar vocales y consonantes. 

¿Cómo no estar enculebrado a perpetuidad con la Piloto a la que visité en su sede del Carlos E. Restrepo el día de sus setenta años? Le dí un besito donde “dijiste enemigos” y regresé a mi clandestinidad de cinco estrellas.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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