Cuando un amigo se va en diciembre

Por Oscar Domínguez Giraldo

No es por dármelas, pero tuve amigo, mecenas y cocinero propio de cinco estrellas. Hablo de Álvaro Vasco Reyes, fallecido en Medellín hace 21 años, creador del restaurante La tienda del vino, de El Poblado, donde hay guardián en la heredad con su hijo Álvaro Sergio y señora Elizabeth.

En algún aniversario de su partida le escribí:

Alvarín: Finalmente, a Dios se le salió el acaparador que lo habita y te llevó el 27 de diciembre de 1999 para que le cocinaras en la fiesta de cambio de milenio. Los mejores bisturíes de la Cardiovascular encargados de hacerte el trasplante de corazón hicieron todo por mantenerte de este lado de los asombros. Pero donde manda capitán…

El 28 de diciembre de 1999, el último del siglo XX cambalache, problemático y febril, nos cuidamos de informar que habría misa de difuntos en la Iglesia Santa María de El Poblado, cerca de tu apartaco, porque de seguro iban a pensar que estábamos inocentando.

Siempre original, decidiste estrenar milenio con corazón nuevo. No contábamos – vos ni nosotros- que te tocaría estrenar corazón más allá del sol. Champaña Viuda de Clicquot para todas las mesas, fue tu pedido al llegar al cielo, tercer piso, ascensor, pabellón de los cocineros que ven un brócoli y levitan.

Odg y Álvaro, quien monitorea la marcha de La tienda desde la eternidad. (Foto de Andrea Domínguez).

En tierra firme hiciste fácil el arte de cocinar. De paso, convertiste tu profesión de gourmet-gourmand en docencia permanente.

Lástima que se haya quedado entre el mortero el libro que soñabas sobre tu vida y recetas. Este más que septuagenial camarada tuyo que es enemigo personal de escribir o de que le escriban prólogos, habría deseado escribir el de tu libro.

¡Cómo amaste tu oficio, viejo Álvaro de Jesús! Así tus palabras fueran más rápido que tu pensamiento, toda conversación tuya era una clase magistral de gastronomía. Era parte de tu ética. Hasta los meseros que te atendían en restaurantes de dedo parado agradecían tu certera cartilla gastronómica cuando algo no estaba bien y les advertías.

La otra parte de tu ética consistió en aprender siempre más y más de tu oficio heredado de tu mamá Lucía Reyes, diminuta ráfaga boyacense, de papá Goyo, de figura boteriana, el mismo del restaurante Gregorios de El Poblado, y en enseñarle al prójimo a buen comer y a buen beber….vino, sobre todo. Misión cumplida, compadre y padrino nuestro de matrimonio con tu esposa Marthica, rola, ala.

La primaria gastronómica la hiciste, pues, con tus taitas. El bachillerato y la universidad los cursaste en Bogotá en los restaurantes del Loco Horacio Jaramillo, como El Zaguán de las aguas, El Museo, Casa Vieja…

Álvaro Sergio, mandamás de La tienda del vino, en su casa del centro de Bogotá donde nació, en brazos de Gloria Luz Duque, amiga de papá Álvaro y de mamá Marthica, padrinos de matrimonio. (Álbum familiar).

Redondeaste aprendizaje en el restaurante del Círculo de Periodista de Bogotá, CPB, donde te hiciste rico en vales sin pagar y en tu propio restaurante, Frutalia, de la calle 22 con 8ª  que convertiste en obligado punto de encuentro de la diáspora paisa en Bogotá.

Como sabías que la nostalgia entra por el estómago, el menú ofrecía todas las tentaciones de la comida montañera. Hasta doña Bertha Hernández de Ospina, anduvo por allá despachando un sudao de posta del otro mundo.

“En este momento llega el ejecutivo fulano de tal”, decías voz en cuello para que la gente se enterara de que en tu negocio se daban cita los de arriba y los de abajo, unidos por el común denominador de la buena lata que preparaban tus mujeres de la cocina. (La ropa vieja y las arepas venezolanas no tenían competencia).

Cuando un amigo se va…, cantamos en tus exequias esos muchachos que compartimos contigo “salud, sonrisa, juventud y nada en los bolsillos” en nuestra jodentud de ron con Coca-Cola.

Como esos muchachos no éramos profetas en Envigado, donde vivíamos, nos tocaba rebuscarnos amores zanahorios, de paseos de olla y fiestas siempre vigiladas por adultas mayores, en otras parroquias. Recuerdo a nuestras amigas de La América, Belén, Estadio e intermedias. De pronto nos vemos con el rabillo del ojo. Nos contamos las arrugas y seguimos el camino.

¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos?, habíamos cantado nostálgicos y desafinados vos y yo, a través del teléfono, cuando nos llamaste a contarnos que estabas feliz porque te ibas a someter a una operación de cambio y cambeo de corazón que finalmente no funcionó.

Y nos encimaste, como era tu costumbre, las recetas para las cenas de navidad y año nuevo con la sugerencia del vino para no pecar a la hora de maridar. Que no falte tu propuesta del habano y el coñac ideal para el puscafé (King Edward y Rémy Martin, en ese momento).

“La soledad es un amigo que se va…”. Aunque pensándolo bien, don Álvaro, no hay vacíos porque nos quedamos con tu amistad, generosidad, integridad a prueba de balas, tu pinta que recordaba al cantante Harold, elegancia hasta para pelar un tomate, capacidad de trabajo y vitalidad desbordantes.

También nos quedamos con tus hijos Álvaro Sergio y Andrés que han tomado la posta en el arte del buen beber y buen yantar. Bueno, Álvaro Sergio y señora Elizabeth, porque a Andrés le dictaron otras disciplinas.

Fuiste un Brillat Savarin envigadeño para quien era más importante la creación de un nuevo plato que el descubrimiento de una nueva estrella. Tu pato a la naranja era para comer con los dedos.

Valió la pena vivir para ser tu amigo. Tu llama es de las que nunca se apagan. Dulce y gastronómico sueño eterno. (Nota polichada y aumentada. Se publicó originalmente en El Colombiano).

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