Contraplano La pelea de “Tartarín” con el himno patrio

Libardo Parra "Tartarín Moreira". Foto elcuerpoaguanteradio.com.mx

Por Orlando Cadavid Correa(ocadavicorrea@gmail.co)

Resulta inexplicable, por decir lo menos, que a un bohemio tan talentoso como Libardo Antonio Parra Toro, más conocido como “Tartarín Moreira”, no le resultaran tan rentables los cuatro oficios que desempeñó en vida y que tuviera finalmente un ocaso tan triste y paupérrimo en la Medellín antañona que tanto amó.

En sus rebusques cotidianos, en la Bella Villa, el recordado personaje fue poeta, compositor, agente secreto y periodista, pero sus ingresos apenas le daban para sobrevivir de manera precaria. Su magra figura era la de un espagueti. En plan de broma, sus contertulios le decían que “algún día se iba a varar por sangre”.

Nacido en Valparaíso, Antioquia, el 15 de febrero de 1895,  murió en la capital maicera el primero de noviembre de 1954. Tenía 59 años. Partió hace 65 años en el marco de una pobreza  casi franciscana. 

¿Dónde fueron a parar las regalías de sus  canciones que llevaron al disco cantantes de la talla de Agustín Magaldi, Pedro Vargas, Hugo del Carril, Valente y Cáceres, Briceño y Añez, Obdulio y  Julián, Margarita Cueto, Magaldi y Noda, el Dueto de Antaño,  Gómez y  Villegas, Peronet e Izurieta, Acosta y Villafañe, y Moriche y Utrera, entre otras figuras del repertorio antañón?

“Tartarín Moreira”.Foto wikipedia.org

Cronista de campanillas del periódico satírico  ”El Bateo”, el popular ”Tartarín” solía aportarle a su cotidiano situaciones de la vida real como esta, titulada ”Patriotismo” que rescataron los colegas Jaime Vásquez y Alonso Orozco, timoneles de la revista  “Mirador del Suroeste” :

“El otro día me pegó un bufido un sujeto porque no me quité el sombrero cuando tocaban el Himno Nacional. Nunca me lo he quitado. Ni me lo quito. Porque no me da la gana.

El Himno Nacional es una canción sumamente vieja y se la saben hasta los indios del Chamí. Una canción hasta triste ella que, como todas las canciones, me traen recuerdos tristes.

El primero de esos recuerdos, es el varejonazo que me pegó “Aranguito”, el maestro de mi pueblo, Valparaíso, el día que me destemplé al subir la segunda parte, y porque dije: el buen Fermín allá.

Lo recuerdo mucho.  Se trataba de hacer no sé qué clase de fiesta, y “Aranguito” me llevó, lo mismo que a otros compañeros, al solar de la casa, en donde había una docena de guayabos agrios y un nido de piñuelas que descubrió Néstor González.

– Vamos a ver.  Otra vez, repitan la estrofa.  Una, dos, tres. ¡Uf!…

No salimos con nada.  Un compañero casi se asfixia con una guayaba que se estaba mascando y que se quiso tragar en el momento del berrido.

Porque para encontrar tipos más destemplados que mis compañeros es necesario oír una de las orquestas que tocan en nuestras principales cantinas. Había voces que eran una puñalada; otras, vacilantes como agua que sale del calabazo, las más eran tan agudas que con las notas más altas se podía sacar una nigua.

Y la que nos hacía dúo era la hija de “Aranguito”, que tenía voz de ladrillo rodando. El compañero que me seguía me armó pereque:

-Hombre, no sea tan marrano que no se dice Fermín, sino Germín allá.

-¿Germín? Valiente cursiento tan bruto.

Y le pegué una patada.

Entonces el maestro que estaba voleando la batuta para emprender el atropello contra la segunda estrofa, se nos dejó venir:

-A ver ¿qué es la cosa?

-Éste que me está alegando que no se dice “el buen Fermín allá”.

Eso que oye “Aranguito y me larga un garrotazo en la cabeza, que me hizo parpadear siete minutos, y me emperré a llorar, chupando piñuela al mismo tiempo”.

La apostilla: Va por cuenta del  “Tartarín Moreira”, doquiera se encuentre: “En fin, no me entusiasma el tal Himno, y pueden dejarse venir patriotas y patrioteros.  He dicho que es una canción muy vieja y que en caso de guerra me haría romper el hígado más bien al son de la “La cucaracha” tocada con chirimía.  No me prende vértigos de sangre y de empuje, no solevanta mi ánimo a luchas marciales, no me inclina a ser un héroe.  Lo que me da es una angustia terrible con ganas de almorzar. Un desaliento pavoroso que me pone a comer empanadas donde primero las encuentre”.

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