Cuando Boris Johnson fue periodista

El objetivo inminente de Boris Johnson es resolver el “brexit” con la Unión Europea. AFP

El recién elegido primer ministro británico, Boris Johnson, fue corresponsal en Bruselas del diario “The Telegraph” en 1989. Treinta años después, ocupa el número 10 de Downing Street. Perfil personal de un periodista colombiano que lo conoció durante sus años como reportero.

Por Juan Carlos Rincón, Londres, Diario El Espectador, Bogotá

El recién elegido primer ministro británico, Boris Johnson, fue corresponsal en Bruselas del diario “The Telegraph” en 1989. Treinta años después, ocupa el número 10 de Downing Street. Perfil personal de un periodista colombiano que lo conoció durante sus años como reportero.

La selección de Boris Johnson como nuevo líder del Partido Conservador británico y nuevo primer ministro del Reino Unido, uno de los países más importantes del mundo, contradice las leyes de la democracia participativa.

Es surrealista que una votación secreta de menos de 160.000 miembros del Partido Conservador, que no tiene mayoría absoluta en el Parlamento y gobierna gracias a una coalición con el Partido Democrático Unionista (DUP) de Irlanda del Norte, designe al jefe del gobierno que regirá los destinos de 66 millones de habitantes.

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Es igualmente surrealista y contradictorio que el país que promulgó en 1205 la Carta Magna, el documento constitucional más antiguo e importante, que fundamenta la libertad del individuo contra la autoridad arbitraria del déspota y ha sido ejemplo para el mundo, tenga que aceptar el mandato de un hazmerreír y bufón que no fue electo popularmente.

Pero Boris Johnson es igualmente contradictorio y desde su época primigenia como periodista desarrolló su celebridad convirtiendo la irreverencia y su mechón desgreñado en un arma eficaz para “conectar” con el ciudadano promedio británico que goza con sus payasadas, mientras que los políticos tradicionales no lo tomaban en serio. A pesar de ser una figura divisiva y contradictoria, siempre supo conectarse bien con las esferas del poder empresarial, la banca y sectores de la derecha británica que desprecian la relativa injerencia de Bruselas en las normas y decisiones del Reino Unido.

Boris y yo llegamos al mismo tiempo a Bruselas, en 1989, tres años después del ingreso de España y Portugal a la hoy Unión Europea, la llamada en ese entonces Europa de los 12. El hoy primer ministro era un periodista novato de 24 años que había sido nombrado corresponsal del influyente y respetado diario británico The Daily Telegraph (The Telegraph, en formato digital) fundado en 1855.

Yo aterricé en la capital belga a los treinta, con doce años de experiencia periodística en diarios, radio y televisión en Colombia, y después de haber recibido, en mayo, el Premio Internacional Ortega y Gasset en la modalidad de radio, en España. Empecé como corresponsal del diario El Mundo, de Medellín, cuyo fundador y director, Darío Arizmendi, fue el único que se interesó por mi trabajo y me ofreció una columna (la llamé “Carta desde Europa”) y escribir “a mi aire”, sin la angustia de la noticia diaria y dejándome la libertad de establecerme.

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Boris estuvo cinco años en Bruselas, hasta 1994. Mi periplo duró siete y el proceso continuó como corresponsal de Radio Nederland, interino para El País y la cadena Ser de España, corresponsal de El Espectador, colaborador de Caracol Radio y además periodista de la división de información para Latinoamérica de la Comisión Europea.

En ese trayecto periodístico conocí a Boris, un rubio blanquecino y permanentemente despeinado periodista inglés apenas dos centímetros más alto que yo, pero robusto y macizo con casi cien kilos —yo era un flaco de 68 kg— que apreciaba disfrutar una cerveza antes de las conferencias de prensa del mediodía y en las tardes un vino y tapas de chorizo y queso. En el bar de los periodistas no había únicamente té, café y galletas.

Al principio nuestra actividad periodística diaria, excepto los Consejos de Ministros, las sesiones del Parlamento y las Cumbres europeas, se concentraba en el famoso edificio Berlaymont, que desde 1967 albergaba las oficinas del ejecutivo comunitario (la Comisión) y en el que todos los miércoles se cumplían las conferencias de prensa de los comisarios y del presidente, en ese momento el francés Jacques Delors, un dinámico europeísta creyente en la Unión.

Fue una de las épocas más interesantes y a la vez tensas del proceso europeo, por las marcadas diferencias entre la visión expansionista (en países y competencias de las instituciones) que defendían el presidente socialista francés François Mitterrand y el canciller demócrata cristiano alemán Helmut Kohl y la línea conservadora de la primera ministra británica Margaret Thatcher, desconfiada de ceder competencias nacionales.

Ese famoso tira y afloje fue una constante hasta el Tratado de Maastricht, aprobado en la madrugada del 10 de diciembre de 1991, tras una maratónica discusión entre Gran Bretaña y los otros once socios del grupo, en el cual se estableció la Unión Europea, la ciudadanía europea y la política de seguridad común, se fijaron los criterios para introducir la moneda única (el euro) y se determinó la ampliación a 16 países. Margaret Thatcher había renunciado en noviembre de 1990 y fue remplazada por John Major, pero la línea británica no cambió, fue siempre dura, de apatía con la Unión.

Bien respaldado

Boris Johnson era uno de los periodistas apreciados por Margaret Thatcher y comenzó a ser célebre gracias a su abierta oposición al proceso integracionista y su escepticismo. Junto a John Palmer, veterano corresponsal y editor europeo del influyente periódico The Guardian, se constituyeron en los líderes del grupo de “euroescépticos” y entre los colegas siempre esperábamos con ansia sus preguntas críticas, mordaces y burlescas, en especial de Johnson, quien llegó a acusar en primera página a Delors de querer gobernar a Europa.

A Boris no le interesaban las noticias y la información diaria, sino lo que a su juicio afectara a Gran Bretaña y el escándalo convertido en primera página: el sensacionalismo. Su exjefe, Max Hastings, editor del Telegraph en la época, recuerda que el extravagante periodista era un gran animador con sus escritos y exageraciones, pero considera que no está capacitado para gobernar porque parte de su credo está basado en la burla, hechos parciales, insultos y vituperios.

Recuerdo que una de sus primeras hazañas fue convertir el descubrimiento de asbesto aislante en el edificio Berlaymont en la destrucción del inmueble mediante explosión.

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A finales de 1991 y cuando ya estábamos laborando en el edificio Breydel, Boris Johnson publicó en primera página la noticia falsa de que el Berlaymont sería destruido con cargas explosivas colocadas en sitios claves, a pesar de que el gobierno belga había decidido, por sentimentalismo costoso, desmontar todo el asbesto y renovar el gigantesco inmueble. Al final, el valor y el tiempo triplicaron el de una nueva edificación.

La realidad es que en 1983 el Consejo Europeo reveló en una directiva los riesgos para la salud humana de la exposición permanente de los empleados al asbesto en las edificaciones. La Comisión inició el estudio para prohibirlo, lo cual hizo en 1991 y definitivamente en 1999. Pero el gobierno belga, propietario del edificio, decidió evacuarlo y trasladó la Comisión a una sede provisional a ochenta metros —en el edificio Breydel— mientras determinaba la suerte del Berlaymont.

Treinta años después, el Berlaymont sigue en pie totalmente y modernizado, alberga a los comisarios de 28 países (incluyendo al británico sir Julian King, encargado de la seguridad de la Unión) y a muchas personas que negociarán con el gobierno de Boris Johnson la conclusión del brexit y la futura relación de Gran Bretaña con la UE. Es el ejemplo de una de tantas historias equivocadas o exageradas del nuevo primer ministro.

Mi contacto directo con Boris se desarrolló más en el ajustado recinto de prensa, en la planta baja del Breydel, ubicado frente al Parque del Cincuentenario. ¡La etapa provisional duró trece años! Lo facilitó mi novia galesa, la periodista Sara Lewis, que compartía con Boris los mismos rasgos físicos de cabello rubio, piel blanquecina y algo del humor, aunque era bastante más baja.

La relación era más posible y visible porque las instalaciones eran muy insuficientes para albergar al numeroso y creciente grupo de periodistas acreditados y trabajábamos apeñuscados. Ese fue un momento especial en que confluimos con excelentes amigos colegas corresponsales, como los mexicanos Gerardo Cárdenas (Notimex), Miguel Barberena (Excélsior) y Luis Rodríguez (Televisa); las catalanas Teresa Turriera (Catalunya Radio) y Cristina Gallach (EFE), quien luego sería portavoz de Javier Solana y secretaria general de Naciones Unidas para la Comunicación; la inglesa Sarah Lambert (que fue portavoz de la Comisión Europea) y el alemán Burkhard Birke (Deutschlandradio).

Aprender a contar

Con Boris las relaciones fueron menos cálidas y pocas veces compartimos, más allá de algunas reuniones de los periodistas británicos. Las relaciones personales eran difíciles con él y poco prestaba atención a temas latinoamericanos.

Pero siempre se me quedó grabado un apunte de mi novia sobre Boris que me marcó para siempre y me explica hoy parte de su camino exitoso. Un día Boris caminaba interminablemente los pasillos de la sala de prensa, de ida y de venida, mirando fijamente la alfombra gris del piso y pulsando repetidamente el émbolo de su lapicero en la mano derecha, una operación similar a la de las azafatas en los aviones cuando calculan los pasajeros a bordo.

Sara nos hizo caer en cuenta del hecho. Todos lo seguimos atentamente con la mirada y Sara, con un sarcasmo natural digno del gran actor y comediante Bill Murray, dijo: “Miren, Boris cuenta sus pasos”. ¡La carcajada fue general!

Risas ha provocado siempre Boris Johnson, al igual que irritación e impotencia. Casi todos recordamos otra de sus famosas noticias falsas cuando en 1991 tituló en el Telegraph que Italia no estaba a la altura de los condones y afirmó que los burócratas de Bruselas habían mostrado su legendaria atención al detalle para “rechazar el pedido de la industria italiana del caucho por un ancho mínimo más pequeño del condón”.

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En esa ocasión Johnson citó falsamente a Willy Hélin, portavoz de la Comisión. La realidad es que, debido a la epidemia mundial de sida, las instituciones médicas europeas habían pedido verificar la seguridad de los condones para conocer los riesgos para los pacientes con la enfermedad; nada que ver con el tamaño. Pero la exageración y distorsión de Boris pusieron a los periodistas a comparar el tamaño de los penes en distintos países.

En mi época de corresponsal, el nuevo primer ministro fue la suprema expresión de la exageración, distorsión y mentira, hasta el punto que el barón Chris Patten, presidente del Partido Conservador (1990-1992) y último gobernador de Hong Kong hasta la devolución británica a China, en 1997, ha afirmado que en esos años Boris “fue uno de los grandes exponentes del periodismo de mentiras”.

De bufón a jefe de gobierno

Johnson es un “payaso exitoso” que logró triunfar con sus mentiras, en una época en que la realidad supera a la ficción. A su regreso de Bruselas fue columnista hasta 1999 del semanario político-cultural de derecha The Spectator (El Espectador), que es publicación hermana de The Telegraph. Luego, a cambio de renunciar a sus aspiraciones políticas fue nombrado su editor general. Estuvo hasta 2005 y aumentó la circulación un 10 %.

Tiene un carisma exuberante que convenció a los británicos, primero cuando contra todo pronóstico (excepto el mío) ganó la Alcaldía de Londres y por ocho años y dos mandatos (2008-2016) dirigió la ciudad, con un balance muy promedio en el que los Juegos Olímpicos de 2012 fueron la carta de mostrar. La movilidad con la ampliación del sistema de ciclovías y la renovación del transporte público son otros logros, pero desperdició mucho tiempo y dinero en fallidos proyectos megalómanos como un puente de lujo con jardines sobre el río Támesis y un aeropuerto en una isla artificial del mismo.

Cuando se lanzó, en febrero de 2016, a promover el brexit (de nuevo invocando cifras falsas), recuerdo que les comenté a mis excolegas de Bruselas que triunfaría en ese referendo y que el Reino Unido votaría salirse de la UE el 23 de junio y así lo expuse en mi artículo para El Espectador (*). Tuve razón, igual que cuando volví a señalar que un día sería primer ministro. Tras la victoria del brexit hace tres años, su compañero de proceso Michael Gove lo traicionó. Boris simplemente esperó su momento.

Su papel como ministro de Asuntos Exteriores británico (2016-2018) estuvo plagado de errores y los diplomáticos internacionales con los que tuvo que tratar definen la experiencia como el “encuentro con una persona sin preparación y más preocupada por complacer a la audiencia, una celebridad que actúa por instinto”. A Johnson le preocupa más su imagen personal y aunque por la cercanía que logra quiere parecerse a un gran estadista como Winston Churchill, está más cercano al cómico Alan Partridge. Es imposible que una figura dedicada a la mentira tenga credibilidad pública y los líderes europeos lo saben. Hay un déficit de confianza en sus capacidades.

Internamente, en cambio, Boris ha sabido construir una imagen falsa de líder triunfador que “conecta”, rodearse bien para gobernar y ser exculpado por sus errores. Además, aunque acude al mismo lenguaje mentiroso y manipulador que el presidente de su país natal (Johnson nació en Nueva York), hay que abonarle que no es tan injurioso como Donald Trump y por fortuna recurre infinitamente menos a su Twitter: @BorisJohnson… por ahora.

Son muchas mentiras y promesas incumplidas. Boris tiene 99 días para concretar el 31 de octubre la salida del país de la Unión Europea sin crear un cataclismo económico, social y político para Gran Bretaña, casi 47 años después de su adhesión bajo otro gobierno conservador (Edward Heath).

Se me antoja imposible. Pero después de treinta años siguiéndolo, está visto que Boris es un saltimbanqui, un acróbata que ha contado y registrado bien sus pasos. El brexit, su hijo, es el siguiente.

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