Amargo despertar en NYC – Parte I

Las pesadillas de los migrantes colombianos antes de llegar a Nueva York. Foto Diario de NY

Por Elizabeth Mora-Mass 

Nueva York. Atrás quedaron los muertos, las violaciones, la persecución de bandas implacables que compraron a cientos de sus compañeros, caminantes procedentes de todos los puntos de la Tierra.

Nadie sabe a ciencia cierta dónde quedaron, ni qué pasó con ellos. Temen que estén en prostibulos, en trabajo esclavo cultivando psicotropicos, o muertos y despedazados para vender sus órganos en el mercado negro.

Ellos son los que coronaron y ahora buscan un trabajo para ahorrar unos dólares, ya que todas las mañanas despiertan pensando, si es el último  día que tienen una cama para descansar y una comida caliente segura.

También conocieron la bondad y la generosidad de modernos samaritanos, algunos que para ayudarlos pusieron en juego su propia vida.

Por lo pronto están en Nueva York, una ciudad hecha por y para los inmigrantes de todo el planeta. Esa es su gran esperanza: anhelan con todo su corazón que la Estatua de la Libertad, el símbolo de un futuro mejor, para muchas generaciones, sea el resplandor que guíe sus pasos para triunfar.

Porque hasta   ahora, lo único que han conseguido  es un amargo despertar, el cual comenzó apenas dejaron sus casas para venirse en busca del Sueño Americano.

Nariño, Cauca y Choco: Tierra de nadie 

Se adentraron  en selvas, ríos, carros tirados bueyes y caballos en busca de llegar al norte. “Cuando llegamos a Choco, yo sentí que ya no estaba en Colombia (…) No nos dejaron mirar a nadie a los ojos. Cada cuadra del pueblo pertenece a alguien”, cuenta Tatiana,* una caleña de 24 años, con nueve semestres de economía, quien es una de las 130,971 personas de origen colombiano que, entre octubre  2021 a septiembre de 2022 están  solicitando asilo político en USA, de acuerdo con el informe de la Patrulla Fronteriza (yo te envié el informe la semana pasada).

Tatiana no está sola en el enfoque de la situación. “Las comunidades negras e indígenas queremos vivir en paz(…) A nuestros niños los matan los militares, la policía, los  paramilitares, los narcotraficantes, las bandas criminales, quienes nos metieron en una guerra que no queremos y que no es nuestra”, afirmó frente al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Elizabeth Moreno  joven líder que habló sobre la situación actual de esa región. (Yo te envié la alocución en la ONU).

De acuerdo con Alba, “ la guerrilla te cobra vacuna donde estés. Yo vivía en Chile pero me tuve que venir por las amenazas. Me vine con mi esposo y mi niño. Estamos pidiendo el asilo político(…) nosotros venimos a trabajar. Yo soy graduada en hoteleria y turismo. En Chile tenia mi empresita”.

(Es la entrevista de tres minutes que sólo se le ve del cuello hacia abajo.)

El cruce del Darién 

“Para mi, lo más duro fue cruzar la frontera con Panamá por el Darién. No sólo por las arañas y las serpientes venenosas, sino porque si a los coyotes les avisaban que venía cualquier banda, había que esconderse hasta que se iban. Nos dimos cuenta que mataron a varias personas, sólo porque los vieron”, narra Angela, una pereirana de 26 años.

“Eso es un pantanero miedoso, lleno de mosquitos, zancudos y hasta frutas venenosas. Lucen lindas, pero te enfermas”, asegura Diana, 23 años,  abandonó sus estudios de medicina, ahora busca trabajo en un hospital. Ella y Angela viajaron juntas y ahora comparten el refugio con Susana, una zootenista pastusa, quien ya está trabajando en unas urgencias para perros y gatos.

“En total venían 18 mujeres jóvenes profesionales”, expresa Elizabeth Castañeda, una abogada con vínculos con la administración Petro.

(Yo envié el audio con los de la muerte del muchacho que se ahogó hace dos semanas).

Samaritanos modernos 

Angela dice que no entiende porqué se habla sólo de hispanos, si ella cruzó con cientos de personas procedentes de todo el mundo. “Yo me vine con gente de China, de Rusia, de Africa, de Rumania, de Armenia. Aquí sólo nombran a los hispanos, pero no es cierto”, cuenta Angela.

La joven también destaca cómo a pesar de haber tanta maldad, en el camino se encuentran samaritanos modernos.

“Cuando llegamos a la casa donde nos escondieron, una señora me rompió la ropa, me ensució el pelo y me puso un parche en un diente. “Que no te vean así porque terminas en un burdel en cualquier parte”, me decía, mientras me ensuciaba”, cuenta.

Y continúa diciendo: “Una muchacha de Medellín se desapareció. Nos dijeron que se la llevó una banda de trata”, expresa Angela, al borde de las lágrimas.

Para Cristiana, una joven guatemalteca, madre de dos niños, uno acaba de nacer en Nueva York, “mi samaritano se llama Roberto. Ese muchacho cargó mi niña desde Chiapas y nos cruzó el río Bravo a las dos”, dice Cristiana.

Y agrega: “Mi hijo se llama Roberto por él. Mi esposo le dice “tú eres mi hermano”, aunque no lo conoce”, cuenta Cristiana.

Colombianos en búsqueda de las oportunidades que no tuvieron en el país. Foto El Espectador

Roberto es arquitecto y la empresa donde trabajaba fue una de las 300 empresas que se cerraron en Medellín, en lo que va del año.

“Yo ya estoy trabajando en construcción. Llego molido, pero ya me metí a estudiar inglés. Mis amigos dicen que sin inglés no se hace nada en este país”, cuenta el hombre de 32 años.

Las extorsiones policiales de México 

Hay otros que opinan que en México, fue dónde comenzó la peor parte de la pesadilla por las extorsiones oficiales.

“En México nos trataron muy mal. A casi todos, los  mismos funcionarios de inmigración, nos quitaron la plata y los pasaportes. Todos tuvimos que pagar entre 500 y mil dólares para que nos dejaran seguir. No sé si a otra gente le pasó lo mismo”, cuenta María, una joven caleña, quien es administradora de empresas.

“Mi mamá—continúa diciendo—tuvo  que enviar 500 dólares para que me devolvieran el pasaporte. Yo estaba tan desesperada que cuando salí  de la oficina, me fui a Ciudad Juárez y me tiré al río. Gracias a Dios cruce sin problemas, porque ahí se han ahogado muchas personas”.

Y agrega: “Ahí mismo me agarraron los de la migra, me tomaron los datos para solicitar el asilo. Lo firmé. En otra oficina, Me entregaron dos manzanas y dos botellas de agua y me montaron al bus para Nueva York. Nos demoramos 40 horas. Los niños sufren mucho en ese viaje tan largo. Y aquí estoy viviendo en este refugio. Ya estoy trabajando y me quiero mudar . Pero no sé cómo hacer para recoger tres mil dólares para pagar un cupo en un apartamento con otras muchachas”.

Junto a María  está Martha. Es una joven de Tumaco, “un pueblo donde mandan los narcos y nos están matando todos los días”, afirma llena de rabia. “Por eso me vine con mis hijos”.

Las noches en la heladera

Elena se vino de vacaciones a México y cruzó la frontera. “Ahí mismo me detuvieron y me mandaron a la “heladera”. 

La heladera es un campo de campaña, donde hace un frío tremendo. Por eso la llamamos así.  Es horrible dormir ahí. No hay cobijas. Te tapas con bolsas de dormir. Lo peor es ir al baño de noche porque hay que salir a los baños y el frío te cala los huesos”, cuenta Elena.

(Continuará)

*Todas las personas hablaron con la condición de no ser identificadas.

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