Desvertebrada. Deshaciendo pasos: Santa Bárbara

Amalia y Carlos, los abuelos paternos

Por Óscar Domínguez Giraldo

Desde niño soy deudor moroso y amoroso del municipio de Santa Bárbara, el Balcón del Suroeste. Así como nadie se baña dos  veces en el mismo río, Santa Bárbara no repite amaneceres, meridianos ni atardeceres.

El municipio se llama así en honor de Santa Bárbara, una de las primeras santas y mártires cristianas griegas cuya leyenda o realidad, o ambas, se remontan al siglo VII. Es la patrona de quienes trabajan con explosivos y otros cacofónicos artefactos. Es invocada  en las tempestades.

En La Quiebra del Churimo, en casa de los abuelos paternos, Amalia y Carlos (en la foto), pasábamos las vacaciones. Nos mimaban tres tías y siete tíos.  Todavía, felizmente, nos acompañan Gabriela y Pacho. 

Mi asustada madre consumó su luna de  miel en  casa de los suegros. Mínimo, Fray Ferruco, mi hermano, anacoreta citadino, fue hecho esa erótica noche.

El pueblo de 185 kilómetros cuadrados, situado a 52 kilómetros de Medellín, está con el Cristo de Espaldas desde mayo pasado cuando  las dos bancas se vinieron de bruces en “La Quiebra del Guamo”. Solo ahora empezaron los trabajos. El alcalde Luis Fernando Tangarife pide que se utilice mano de obra local.

El poeta José María Ruiz, habitante del Cauca Río, y a quien le hacen vale en las fondas desde La Pintada hasta el Alto de Minas, comenta que “en otro país menos folclórico y tercermundista que el nuestro, debieron iniciarse reparaciones desde el momento en que se detectó el problema”. Poetas como Ruiz son mentirosos que siempre dicen la verdad. Sostiene Cocteau.

Mis primeros oficios los realicé en Santa Bárbara: mensajero, recolector de café, plátano y yuca, encerrador de terneros. De tanto comerlos, me volví catador de mangos, los mejores de la creación. Allí padecí mi primer despecho. Mi traga nunca se enteró.

A los tres años, el 9 de abril del 48, oimos por radio que habían asesinado a Gaitán. En esa misma radio oi  que el mundo se iba a acabar. Falso positivo. Especulando, pienso que en esas noticias está la semilla mía como reportero. 

Le hacía la segunda a  mi abuelo Carlos en un negocio que era tienda de día y bar de noche. Recuerdo la orden de mi pulcro abuelo: a la hora de vender grano, es  mejor equivocarse en favor de los clientes para no tumbarlos. Eso de “enriquecerse primero y honradecerse después” nunca fue con él.

Mi primer gran contacto con el dinero lo tuve allí: en el camino real me encontré un lleritas, como les decían a los billetes de cincuenta centavos. Sólo lo convertí en mecato después de preguntarles a los arrieros, por instrucciones de mi abuela jericoana, si se les había perdido esa fortuna. 

En Santa Bárbara no me cambiaba ni por Dios mano a mano. Cuando paso por allí se me hace un nudo en el “hueso” donde anida la nostalgia.

Carta a un liberal que se resbaló

Joven aún:

El primer periódico que conocí fue el eco que jamás necesitó rotativa para circular. Le basta el viento y un buen grito. Ese eco circulaba en las mañanas alegres y entre los arreboles vespertinos de Santa Bárbara, tu terruño. (Internet no es más que una fotocopia sofisticada del eco).

Por otro periódico, el de la familia que circula de boca en boca, me enteré de tu reciente tropezón. Digámoslo en letra de tango, música que nunca fue tu fuerte: “Un tropezón cualquiera da en la vida…”.

Habría sido preferible tropezar en los años mozos. Pero la Constitución vigente  que consagra tantos derechos, olvidó consagrar el derecho a escoger tiempo para tropezar. Y eso que hay tiempo para todo, como leemos en la Biblia, tu libro de cabecera, competencia de tus novenas a la mitad del santoral, tus parceros.

“Pudo haberle ido peor”, fue el resumen del discípulo de Hipócrates que te atendió después de ver en exclusiva mundial el retrato en negro de tu septuagenaria pelvis que vista en el pequeño Larousse parece una mariposa dormida para siempre.

Una sabia activista de tu árbol genealógico remató: “Eso demuestra que el hombre es un hueso duro de roer”.

Queda claro, pues, que los liberales oficialistas de la vieja guardia como tú, también caen cuando  padecen su propio 8.000 (=tropezón) callejero.

Para ti, el golpe es duro porque estás hecho para la fatiga. Se te nota en las manos condecoradas de callos. Pocón de manicure en ellas. Siempre tuviste el trabajo por deliciosa cárcel.

Los tuyos no te conocemos vacaciones que para ti equivalen a perder el tiempo en bobadas. ¡Qué descansar ni qué ocho cuartos!

A quienes hemos girado alrededor de tu integridad y tu pulcritud para vivir, nos alegra en cierta forma que estés fuera de circulación como un periódico de ayer.

En este forzoso sabático tendrás tiempo de hacer un paralelo entre los liberales de ayer y los de ahora. ¿Quién lleva del bulto?

También podrás concluir que has vivido. Y harto. Y que te has dado con generosidad y desinterés a tus prójimos que andamos enculebrados contigo.

Acaso puedas repasar tus cartas de novio, escritas en una lenta letra, barroca, de monje benedictino:”Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro tu doliente corazón”, le dices en una de esas cartas a tu novia, quien con el tiempo y un palito sería madre nuestra.

Has sido retrechero para la amistad. Por eso sueles cantar con una voz que envidiarían las hermanitas “Cállense” la canción de Óscar Agudelo:”Desde el tétrico hospital donde se hallaba internado”. Traducida, la melodía nos dice: “Mis amigos, no hay amigos”.

Eso sí, los pocos amigos que has tenido, te bastan. Ojalá tus hijos hayamos hecho méritos para formar parte de esa flaca cofradía.

Puedes dedicarte también a ejercer tu oficio de esposo (mejor casado para dónde). O los de padre, abuelo, bisabuelo, suegro exdifícil, como que casi dejas solterones a mis hermanas por tu afán de que estudiaran primero.

Puedes jugar, tute, parkés, dominó, billar, los únicos ocios que te has dado. Al fin y al café perteneces a una generación que no conoció la tal lúdica, no iba a cine, ni al fútbol, pocón de lecturas. Se dedicaron a algo mejor: vivir intensamente.

También te esperan las viandas domésticas para que le des gusto a tu afición a la buena mesa.  O leer los “motes” como les dices a los titulares de los periódicos. O los avisos clasificados, en los que has encontrado una original forma de rebusque desde que te quebraste por no fallar a los compromisos adquiridos. 

Podrás recorrer en tu imaginación los caminos de esa Colombia que conoces tan bien que si algún día se borraran las carreteras, se podrían reconstruir  a partir de tu buena memoria de arriero de mulas marca International 210, Mack o Ford F-800. Carros que duraban hasta que se acababan, como el amor.

Piensa también que si no nos diste peces, fuiste más allá: nos enseñaste a pescar, siguiendo el mandato oriental. También nos enseñaste a actuar de tal forma que si tocan a la puerta de la casa en la madrugada, es el lechero, nunca la policía, como dijo alguien de cuyo nombre no quiero acordarme.

Mejor no le quito más tiempo a tu tiempo, “mi querido viejo” para decirlo con Piero.

Y perdona la confiancita del tuteo. Es parte de lo que les hemos aprendido a tus nietos. Después del próximo punto final regreso al respetuoso usted que te has ganado. 

El Negro O

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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