Brasil, otra vez, en un momento decisivo

Foto Ueslei Marcelino/Reuters

Por Vanessa Barbara

Barbara es colaboradora de la sección de Opinión y se enfoca en la política, la cultura y la vida cotidiana de Brasil.

SÃO PAULO, Brasil — Miles de partidarios radicales de un presidente derrotado marcharon hacia la sede del gobierno federal, convencidos de que se habían robado las elecciones. Mientras tanto, y en tiempo real, un país conmocionado era testigo de lo que sucedía por la televisión y las redes sociales. La turba irrumpió en el Congreso, el Supremo Tribunal y el palacio presidencial. Las autoridades tardaron varias horas en restablecer el orden y detuvieron a cientos de personas.

Con suerte, ese fue el último acto de los bolsonaristas, partidarios extremistas del expresidente Jair Bolsonaro, a quien una vez llamaron el Trump del trópico. Sin embargo, al igual que con el ataque del 6 de enero al Capitolio de Estados Unidos por parte de partidarios del expresidente Donald Trump, no está claro si este es el final de un movimiento político o solo el comienzo de más división y caos.

El nuevo presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, ya se enfrentaba al complejo reto de unir a un país dividido, incluso con un expresidente altisonante fuera del escenario y con muchos de sus partidarios ahora propensos a la violencia. Llevar ante la justicia a los responsables del atentado es un punto de partida crucial.

El 1 de enero, Lula tomó posesión de su tercer mandato como presidente de Brasil en una ceremonia de investidura en Brasilia, a la que Bolsonaro no asistió. Se suponía que iba a pasar la banda presidencial a Lula como símbolo de una transición pacífica del poder. En vez de eso, optó por pasar los últimos días de su presidencia y las primeras semanas del gobierno de Lula en Orlando, Florida, en una casa cerca de Disney World.

Ilustración por Sam Whitney/The New York Times; fotografías de Sergio Lima y Andressa Anholete/Getty Images

Sin embargo, en los días transcurridos desde su derrota electoral, muchos de los partidarios de Bolsonaro han acampado por todo el país, pensando que el expresidente prepararía un plan de última hora. “No sabemos la fecha, no sabemos qué pasará, no sabemos dónde, solo confiamos en nuestro presidente”, me dijo uno de los seguidores del presidente.

Al final no pasó nada, así que algunos miembros de la multitud tomaron justicia por mano propia.

En los últimos años, Bolsonaro ha afirmado en repetidas ocasiones que el sistema electoral puede ser manipulado. Cuando Bolsonaro dijo que solo había tres alternativas para su futuro —prisión, muerte o victoria— no mencionó una cuarta opción: ir a comer pollo frito a Estados Unidos, como fue fotografiado haciendo en diciembre. Al final, los elementos necesarios para una insurrección exitosa simplemente no estaban allí. El presidente derrotado no contaba ni con el apoyo institucional ni con el apoyo público que necesitaba para hacer que los militares se pusieran de su lado.

Para empezar, carecía de aliados. En cuanto se anunció la derrota electoral de Bolsonaro, algunos de sus aliados políticos felicitaronal nuevo presidente electo. Otros presidentes latinoamericanos hicieron lo mismo. Las felicitaciones de Joe Biden llegaron en la misma noche electoral y fueron anunciadas en los medios de comunicación brasileños como un importante respaldo a la transparencia del proceso electoral.

Lo más importante es que la derrota de Bolsonaro provocó entre sus votantes una protesta mucho más leve de lo que se temía, aunque no por ello dejó de ser disruptiva. Algunos de sus partidarios bloquearon carreteras e incendiaron vehículos para tratar de paralizar el país. Cientos más decidieron instalar tiendas de campaña frente a los cuarteles del ejército en distintas ciudades del país, pidiendo que los militares intervinieran. “S.O.S., fuerzas armadas”, gritaban, a menudo alternando consignas marciales con ave marías y el himno nacional.

Semanas más tarde, todas las carreteras se habían despejado. Quedaban algunos campamentos, entre ellos uno en el barrio de Santana de São Paulo, mi ciudad natal. En Navidad, pasé parte de la tarde hablando con una decena de partidarios de Bolsonaro acampados allí. Seguían creyendo que las elecciones habían sido manipuladas. La prueba más contundente de los bolsonaristas con los que hablé llegó en forma de pregunta: “Si todo mundo está aquí, ¿por qué ganó la minoría?”.

Insistieron en que Lula no sería juramentado. “Estamos seguros de que no lo hará”, dijo una mujer de casi 70 años. (Las personas con las que hablé rechazaron dar sus nombres por temor a su seguridad). Cuando pregunté qué era lo que podría ocurrir, la mujer insinuó dos posibilidades: llamaban a los militares para apoyar un golpe presidencial —tal como querían los bolsonaristas— o los “buenos ciudadanos” saldrían a las calles —también supuestamente bajo las instrucciones de Bolsonaro— para asegurarse de que se mantuviera en el poder.

El gobierno de Lula, una coalición amplia de fuerzas democráticas, llevará al país al comunismo, me dijeron los seguidores del expresidente. Por eso pidieron la intervención militar mientras interpretaban supuestos mensajes secretos que Bolsonaro les habría enviado en código Morse. (Sí, pasaron tiempo intentando descifrar el golpeteo de los dedos de Bolsonaro sobre un escritorio durante su última transmisión en vivo).

Lo cierto es que el capital político de Bolsonaro ha disminuido. Cuando abandonó el país, su vicepresidente, el general Hamilton Mourão, dijo a la nación: “La alternancia del poder en una democracia es saludable y debe ser preservada”. También se refirió sin rodeos a “dirigentes que debían tranquilizar y unir a la nación en torno a un proyecto de país”, pero que en cambio habían fomentado un clima de caos y colapso social. Auch. Parece que incluso las fuerzas armadas solo quieren una transición tranquila al poder para poder seguir siendo una clase privilegiada sin demasiadas responsabilidades.

Algunos de los antiguos aliados de Bolsonaro en el Congreso apoyan ahora a Lula, y el Índice de Popularidad Digital del expresidente, que rastrea una consultora, ha caído más de la mitad desde su punto más alto.

Sin embargo, los bolsonaristas más acérrimos no se van a ir en silencio. No fue sino hasta el lunes que quitaron sus tiendas de campaña en São Paulo, Río de Janeiro y otras ciudades. En Brasilia, las autoridades desmantelaron campamentos y hasta el momento han detenido al menos a 1200 personas. Los seguidores de Bolsonaro llevaban más de dos meses esperando que se produjera un milagro. Y, cuando no ocurrió, intentaron tomar medidas por la fuerza.

En respuesta, Lula firmó un decreto de emergencia que permite al gobierno federal intervenir y restablecer el orden en la capital. Estará en vigor hasta finales de mes. Un juez del Supremo Tribunal destituyó de su cargo de manera temporal al gobernador del distrito federal. Se ha iniciado una investigación para identificar a los alborotadores y a sus patrocinadores financieros. El lunes, al menos una integrante del Congreso pidió al gobierno que solicitara la extradición de Bolsonaro.

Las democracias necesitan el Estado de derecho para florecer. También necesitan un entendimiento común de que el poder debe transferirse de manera pacífica. Lula tiene mucho trabajo por delante para mantener unida a su nación. Un buen punto de partida será mantener la calma tras estos deplorables sucesos y seguir con firmeza los ritos de la justicia para que los culpables rindan cuentas.

Por su parte, Bolsonaro no apoyó a los alborotadores. Pero tampoco les pidió que se fueran a casa. Prefirió dejar que interpretaran su silencio como quisieran.

Vanessa Barbara es editora del sitio web literario A Hortaliça, autora de dos novelas y dos libros de no ficción en portugués y colaboradora de la sección de Opinión.

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