Desvertebrada. El Borges de Envigado

Jaime Bedoya en su librería en la calle Guanteros famosa porque en alguna época allí se fabricaban guantes. En el mismo sector el viajero encuentra los mejores carrieles de Jericó….hechos en Envigado. Es una calle con una hoja de vida más intensa que una mujer fatal. (Foto de su vanidoteca personal).

Por Óscar Domínguez Giraldo

Desde hace años, en octubre, Jaime Bedoya, un librero de la calle Guanteros, en Envigado, espera que  algún burócrata de la Academia sueca le informe por teléfono que ganó el Nobel de Literatura. Tiene listo el carriel de nutria envigadeño hecho en Jericó para ir por la distinción.

Tan pronto supo que en 2022 lo derrotó la francesa Annie Ernaux, anunció que seguirá sonando como Kundera o Murakami. O como Borges, en vida. En su intimidad, sospecha, como el “memorioso de Buenos Aires”, que ha empezado a sonar tanto para el premio que a lo mejor los nórdicos creen que ya se lo adjudicaron.

La noticia de su derrota la dio con una cierta sonrisa  en “Envigado lector” el diario de una página que edita. Allí practica la obra de  misericordia número quince: promover la lectura. También lanza campañas cívicas. O le informa a sus lectores que en tal restaurante venden frisoles con coles.

Argumenta  que si le dieron el Nobel a un cantante como Bob Dylan, es hora de que se lo adjudiquen a un apóstol de la lectura. Él encarna esa figura.

Después de haber trabajado como recaudador de impuestos, adoptó el oficio de madre Teresa de Calcuta de libros viejos que compra, limpia, acaricia, reempasta, les echa Colbón y los deja listos para “una segunda oportunidad sobre la tierra”. Todo un cirujano  plástico de libros fatigados.

Algunos de los ejemplares que vende en su librería Envigado Lector, o Libros y Café,   como consta en el registro de la Cámara de Comercio, no tienen precio. Si alguien se antoja de equis ficción la puede adquirir al precio que le ponga. (Bueno, tampoco cualquier libro porque entonces ¿de qué vivirían  el Quijote Bedoya y su séquito de soñadores?).

No tiene inconveniente en revelar la secretísima fórmula para hacerse  a los libros: “Llevamos más de 20 años en este trabajo. Los libros los compramos más que todo por lotes. Como estamos viviendo una transición del papel a lo virtual,  mucha gente cree que ya el libro pasó de moda. También conseguimos los libros entre personas que se pasan de una casa grande a un apartamento pequeño y ya los libros no les caben. Tratamos de atajar que no vayan al reciclaje, que agoten su vida útil y no terminen en los molinos de las fábricas de papel higiénico”.

Más que  la inmortalidad del Nobel o del Guinness Record al que también aspira con idénticas  razones, le interesa hacer del mundo, empezando por Envigado, un lugar más grato gracias a la lectura. No cree en la muerte del libro.

El festivo Bedoya, de 65 años, ha sido autocandidato a cuanto cargo público hay, siempre con la bandera de la lectura para captar votos. El 29 de octubre, en el corregimiento de Mesopotamia, municipio de La Unión, Antioquia, volverá a lanzar su candidatura a la gobernación de Antioquia.

Ha aspirado a la presidencia de la República, senado, cámara, asamblea, concejos. Escépticos pedir el dato en la Registraduría.

No escribe: esa tarea se la deja a su hermano Luis Iván, prolífico autor, licenciado en filosofía y letras de la UPB, máster en literatura comparada de la Universidad de California, Ph. D, en literatura del Washington University. Los hermanitos Bedoya no se pisan las mangueras. Su obra la encuentra en las librerías de su hermano.

Recuerda que “durante los diálogos de paz en La Habana mandamos carta sugiriendo que el partido nuevo que surgiría de la Farc, se llamara FLEC (Fuerzas Lectoras de Colombia). También tuve reunión en el parque de Envigado con el canciller de las Farc, Rodrigo Granda, y le dije que si el partido nos daba el aval para la presidencia haría un CEL (centro de encuentro de lectura) en cada municipio del país”.

No le pararon bolas. Las Farc están liquidadas electoralmente. En cambio, Jaime tiene librerías satélites, incluida una “agáchese” dominical en el centro de Medellín. No lo desvela volverse rico. Suficiente que el libro llegue a las manos de hambrientos lectores. Y como no tiene afán, seguirá aspirando al Nobel. 

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