Contraplano: El pequeño mundo de los seudónimos

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Por Orlando Cadavid Correa

A lo largo de nuestro trajinar por el periodismo hemos enriquecido esta colección de seudónimos que gustosamente compartimos con el público lector de algunos de los periodistas más consagrados, que se hicieron a un seudónimo, por necesidad, algunos, y otros, por gusto. 

Entre los más célebres se encuentran Gabriel García Márquez (Septimus), en sus primeras columnas de El Universal, de Cartagena; Eduardo Zalamea Borda (Ulises); Enrique Santos Montejo (Calibán); Eduardo Caballero Calderón (Swann); Lukas Caballero Calderón (Klim); Roberto García-Peña (Ayax); Roberto Posada  Peña (D’Artagnan); Roberto Cadavid Misas (Argos); Alfonso Castillo Gómez (AlKanotas); José Yepes (El Malevo); Juan Roca Lemus (Rubayata); José Mejía (Rúbrica de Jota); Elkin Mesa (Mike Sanel);  Rodrigo Ramírez (Gaspar); Rogelio Vieira Puerta (Rodil);  César Montoya Ocampo (El Diablo cojuelo); Antonio Panesso Robledo (Pangloss); Hugo Jaramillo (Harry);  Hernán Restrepo Duque (Alex Bonett); Gabriel Escobar (Sófocles);  Francisco Emilio Bedoya (Febo); Fernando Gómez Martínez (Avestruz);  Belisario Betancur (Bélico); Guillermo Zuluaga (Montecristo); Raúl Echeverry (Jorgito); Pompilio Ceballos (Tocayo Ceballos);  Jorge Ramírez y Lisardo Díaz (Los Tolimenses); Roberto Londoño Villegas (Luis Donoso); Edgar Gómez Ospina (Pertinaz); Pedro Nel Duque (Crispín); Libardo Parra Toro (Tartarín Moreira); Ramón Ospina Marulanda (El Insobornable o Rehiletes); Manuel Piquero Pérez (Picas); Luis Eduardo Gómez (Luisego); Augusto León Restrepo (Fray Rodin); Efraím Lezama Ramírez (El Doctor Rayo);  César Augusto López Arias (Cala); Yamid Amat (Juan Lumumba); Héctor Mora Pedraza (Espartaco); Carlos E. Cañola (Martinete); Álvaro Monroy Caicedo (Visor); Isaías González (Igor);  Hernando Santos (Hersán);  Crisanto Alonso Vargas (Vargasvil); Víctor, Mario y Augusto Saquicela (Los Chaparrines); Julio Arrastía Bricca (la Biblia del Ciclismo); Alfonso Morillo (El Pastuso);  Miguel Zapata Restrepo (Miguel Lenguas); Miguel Forero Nougués (Mike); Alfonso Galvis (Al-ga).

Para un habitual lector de prensa, nunca fue un secreto quién hacía uso de ellos.

Aunque se creería que el seudónimo siempre es equiparable al anonimato, el abogado argentino Juan Semon, en un estudio sui géneris sobre las implicaciones jurídicas del uso del seudónimo en Argentina, titulado El derecho al seudónimo, afirma que no. Para Semon, “el anónimo es la carencia de un nombre cualquiera. El seudónimo, en cambio, es siempre un nombre, aunque un nombre distinto del nombre civil” (Semon, 1946).

La relación con el seudónimo es tan intrincada y personal, que es difícil de teorizar. No se elige uno de la noche a la mañana. Existe una relación intelectual con él y no se puede concluir, a partir de él, la personalidad de quien lo usa. Parece, entonces, una aventura en la que se trata de mostrar una identidad que no corresponde a la realidad, y aun así, sin renunciar a lo escrito, a las palabras plasmadas en el papel para siempre, a la inmortalidad. 

La apostilla: Su origen, en su mayoría, proviene del mundo de la literatura y alude a personajes de las obras de Shakespeare, Marcel Proust, Alexandre Dumas, Voltaire y Virginia Wolf, como en el caso de Calibán, Swann, D’Artagnan, Pangloss y Septimus, respectivamente, o simplemente surgidos de un juego de palabras.

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