“De mortuis nihil nisi bonum”

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Acá, la frase de la semana :

Religiones hay muchas, pero moral sólo una.

John Ruskin (1819-1900)

Ricardo Bada

“De los muertos no se debe hablar sino bien” es un dicho atribuido a Quilón (siglo VI a. C.), uno de los legendarios siete sabios de Grecia. Solo que no tan sabio en este caso si, como supongo, no lo dijo en latín. Pero de todos modos hago mías sus palabras y voy a dedicarles esta columna para certificar lo cierto de su aserto.

Limitándome al siglo XX para no remontarme a benefactores de la humanidad como Atila, Gengis Kan, Calígula, Nerón, Cromwell y Torquemada, les hablaré, por ejemplo, de Mussolini, quien, sabedor del estreñimiento de muchos de sus enemigos políticos, tuvo el altruismo necesario para recetarles grandes dosis de aceite de ricino. Y de Adolf Hitler, ese “gran pensador alemán” (según un reciente candidato a inquilino del Palacio de Nariño), ese Hitler que quiso ser pintor y amaba a su perro pastor, más alemán que él mismo, nacido austríaco. De Stalin, lector apasionado de Dickens mientras delegaba las tareas sucias propias del oficio de gobernar (en ruso: purgas) en su fiel lacayo Beria. Y de Mao Zedong y Gadafi, tan amantes de la juventud que su pasatiempo favorito consistía en desflorar muchachitas núbiles para que pudieran vanagloriarse de haberse acostado con un gran hombre.

Y volviendo el foco de la atención a Iberoamérica, el portugués Oliveira Salazar fue nada menos que el inspirador de Amnistía Internacional, y el “inferiocre” general Franco, caudillo de España por la gracia de no se sabe qué Dios, escribió un guion de cine de título tan inocente como Raza, y no firmaba ninguna sentencia de muerte sin haber confesado y comulgado antes.

Al otro lado del gran charco, en la República Dominicana, el generalísimo Trujillo era tan amante de la juventud como Mao Zedong y Gadafi, amén de ser un gran protector del mundo animal, caimanófilo convicto y confeso que en su zoológico privado alimentaba a sus queridos reptiles arrojándoles vivos a sus adversarios declarados.

De Fidel Castro se sabe que una de sus debilidades eran los quesos franceses de la nevera de su amigo García Márquez, y del Che Guevara está documentado que fue asmático y firmó con dolor de corazón las muchas sentencias de muerte que le tocó firmar, amén de querer reeducar caritativamente a los gais en unos campos ad hoc. De que Pinochet amaba a Chile y Videla era católico de misa y comunión diarias existen irreprochables testimonios.

¿Lo ven ustedes como es que de los muertos no se debe hablar sino bien? ¡Quilón, Quilón, qué grande sos!, gritarían los peronistas. Y a propósito, ¿qué me dicen ustedes de Perón, tan benefactor de las bellas artes que se casó, sucesivamente, con una actriz de cine de segunda (o tercera) fila y una cantante de cabaré?

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