Arias: ecos de Surinam

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Por Humberto de la Calle, Bogotá

Escribo sin inquina. Si fuese solo lo humano, ese muchacho Andrés Felipe Arias ha sufrido en proporciones importantes. Me molesta que él y sus copartidarios hayan vendido la tesis de que es un prócer injustamente perseguido. Más allá de la dosimetría penal, me he leído la sentencia contra él y es indiscutible que cometió irregularidades. Que un reo proclame su inocencia, vaya y venga. Pero él, en vez de asumir su culpa, se arropó en la heroica bandera del Centro Democrático y adoptó el papel de Ricaurte en San Mateo. Tampoco, ala. Lo segundo, la huida. En medio de la diatriba contra la Corte Suprema, algo que se volvió costumbre, poner pies en polvorosa es en cualquier país una mala nota.

En cuanto al fallo de la Corte Constitucional que le da el derecho a impugnar, es un caso difícil. No me parece que la respuesta sea el insulto a opositores y defensores. Hay que reconocer que normas internacionales vinculantes exigían la vigencia de un recurso para que, en caso de condena penal, otra autoridad revisara la decisión. Pero también es cierto que la Corte Suprema procedió con fundamento en la normatividad vigente en ese momento. Aparte de las consecuencias que pueden derivarse frente a otros casos.

El origen del problema, en términos de sociología jurídica, radica en esa actitud de nuestra cátedra jurídica —con excepciones— de desestimar lo que nos venga de afuera. Por un lado, la Cancillería saca pecho y no hay tratado progresista que no firme incluso con cierta fanfarria. En cambio, el Legislador interno se desentiende y nuestros juristas le huyen a todo lo internacional, sobre todo si hay envueltos temas de derechos humanos.

Para el CD parece, pues, una tragedia griega. Tanta repugnancia por lo externo y son los vientos de un remoto y desconocido caso en Surinam los que le abren el anhelado recurso a Arias. Recordemos el difícil trasiego durante las conversaciones de La Habana para darle solidez al Acuerdo. El bloque de constitucionalidad lo pintaban como un ave exótica. Involucrar al Consejo de Seguridad, una maniobra de la “Unión Soviética”. Por algo Sergio Jaramillo estuvo en Moscú. Los Acuerdos Especiales del DIH, pura jerga mamerta. Depositar el Acuerdo en Suiza, atentado contra la soberanía.

Aceptamos que no se constitucionalizara el Acuerdo pero logramos una fórmula correcta: que sirviera como herramienta de interpretación en aquello que tocara con los derechos humanos. ¡Quién dijo miedo! Y no solo el CD. Respetados juristas dijeron que habíamos propiciado un ataque corsario a la Constitución. Y resulta que los corsarios eran los derechos humanos, ahora ensalzados por las voces más retrógradas del partido de gobierno. Dijeron que había dos Constituciones sin darse cuenta de que las normas de derechos humanos entran a nuestra normatividad sin tocar aro.

Muy bien, Andrés Felipe. Disfruta de tu doble incriminación. Pero no deja de ser una paradoja macabra que el remedio te llegue desde la playa de Surinam, vía la Corte Interamericana que tanto detestan tus amigos.

Coda. Llamativas las zalemas y el incienso a la Corte Constitucional, misma a la que el CD suele atacar con furia. En cambio, descalificación permanente a todo el que toque a un copartidario. ¿No será que lo que nos conviene es respetar las instituciones, así uno no esté de acuerdo?

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