Cerrar el paréntesis

Por Laila Abu Shihab Vergara *

¿Cómo imaginar un futuro si el presente es un caos?

Pensé en Colombia y me senté a hacer el ejercicio, pero el resultado no me dejó tranquila. Esta vez yo, que casi siempre sueño bonito e imagino el mejor escenario posible, que peco por optimista, terminé rendida ante una versión más bien sombría de lo que viene, más bien triste.

Y no es por culpa del coronavirus (aunque sus consecuencias son dramáticas, por supuesto, y sentiremos sus coletazos durante mucho tiempo). La pandemia solo ha sido una excusa muy conveniente para este gobierno que es un lapsus, como bien lo definió Ricardo Silva Romero, uno de mis columnistas favoritos. La pandemia le vino muy bien al presidente Iván Duque porque con ella justifica su inacción en lo demás, que ya eran asuntos muy graves y urgentes y que una vez él deje la Casa de Nariño solo serán más jodidos de solucionar por el abandono en que los tiene.

Habrá quién diga que en 2022 el panorama por fin se despeja porque ya existirá la vacuna y porque el presidente más nefasto de nuestra historia reciente se habrá ido. (Me cuesta escribir eso del “presidente más nefasto” porque estoy convencida de que fue Uribe en sus dos mandatos, pero luego recuerdo que Duque es Uribe, y sigo). No creo que sea tan fácil. Tardaremos años en tapar los boquetes que se están abriendo en silencio, mientras el presidente-presentador habla solo de “prevención y acción” y de covid-19.

Me preocupa especialmente un tema: el retroceso aterrador que hemos dado para reconciliarnos como país y para que el Estado construya paz con acciones concretas. Porque la corrupción (que se está dando un banquete exquisito mientras todos pensamos en tapabocas y cuarentena), la entrega de nuestra biodiversidad y riqueza medioambiental a grandes multinacionales mineras, o que el gobierno siga salvando a los bancos en lugar de darles a la educación, la salud, la cultura, la ciencia y la tecnología el presupuesto que merecen, todos esos son temas que no habían mejorado en los últimos años. En los que por igual se rajan todos los presidentes. Pero en la paz sí habíamos avanzado, con dificultad, pero por primera vez lo habíamos hecho.

En julio de 2016 viajé durante varias semanas por el departamento de Nariño, el norte de Antioquia y el sur de Córdoba para escribir los guiones de una serie documental que buscaba explicar mejor eso de la paz, que suena tan bonito pero resulta inasible, que uno no sabe bien cómo se come. El recorrido me llevó a municipios como Tumaco, Tarazá, Briceño, Ituango, El Bagre, Caucasia, Montelíbano, Puerto Libertador y San José de Uré, entre otros, y lo que más me impactó fue que a donde llegara, con quien hablara, cada vez que preguntaba qué era la paz me contestaban que no era la firma de un acuerdo en La Habana sino algo muy concreto que les aliviara la vida, que se las hiciera más fácil. Silenciar los fusiles era fundamental, lo primero, pero insistían en que la paz de verdad llegaría a sus territorios con la construcción de vías terciarias que les sirvieran para sacar los productos que cultivaban en ese momento. ¿Para qué dejar de ser raspachines y apostarle al aguacate, el cacao, el café, el arroz o el plátano si no tienen cómo llevar eso de su vereda al casco urbano del municipio, a solo 15 o 20 kilómetros de distancia?

Hace unos días, cuando me senté a escribir esto, me comuniqué con un líder social de Anorí (noreste de Antioquia), un joven muy pilo que conocí en ese viaje. Pues allá siguen sin conocer esa paz tan concreta, tan simple. Trataré de visitarlos de nuevo hacia 2025. El futuro es oscuro en lo inmediato pero a mediano plazo quiero recobrar el optimismo.

Construir la paz era por fin una política de Estado y con este presidente-presentador volvió a ser una política de gobierno. Echamos para atrás porque el uribismo nunca ha tenido voluntad real de cumplir el acuerdo que se firmó en 2016, que es tal vez lo más importante que le haya ocurrido a Colombia en décadas. Y ahora, gracias señor coronavirus, el gobierno puede darse el lujo de desfinanciarlo por completo sin que le exijan rendir cuentas al respecto, y puede seguir haciéndose el de la vista gorda con el asesinato de excombatientes de las Farc y con el aumento del despojo de tierras, por solo tomar dos ejemplos. Además, con la venia del uribismo se ha vuelto a incrustar en muchos colombianos la idea del enemigo como ese otro al que hay que aniquilar como sea, a la que por fin estábamos comenzando a darle vuelta.

Antes de que un virus incomprensible trastocara todo como lo conocíamos, el futuro de este país más bien irrelevante en el escenario global ya era incierto pero había cosas que daban esperanza, una luz al final de un largo túnel. Con Duque entramos en un paréntesis peligroso. Todo se desaceleró, no solo la economía, no solo el ritmo de la vida cotidiana en este 2020 por la pandemia. Se desaceleraron las buenas intenciones.

¿Colombia será un mejor país cuando Duque deje la Presidencia? No creo. ¿Una década después si nos ponemos serios? Eso espero. Lo más importante para poder tener un buen futuro es cerrar el paréntesis.

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