Cómo se hacen las salchichas de la democracia

Los votantes en Georgia han acudido a las urnas de votación anticipada en grandes cantidades y deben esperar horas para votarMichael Holahan/The Augusta Chronicle vía Associated Press
¿Cuánto es lo máximo que has tenido que esperar en una fila de votación?
Por Elda Cantú
Formarse en línea requiere paciencia, disciplina, voluntad y pocas veces lo hacemos con gusto. Los bancos, las aerolíneas y algunos restaurantes cobran extra por el privilegio de saltarse la fila, que solemos reservar a los menos privilegiados. En tiempos de pandemia es, además, una actividad de riesgo, así que ir a estar de pie con decenas o cientos de desconocidos requiere un poco más de motivación. Amanda Taub reflexiona sobre las elecciones estadounidenses y el impacto en la votación de las filas.
Si vives en un país democrático próspero, que no sea Estados Unidos, podrías pensar que se trata de una pregunta extraña. Es como si te preguntaran cuánto tiempo hiciste fila en la caja de un supermercado. Seguramente, en algún momento había mucha gente. Pero la espera nunca era lo suficientemente larga como para que fuese relevante, y mucho menos como para recordarlo cuando una mujer lo mencionó en un boletín por correo electrónico.
Los votantes hicieron fila para la votación anticipada el lunes por la mañana en el campus de Agnes Scott College en el condado de DeKalb, Georgia.Nicole Craine para The New York Times
En Estados Unidos eso es distinto. Para muchos votantes del país, sufragar es una tarea que requiere de una planificación cuidadosa, resistencia física, una inversión de tiempo y, a menudo, también dinero por los salarios perdidos. Y, como tantas otras cosas, esa carga es mucho más pesada para las comunidades negras. Un estudio de 2017 reveló que los votantes negros reportaron haber esperado el doble que los votantes blancos para emitir sus votos. Un ensayo de 2019 usó datos de teléfonos celulares para medir los tiempos de espera, y descubrió que los votantes de vecindarios completamente negros esperaban un 29 por ciento más para votar y tenían un 74 por ciento más de probabilidades de durar más de 30 minutos en las casillas electorales, en comparación con los votantes en vecindarios blancos.
El hecho de que esto sea tolerado, y durante tanto tiempo, transmite un inquietante mensaje de consuelo con la supresión de votantes. Creo que los estadounidenses se han acostumbrado a eso. Siento que yo también lo estoy, aunque tengo más experiencia que la mayoría de las personas sobre la gravedad de los problemas que pueden presentarse. Solía ser voluntaria como abogada de protección electoral, por lo que respondía llamadas de las líneas telefónicas de campaña y monitoreaba los lugares de votación para asegurarme de que los votantes no fuesen rechazados.
Uno de mis momentos de mayor orgullo como joven abogada fue cuando ayudé a que una mujer votara usando una citación por marihuana como prueba de residencia (¡Incluía su nombre, dirección y fecha de nacimiento! ¡Era un documento oficial!). Estaba tan preocupada por la supresión de votantes que me tomé un tiempo libre para ayudar a combatir el fenómeno, y aunque estaba específicamente capacitada para detectar estos problemas, no recuerdo haberme preguntado por qué mis esfuerzos eran necesarios.
No se trataba de que no pudiera imaginar un mundo en el que hubiesen muchas oportunidades para que todos votaran sin problemas, ni estrés. Simplemente nunca se me ocurrió pensar en eso.
Creo que ese es un elemento poco discutido de toda esa problemática. En una cultura política donde la aceptación de una baja participación de electores está tan arraigada, la votación es tratada como algo que, de todos modos, no es tan deseable.
Hace poco, la Fundación Knight publicó un informe sobre las personas que no votan en Estados Unidos, y me llamó la atención un hallazgo en particular: casi la mitad de ese sector de la población dijo que, en ningún momento de sus vidas, les habían pedido que votaran. No lo hicieron sus padres. Tampoco sus amigos. Ni sus maestros, las iglesias o sus lugares de trabajo. Ni siquiera alguien de una campaña política. Algo que también resulta impactante es que, entre quienes habían votado, las cifras solo eran un poco mejores: solo el 62 por ciento dijo que les habían pedido que votaran.
¡Nadie se los pidió! En un país que se enorgullece de ser un faro de la democracia y el excepcionalismo, aproximadamente el 40 por ciento del electorado ni siquiera se había topado con la sugerencia de que debería votar.
Es fácil ver cuán pequeña es la distancia entre aceptar que solo votan los ciudadanos motivados y con mayor mentalidad cívica, hasta imaginar que la supresión de votantes no es algo tan importante.
Después de todo, si votar es una tarea difícil, ¿quién puede asegurar que la baja participación responda a los restrictivos requisitos de identificación, las largas filas, los cierres de las mesas de votación y todas esas cosas que dificultan votar? O ¿tal vez las personas simplemente no están tan motivadas para votar en primer lugar?
Pero comparar Estados Unidos con otros países es un claro recordatorio de que votar se siente como una tarea difícil por las decisiones que Estados Unidos ha tomado.
En Australia, donde más del 90 por ciento de los electores registrados votaron en 2016, la votación es obligatoria y los ciudadanos que no se presenten pueden incurrir en pequeñas multas. Pero muchos lugares de votación también tienen atmósferas carnavalescas, con parrillas portátiles para asar “salchichas de la democracia” y puestos que venden golosinas. En los países escandinavos, donde la participación es de alrededor del 80 por ciento, el registro de votantes es automático y el gobierno se comunica con los ciudadanos para notificarles sobre los lugares de votación y recordarles que voten.
Estados Unidos también podría tener registro automático y salchichas de la democracia. No es como si hubiera algún tipo de tecnología patentada. Las largas filas son una opción.

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