Deshaciendo pasos: Semana Santa.

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Personajes de Semana Santa: San José

Por Óscar Domínguez

Mis semanas santas de piernipeludo carecían del tufillo turístico que se vive en tiempos de Coronavirus I.  A rezar llaman, era la consigna impuesta por el alto mando doméstico.

El menú semanasantero incluía estrenar de pie a cabeza el Jueves, y  domar zapatos en la procesión del Viernes Santo, ganando la cuesta frente a la Casa Museo del maestro Pedro Nel Gómez rumbo a la parroquia de San Cayetano. 

Allí quedábamos por cuenta del  padre Barrientos, un orador sagrado que hacía pecar a las mujeres con las ganas. Barrientos nos castigaba con conmovedoras e interminables siete palabras. 

Esas semanas santas arrancaban con un pecado mortal ecológico consistente en batir palmas al paso de Jesús el Domingo de Ramos. El despropósito contaba con el “nihil obstat” de la jerarquía. 

Los ramos iban a dar  debajo del colchón,  banco de pedal de las familias. Cuando había tempestad, se quemaba el ramo. La tempestad no se aplacaba pero se hacía el mandado.

El niño que era este aplastateclas cometía otro pecadillo de leso voyerismo que nunca confesé por pena: espiaba por debajo de las túnicas de los santos de palo de las procesiones a ver si tenían  los mismos jardines colgantes de mi babilonia sexual. Me decepcionó constatar que estábamos hechos de distinto material.

En ese banco donde vivían en “punible ayuntamiento” ramos y monedas de ínfima denominación,  encontrábamos cómo financiar los matinales dobles de domingo desde la aristocracia de gallinero. 

Juntábamos pecadillos de menor de cuantía para encartar con ellos al párroco que nos afrijolaba la respectiva penitencia. Ignoro si las cosas han cambiado. Eran infracciones que no daban para diez segundos de purgatorio pero tocaba arrepentirse a pesar de que el pecado “es lo que hace al hombre interesante”. Aunque Dios perdona, es su oficio, según leí por ahí. Rotaba a mis confesores para no aburrirlos con la misma monótona retahíla.

Semana Santa incluía un menú que bajaba las defensas: un pescado que ponían a secar al sol. Olía tan maluco que provocaba dudar de la existencia de Dios, del viento, de todo.

Lo sometían a un proceso de desalinización pero ni así lograba encarretar mis proletarias papilas gustativas. También servían sardinas bañadas en salsa de tomate. Comida se le da, ganas no, era la advertencia materna.

Mi pobre afición por el pescado se remonta a la infancia, esa época dorada en la que todos somos inmortales. Tampoco me desvela el agua, sobre todo la de mar, que me pueden dar en plata, como la reencarnación.

En Semana Santa rezábamos hasta agotar existencias. Sospecho que más que a quererlo, nos enseñaban  a temer a Dios.  El Dios chévere, como de amigo fiel que nos sirve de fiador, lo descubrí en el famoso texto del filósofo Barjuch Spinoza. Me relajé. (Este año reincidiré en alguna procesión, pero sin incurrir en prácticas voyeristas).

Foto

Benedictinos de Guatapé, Antioquia, sitio ideal para una dieta de silencio en Semana Santa. (Reservar con un año de anticipación)

Personajes de Semana Santa

¿DÓNDE ESTABA JOSÉ?

Su nombre poco aparece en Semana Santa. Sin confirmar sí lo digo: el carpintero José le dio todo el protagonismo a su mujer.

Los maridos de mujeres importantes son la versión moderna de San José, y todos los 19 de marzo celebran el día de su santo y calumniado patrono, de quien cierta implacable oposición asegura que era muy buena persona pero mal ebanista.

Con humildad agustiniana, José alcahueteó el protagonismo de María, su mujer, de cuya biografía vivió los últimos años. En cualquier tienda le fiaban. Pero nunca le jaló al tráfico de influencias. Ni de indulgencias.

Primer feminista que recuerde la historia, José jamás le ocultó el sol a su mujer. Para sacudirse del estrés por la importancia de su “dulce enemiga”, se asiló en el noble destino de acariciar la madera.

Los sanjosés de hoy prefieren el baño turco donde, escocés en mano, esperan que llegue la quincena… de sus mujeres, que coleccionan úlceras, insomnios y ojeras ejerciendo el poder. Despotrican del poder que les “incautó” a sus ex bellas durmientes, pero se reconcilian al consultar el saldo bancario.

Al amparo del pionero José, en el mundo crece la audiencia de maridos arrumados en el gueto de la cocina, en faenas domésticas como lavar la loza, mientras sus mujeres se adueñan del poder siguiendo el libreto que les escribió el Nobel de Aracataca, quien dijo para la posteridad: “Las mujeres deberían gobernar el mundo”. Y así lo hacen bien en muchos países. 

Pese al ejemplo del santo patrono, el “bobo sapiens” de internet no estaba suficientemente preparado para pasar al clóset. Pero ha aprendido con facilidad. No hacer nada tampoco demanda mayor inteligencia.

Y ellas siguen perdiendo porque nunca renunciaron del todo a sus deberes caseros. Siguen repicando y andando en la procesión. ¡Qué vitalidad!

No está lejano el día en que se cree el “Sindicato único de maridos de mujeres importantes” para asumir en forma las modernas responsabilidades. Eso sí, perfeccionistas a morir, estiman que es mucho lo que hay que aprender para disfrutar del nuevo estatus. Los hombres estamos listos para el sacrificio.

La literatura disponible no es muy extensa pero los hombres que viven las circunstancias aquí descritas, se quitan el sombrero ante conspicuos colegas como el inglés Denis Thatcher, quien durante muchos años fue el discreto San José de la Dama de Hierro inglesa, Margaret Thatcher. Whisky y palo de golf en mano, dos grandes inventos escoceses, Mr. Thatcher vivió con altura y particular estoicismo a la sombra de su trabajadora mujer.

Las miradas apuntan también al Príncipe Felipe, esposo de la Reina Isabel, quien solo de vez en cuando salía del silencio de su cartuja de oro londinense para meter las de caminar. Actuaba así cuando sentía la necesidad de notificar que existe, de que lo tengan en cuenta. Después de marcar territorio como los gatos, vuelve a su anonimato de oro.

Los sanjosés modernos, amanuenses del bajo perfil, sólo esperan de sus mujeres  respeten el derecho al anonimato de sus cónyuges, “dueños perpetuos de sus quincenas”.

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