Antipolítica “reloaded”

Antanas Mokus, la opinión pública y política huérfana. Foto El Espectador


Por Carlos Granés, Diario El Espectador, Bogotá

Fue un pionero sin saberlo ni proponérselo. No podía imaginarlo. Eran otros tiempos, sin smartphones, sin redes sociales; una época en la que lo único viral eran los asesinatos y las enfermedades, no las imágenes. Pero el caso fue que Antanas Mockus, al bajarse los pantalones por allá en el remoto 1993 como protesta ante un auditorio lleno de estudiantes que no lo dejaban hablar, colombianizó una forma de comunicación surgida en los 60, en la contracultura de aquellos años, que desde entonces no ha dejado de ganar adeptos. Mockus no era político en ese entonces, y tal vez ni se le había pasado por la cabeza serlo. Pero su performance, que debió haber pasado desapercibida para el gran público y quedarse como el privilegio exclusivo de los estudiantes de arte que ese día estaban en el auditorio León de Greiff, fue filmada y transmitida por los noticieros nacionales.

El resultado, lo sabemos, fue un gran escándalo que terminó por costarle a Mockus su cargo, la rectoría de la Universidad Nacional. Pero al mismo tiempo lo convirtió en figura pública y le abrió campo en una profesión que desde entonces no ha parado de demandar gestos espectaculares y candidatos dispuestos a bajarse los pantalones de forma real o simbólica ante cualquier audiencia: la política. Eran otros tiempos, insisto, y Mockus pasaba por ser una excentricidad. Se diferenciaba de los muchos otros antipolíticos de la época porque sus jugarretas, más que folclóricas, eran pedagógicas. No buscaban la complicidad chabacana, sino el cambio de actitud y de comportamientos. Lo suyo era casi conceptualismo, una forma de mezclar arte y política que invitaba, unas veces con éxito, otras no tanto, a la reflexión y a la rectificación de las conductas.

Pues bien, todo esto viene a cuento porque cada vez parece más claro que la antipolítica se ha colado en las instituciones hasta convertirse en un elemento más del paisaje cotidiano. No sólo en Latinoamérica. En Europa ya no es extraño ver pequeñas performances en los escaños de los parlamentos, ni personajes venidos de otros campos ocupando el lugar de los políticos tradicionales. El Movimiento Cinco Estrellas del italiano Beppe Grillo nació así: afuera los políticos, que los reemplace la gente de la calle. Y en España, los principales líderes están saliendo a fichar toreros, militares y gente del deporte para que lleven un voto esquivo y repartido a las filas de sus partidos. El político, mal valorado por la opinión pública, está siendo reemplazado por figuras que despiertan simpatías en algún segmento de la población; y la habitual conducta del político, prudente y sosa, está dando paso a golpes de efecto espectaculares que sacuden la opinión pública. Puede que estos nuevos actores se muestren más atildados que Mockus, pero con sus trinos y enunciados públicos generan tormentas que tienen efectos mucho más dañinos para la conversación pública. Uribe legitima las masacres “con criterio social”; Bolsonaro, la tortura; Trump, la xenofóbica separación de México. El maximalismo impide el debate, sólo incita reacciones igualmente viscerales y escandalosas.

Esta no deja de ser una forma de desvestirse. Tal vez estos políticos (o antipolíticos) también quieren mostrar el culo, pero sólo se les ven las garras.

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