Columna Desvertebrada: “ponciopilatearse” las manos

Imagen Universidad de Los Andes

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Parodiando al inglés famoso, nunca tantos en tan poco tiempo nos lavamos tanto las manos que ahora no podemos estrecharnos. Nacemos con los besos contados pero mientras reine la pandemia, los piquitos se los tendremos que dar a nuestro ego.

Para empezar, al insípido conavid-19 sugiero llamarlo “el tardío estornudo de Mao”. El nombre es largo y malo pero sugerir no es obligar dicen los gerentes.

Dios aprieta pero no ahorca. Nos deparó el virus pero nos regaló las manos  para mantenerlo a distancia. Basta lavarlas “al salir de casa, al entrar a la Iglesia, al comer y al dormir”.

Es hora de resucitar a Pilato en forma de jabón. De paso enriquecemos el idioma con la expresión ponciopilatearse las manos, el viejo truco  consistente en echarle la culpa al vecino de nuestras equivocaciones.

Al paso que vamos habrá que incorporar el Lavado de Manos I, II y III al pensum educativo.

Irónico: el bicho que nos deparó la casa por cárcel niveló por lo bajo a Bill Gates con el mendigo; al papa Francisco con el acólito que sueña con darle el codazo generacional.

Pa’ piores, el presidente Duque nos decretó el confinamiento a los inofensivos setentones. Que mis contemporáneos  no me esperen en el bar, perdón, en el supermercado para tomar tinto, hasta el 31 de mayo, no sabemos si hasta por la mañana o por la tarde.

Menos mal en la alocución en la que nos mandó a quedarnos en casa a lo Lleras Restrepo, Duque dejó un obeso menú de posibilidades para salir a estirar las piernas sin que nos metan a la guandoca.

El coronavirus produce pánico. Y eso que apenas vemos la punta del iceberg. Es como si los pájaros de la película de Hitchcock se hubieran entrado a las casas de todos los terrícolas.

Urge desarrollar un WAZE o una GPS que permita detectar portadores del virus para cambiar de acera, como cuando algún “amigo” se niega a vernos en la calle.

Con esto del virus la averiada paz sufrió contundente golpe abajo del cinturón. La jerarquía católica ordenó a su rebaño suspender el bello  ritual de darse la paz estrechando los cinco claveles del vecino. 

No es por dármelas, pero mi madre se anticipó a ese mandato. Cuando regresaba a casa, después de misa, les decía a sus hijas: “Mijas, me voy a lavar la paz”. Sospechaba que en esos contactos había coronavirus encerrado porque la gente suele ir a misa con las manos “untadas de noche”.

Si el violín es toda la orquesta, la ceremonia de darnos la paz vale por toda la misa.

Así como el incómodo visitante  llegó ”tan callando” puede evaporarse. Ya nos recordó lo frágiles que somos. Apenas un estornudo en el reloj de pared de la eternidad. ( Ah, y el último que salga que apague la luz).

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