América Latina y la década que viene

Biden-Trump y la década que viene. Foto The Hill

Por Enrique Santos Molano, Bogotá

La pandemia del coronavirus covid 19, etc., ha puesto en claro buena parte de la confusión política y económica originada en el mundo desde la crisis de las hipotecas y la caída de las bolsas en 2008, que se extendió a lo largo y a lo ancho de la década anterior, con la consecuencia de una pérdida incesante de empleos, que hoy alcanza magnitudes espantables, y que se la quieren achacar a la pandemia.

Puede ser la covid-19 tan culpable del desempleo y de la crisis social y económica como podrían serlo las tormentas solares o los agujeros negros; pero sí ha servido para dilucidarnos el origen real de la megacrisis que estamos viviendo.

En las presidenciales estadounidenses, el magnate candidato republicano, Donald Trump, advenedizo a quien demócratas y republicanos miraban con desprecio, sorprendió a todos al derrotar a sus rivales en las primarias y ganar la candidatura republicana. Se enfrentó a la demócrata Hillary Clinton. Estamos acostumbrados al ‘show’ de términos fuertes y descalificaciones mutuas en los debates presidenciales gringos; no obstante, en esa ocasión, Trump y la señora Clinton se agredieron con una violencia verbal inédita, mientras que la campaña demócrata se lanzó a fondo contra Trump. Hasta el presidente Obama metió baza y dijo que Trump “jamás podrá ser presidente de los Estados Unidos”. Según Obama, su exsecretaria de Estado era la persona predestinada para sucederlo.

La oposición en los Estados Unidos suele ser formal. Solo dos presidentes, F. D. Roosevelt y J. F. Kennedy, clasificados por la ultraderecha de “comunistas y cómplices de la Unión Soviética”, han sido maltratados verbal y físicamente por sus opositores. Roosevelt sufrió dos atentados no exitosos, y Kennedy otros dos, exitoso el último. 

Ambos habían soportado oposiciones feroces, que no dudaron en apelar al crimen. La hostilidad de los demócratas contra Trump no la emplearon contra los gobiernos republicanos de Reagan o de los Bush, padre e hijo. Esa hoguera de hostilidad, que ha creado en los Estados Unidos un clima espeso de guerra civil, se aviva con la cercanía de las elecciones. De sus llamas se han desprendido como chispas dos libros de publicación reciente. Las memorias de John Bolton, antiguo asesor de Trump, sobre su paso por la Casa Blanca. Un zurcido de resentimientos del exasesor, de quien dijo el mismo Trump, hace unos días: “Si Bolton fuera el presidente, ya iríamos en la quinta guerra mundial”. Y ‘Colaboración o extinción’, de Noam Chomsky, en el que el filósofo y lingüista señala a Trump de ser “el peor criminal de la historia”. Tal vez exagerada la apreciación, pero ese no es el punto. El punto es que la mitad de los estadounidenses piensa igual que Chomsky, o mejor, Chomsky piensa igual que la mitad de los estadounidenses. La otra mitad cree lo contrario. Ahí tenemos una gran nación más profundamente dividida de lo que estaba cuando el republicano antiesclavista Abraham Lincoln asumió el gobierno. No estoy comparando a Trump con Lincoln. Solo las situaciones.

Siendo libre en Estados Unidos la venta de armas, cuyos fabricantes la proclaman una de las libertades fundamentales del país (Asociación Nacional del Rifle), y armados hasta los dientes el noventa por ciento de los ciudadanos, no resulta difícil imaginar que en un ambiente combustible como el que se vive basta prender un fósforo para dar inicio a un incendio de alcance incalculable.

Cualquiera que gane las elecciones en noviembre, Trump o Biden, será por margen estrecho. La situación, parejas como están las fuerzas en contienda, no cambiará. Empeorará. ¿Por qué? ¿Por qué los demócratas han hecho de Trump no un adversario político, sino un enemigo a muerte?

En la respuesta a esos por qué está la clave del papel definitivo, para sí misma y para el mundo, que jugará América Latina en los próximos diez años, como lo examinaremos en la columna siguiente.

Enrique Santos Molano

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