Desvertebrada. El derecho al insomnio

Coliseo con silenciador dañado Los pájaros y los árboles apenas dejan ver el ruidómetro que nos quita el sueño y el insomnio a sus vecinos… (odg)

Por Óscar Domínguez G.

Pobre Código de Policía: es un ladrillo solemne que pocos leen pero al que todo el mundo le da patadas por debajo del ombligo.

Es un ladrillo tan emocionante como los reglamentos de trabajo o de propiedad horizontal. Escritos en letra de edicto, no se los lee un preso. Para ahorrar anestesia, a cualquier paciente le podrían leer algún texto de estos… y  que se venga el cirujano bisturí en ristre.

Los reglamentos tienen en común que cuelgan de la pared como el cuadro del Corazón de Jesús en sus épocas de vacas gordas, antes de pasar al cuarto del reblujo.

No sé por qué razón, pero me recuerdan los himnos de los países que cumplen la obra de misericordia de hacer berrear a quienes lo cantan. Lo estamos viendo en el mundial de fútbol.

Hablando de himnos, ¿cómo puede uno seguir siendo el mismo después de cantar versos como: “La Virgen sus cabellos arranca en agonía…”? Pero las estrofas del Himno Nacional llegaron para quedarse en el disco duro.

Contra ellas no se atreve el señor Alzheimer que tampoco hace nada por borrar el famoso “faltan cinco pa las doce el año va a terminar…”. Ni las tutainas, tuturumainas y demás clásicos del género como “pastorcitos del monte venid, pastorcitos del valle llegad…”.

Llegué a las anteriores conclusiones (¿¡) documentándome para protestar contra el ruido que sale de un coliseo que se levanta cerca de donde escribo estas líneas.

La tripa de investigador se me alborotó la noche que sonó el timbre del apartamento. Nacho, mi chihuahua, y yo, siguiendo el protocolo miramos primero a través de la cerradura con ojos de voyeristas jubilados para indagar de quién se trataba.

No, no era la policía; tampoco un acreedor ni un testigo de Jehová interesado en salvar nuestras almas, versículo en mano. Era una perpleja señora que nos invitaba a participar en una reunión de vecinos aburridos con el ruido que desde hace varios años nos estropea el derecho al sueño y al insomnio.

El bullicio se origina en el coliseo dizque con silenciador que montaron al lado del picadero del Club El Rodeo. Callaron estrepitosamente durante la pandemia pero ya volvieron: menudo diciembre el que nos espera con los ojos en la trastienda, siempre abiertos como el dos de oros de la baraja española.

No sé cómo llegó a mi pequeña biblioteca el Nuevo Código de Policía y Convivencia. Lo pillé agazapado al lado del Almanaque Brístol, de una delicia de libro llamado Diccionario Jilosófico del Paisa, de Luis Lalinde Botero, y de un diccionario de química que nunca consulto.

Hurgando en el Código llegué a la tierra prometida de la norma  que regula “comportamientos que afectan la tranquilidad y relaciones respetuosas de las personas y por lo tanto no deben efectuarse”.

Ese artículo 33 será mi aporte a la reunión de propietarios e inquilinos. Como sé que invocarlo es como quejarse ante una lápida del cementerio vecino al Club, asistiré por el sánduche con doble jamón que suelen regalar en estas convocatorias…

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