Del vedetismo periodístico

Vicky Dávila, vedete e imagen de Semana. Foto Revista Semana

Por Piedad Bonnett, Diario El Espectador, Bogotá

Una persona me hace notar, a propósito de la virulenta arremetida de Vicky Dávila contra Hassan Nassar, que a medida que crecen los insultos —inepto, cobarde, fracasado, tipejo peludo— en la esquina izquierda de la pantalla va creciendo, a velocidades increíbles, el número de espectadores. Se muestra así cómo se ajusta de bien el vergonzoso espectáculo a estos tiempos de redes escandalosas donde mientras más vulgaridad y más agresividad, más likes, como señaló Lisandro Duque en su columna.

A pesar del escándalo mediático, creo que los énfasis de la opinión no han sido puestos con suficiente fuerza en lo que significa para el periodismo una garrotera de ese tenor. Incluso algunos han sugerido que se trató de algo anecdótico, que no lo afecta. Se equivocan. Si Nassar, culpable de defenderse atacando de forma matrera, ejemplifica muy bien al periodista tendencioso e incondicional del poder, Vicky Dávila ilustra otra cosa, igualmente perversa: el vedetismo, engendrado no sólo por su personalidad narcisista y arrogante, sino por los poderes que dentro del mismo periodismo la han aupado y se lucran de esta versión del oficio que lo tergiversa y lo abarata.

La manipulación mercantilista de la figura del periodista es de vieja data y tiene sus mejores ejemplos en los Estados Unidos. Una de sus formas la vemos en la película El escándalo, que denuncia los acosos sexuales del antiguo director de Fox News, Roger Ailes. Allí se muestra que la consigna que se daba a las presentadoras en ese canal, a costa de perder el trabajo, era mostrar las piernas. Un modelo que acogieron desde hace años, como muy natural, algunos noticieros colombianos. Otra forma de espectacularidad, de la que Vicky Dávila parece ser la mejor exponente, es crear vedetes que no sólo pueden decir lo que les venga en gana, impunemente, sino que, cada vez que pueden, se encargan de ser ellas mismas la noticia, un pecado sobre cuya gravedad se pronuncia a menudo Omar Rincón.

Desde que funge de columnista en Semana, Dávila ha escrito dos columnas sobre su propia persona. En “Soy decente”, escrita para denunciar que es víctima de odios, Vicky hace un perfil completísimo de sí misma, en el cual nos informa desde cuáles son su edad y sus creencias, hasta quiénes son su mamá, su marido y sus hermanos. Sobre su particular manera de entender la decencia, nos dice: “No tengo amante, nunca me acosté con el jefe para ascender, jamás probé las drogas ni el cigarrillo y es muy extraño que me tome una copa”. En la de la semana pasada, “Me equivoqué”, se excusa en una frase por haber perdido el control y dedica el resto a defender de nuevo su decencia y a echar pullas con nombre propio a los que la criticaron.

Hasta donde yo sé, un buen periodista es ante todo un mediador, que no atrae los focos sobre sí mismo ni insulta a sus entrevistados. Sin embargo, hay que decir que el vedetismo de periodistas como Vicky Dávila no existiría sin el apoyo de los que lo han propiciado y de la audiencia que celebra su grosería. Para subirnos el ánimo, recordemos que en Colombia existen cientos de periodistas discretos y ajenos a todo protagonismo, que hacen su tarea con pasión y responsabilidad, incluso arriesgando sus vidas por denunciar la podredumbre.

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