Desvertebrada: Castro, o la libertad por cárcel

Olinda Castro al lado del guachacán amarillo que fue sembrado en el Parque del Ajedrez en memoria de su hermano Óscar. Cerca están otros dos árboles sembrados por el excampeón mundial Boris Spassky, cuando se inauguró el Parque; el otro lo sembró el propio Castro.

Por Óscar Domínguez Giraldo

En vida, pedía  que le enviaran la correspondencia a “Óscar Castro, el mundo”. Los recados  le llegaban luego a Campos de Paz, Medellín, donde reposará hasta cuando sus cenizas sean esparcidas en el nacimiento de algún río o en una reserva natural. 

Desde el 12 de abril, 7 años después de su fallecimiento, se la pueden dirigir a un  guayacán amarillo sembrado en el Parque del Ajedrez de la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, antigua cancha de fútbol Marte 3.

Cuando murió en un accidente de bohemia en plena calle,  estaba tierna como cachete de bebé su participación en un torneo de ajedrez en San Antero, Córdoba, coincidiendo con la Semana Santa. Los dividendos de ese torneo los repartió entre los más jodidos de la fortuna. Compartía, no acumulaba. 

Anduvo siempre ligero de equipaje. Como tenía el mundo y la libertad por hábitat, llevaba pocos chiros en su maleta. Suficiente un libro de ajedrez, como cuando llegó una vez a Usa. El Tío Sam casi no lo acoge porque un hombre que tiene por valija un libro es sospechoso de todo. 

Óscar no creía ni en los rejos de las campanas. Su dios era el ajedrez. Bueno, tenía diosa, Caissa, patrona del juego. En la vida real, una de sus diosas fue la pintora argentina Marcia Schvartz con quien se conoció en las callejuelas del Barrio Gótico de Barcelona. 

“A él lo enamoró mi tristeza, y nos unió la nostalgia por el tango”, comentó su amada gaucha. De las soledades de ambos nació Bruno quien anduvo por aquí. Cate que sí lo vio su tía Olinda. Estuvo a punto de llamarse Carlos, en homenaje a Gardel. 

“Su desapego y su profunda libertad me enseñaron a ver el mundo con menos miedo”, escribió Marcia para el libro “Óscar Castro, El Jugador” del dueto Luis Santiago y Marco Aurelio Arango Pérez.

Olinda Castro al lado del guachacán  amarillo que fue sembrado en el Parque del Ajedrez en memoria de su hermano Óscar. Cerca están otros dos árboles sembrados por el excampeón mundial Boris Spassky, cuando se inauguró el Parque; el otro lo sembró el propio Castro.

Castro aprovechó una visita de su hermana a llevarle flores a Campos de Paz, para susurrarle al oído: “Negrita, sáqueme de aquí”. De su excéntrico hermano Olinda dice que “agotó los sustantivos y adjetivos que brinda el español”.

Poco a poco su Negrita le irá dando gusto a ese pliego único de peticiones. El homenaje en el Parque del Ajedrez va en esa vía. El ritual conmemorativo  lo inspiraron  ella, la Liga de Ajedrez de Antioquia que preside Norbey Rodríguez,  y el abogado y ajedrecista Fernando Ordóñez. 

Definió así su estilo de juego: “Digamos que mi estilo es ecléctico y la definición de eclecticismo es: método y doctrina que consisten en escoger de entre varios sistemas las tesis mas aceptables, para formar un cuerpo de doctrina”.

Leontxo García, cronista de El País de Madrid, autoridad mundial ajedrecística, quien lo paladeó, dijo de Castro que fue “un genio que no quiso ejercer como tal”. Y reprodujo la partida de Castro contra una de las leyendas del ajedrez Tigran Petrosian.

También en Manizales tenía su club de fans. “Era el hombre más libre que conocí en mi vida”, resumió Luis H. Aristizábal. “El último samurái”, lo definió el filósofo y escritor caldense Pablo Arango en una imperdible página para la revista “El Malpensante”

Castro no tenía seguidores sino fanáticos. Incluído su amigo y compañero de bohemia Jorge “Conconcreto” Aristizábal, reconocido mecenas del gremio de los trebejistas, uno de los asistentes al acto.

Fernando Ordóñez, hace las veces de maestro de ceremonias en el inicio del acto conmemorativo de los siete años de la muerte de Óscar Castro. A su lado, el actor Gustavo Montoya. Al fondo, Jorge Aristizábal y Olinda Castro.

El actor y declamador Gustavo Montoya, en una dramática performance, graduó a Castro como el Barba Jacob del ajedrez. Esa obra de teatro amerita repetición con lleno a reventar y buses a todos los barrios…

Una placa fue colocada para la foto al lado del recién sembrado guayacán de los que se tienen confianza para crecer hasta 35 metros. La idea es que cuelgue en un salón de la Liga. 

La placa tiene esta leyenda salida del caletre del abogado Ordóñez: “Homenaje a una concepción libertaria de la vida.” 

Fotos (odg)

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