Contraplano: Nacer y morir en marzo

Por Orlando Cadavid Correa

Ni en Manizales, su patria chica –en la que no fue monaguillo, ni seminarista, ni profeta–, ni en Medellín– donde ofició durante 21 años como carismático líder espiritual de los antioqueños–, suele haber  celebración del centenario del natalicio de monseñor Tulio Botero Salazar.  

La indiferencia cruel avala la perpetuidad de la amarga frase del maestro Silvio Villegas, otro gran manizaleño: “Lo peor de la muerte es el olvido”.

El arzobispo “Nos Tulio” –como lo llamaban los miembros de su ejército de pastores de almas y su feligresía– vino al mundo en la altiva ciudad del Ruiz, en el hogar formado por Francisco Botero Jaramillo y María Francisca Salazar Jaramillo, un año antes de que el presidente Rafael Reyes creara el departamento de Caldas. Fue un marceño total: nació el 9 de marzo de 1904 y murió de un infarto el 1 de marzo de 1981.

Monseñor Botero hizo parte de la notable trilogía de jerarcas que rigió en el siglo pasado los destinos de la arquidiócesis medellinense, en la que dejaron huella, igualmente, monseñor Manuel José Caicedo (bogotano) y monseñor Tiberio Salazar y Herrera (antioqueño), oriundo de Granada. 

El prelado, que en la pila bautismal recibió los nombres de Francisco Tulio, hizo la primaria con los Hermanos Maristas, y la secundaria con los Padres Lazaristas en la Escuela Apostólica de Santa Rosa de Cabal. Comenzó su noviciado el 27 de febrero de 1924 e hizo profesión religiosa dos años después. Fue ordenado sacerdote en Bogotá por monseñor Ismael Perdomo el 19 de diciembre de 1931, a los 27 años de edad. Actuó como misionero en Cundinamarca. Trabajó en el Seminario de Popayán; maestro de novicios y director del escolasticado de la capital del país, donde laboró como secretario privado de la nunciatura apostólica en 1945, antes de asumir la rectoría del seminario de Tunja en el 48, luego de vivir el “bogotazo” el 9 de abril.

Su carrera en la jerarquía eclesiástica comenzó el 7 de mayo de 1949 al ser designado obispo auxiliar de Cartagena. Fue consagrado como tal en su natal Manizales por monseñor Bernardo Álvarez Botero el 4 de agosto del mismo año. El primero de mayo de 1952 fue trasladado como obispo de la naciente diócesis de Zipaquirá, donde permaneció hasta el 8 de diciembre de 1957, fecha en la que fue exaltado a la dignidad de arzobispo de Medellín, que asumió el 2 de febrero de 1958, cuando contaba 54 años, y que desempeñaría hasta el 2 de junio de 1979, fecha en la que renunció por haber cumplido 75 años, edad límite fijada por el Vaticano para los obispos en funciones. El muy ilustre hombre de Iglesia fallecería 6 años después de haber entregado el cargo al cardenal Alfonso López Trujillo. Sus biógrafos lo describen como una persona jovial, sencilla, de un excelente buen humor y de un talento práctico, a la que le tocó hacer los cambios iniciales ordenados por el Concilio Vaticano II, y estuvo presente en las conferencias episcopales latinoamericanas celebradas en Río de Janeiro, Puebla y Medellín. Actualizó y modernizó la Curia Arquidiocesana, promovió la construcción del Seminario de Loreto, que sustituyó al viejo seminario que terminó convertido en el Centro Comercial Villanueva.  También le correspondió a “Nos Tulio” vender el lujoso Palacio Arzobispal de la avenida La Playa con la corta calle Caldas, que originalmente fue residencia del heredero del millonario Coroliano Amador, y mudarse a una sencilla vivienda en los Caunces de Oriente, donde se sentía a sus anchas, pues no era amigo de la pompa ni el boato. Decía que no era justo vivir entre la riqueza en una ciudad en la que había tanta pobreza. 

Desde su posición de Gran Canciller de la Universidad Pontificia Bolivariana impulsó el progreso y el crecimiento de la benemérita institución y estimuló la obra de los Barrios de Jesús a través de la cual se construyó vivienda para los pobres. 

La Apostilla: Toda la vida de monseñor Botero Salazar estuvo dedicada al servicio de la ciudad de Medellín, que lo acogió, lo quiso y lo acató, y de la iglesia de Jesucristo.  Sin embargo, los hechos demuestran que la fidelidad y la memoria, a veces, son flacas.

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