Ajedrecerías: Rey de burlas

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Por Fray Augusto

Triste destino el del rey del ajedrez: Su majestad de peluche, su paso es monótono, como si estuviera de regreso de todo. Y de nada. Nadie como él encarna tan rotundamente la grandeza y la pequeñez. Es imponente Gulliver y anónimo liliputiense al mismo tiempo.

Es la pieza más importante y la más frágil. O inútil. Pero  tiene mucho de imprescindible. De ellos está lleno el cementerio, dicen que decía Napoleón quien jugaba al ajedrez en Santa Elena, la perdida isla que tuvo por cárcel durante cinco años (1815-1821).

Al principio del juego, el rey es como si no existiera. Corre, se esconde, se asila pusilánime en una esquina por la vía del enroque,  jugada introducida apenas en el siglo XVI. El monarca del tablero no da la batalla, escurre el bulto. Deja que la guerra la hagan los demás. Como en la realidad.

Consumado su divorcio de la reina por la vía de alguno de alguno de los dos enroques que tiene para escabullirse, el monarca se convierte en impasible voyerista de lo que sucede en el tablero. No manda, no ejerce como rey. 

Recuerda a los reyecitos inútiles de hoy que no tienen voz, ni voto. A cambio, lo tienen todo. Les pagan por ser inútiles y por haber nacido en el lugar indicado.

El rey del ajedrez practica todas las formas de locha. Que luche la tropa.

Si mucho, estos reyes de menor cuantía sirven para decorar sillas vacías, gastar calzones, presidir banquetes, graduaciones, recibir genuflexiones, regalos inútiles.

Solo tienen que aprender una cosa en la vida: ir dos pasos detrás de la reina, su dama. O disparar contra esos dinosaurios bebés que son los elefantes. (Hola, ex rey Juan Carlos de Borbón, ¿todo bien por allá en su retiro de cristal?).

Los reyes de ajedrez ven pasar la vida que transcurre a sus pies. Poca cosa.

El rey parece un peón venido a más. Lo salva que se puede mover en todas direcciones. Pero solo un escaque. Impotente, se asemeja a esos multimillonarios que son la comidilla de la revista Forbes: forrados en plata, jamás podrán fabricar minutos de 61 segundos.

La sal del cuento del ajedrez es que todos van “a” por el rey. Esa es su gracia. Empieza a existir con el enroque. Pero su vida útil de verdad arranca con el primer jaque. Es como si se desperezara, terminara la siesta. Olvida su condición de zángano.  A trabajar se dijo. A levantar para los garbanzos.

Reencarna sin haber muerto del todo. Empieza a darse ínfulas de “el rey soy yo”. No soporta que le oculten el sol, como Luis XIV.

Concluido el medio juego, inicia un transfuguismo a lo largo de las 64 casillas. Empieza a jugarse el pellejo. Extraño caso de travestismo laboral: un rey convertido en peón que suda la gota gorda.

Empieza la razón de su sinrazón de ser. (A lo mejor ignora que es mencionado en el Quijote: “… y así como se consiente que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos…”.  Capítulo 32 de la primera parte).

“Rey postrero” y “tenue rey”, dice de él Borges en sus famosos sonetos al ajedrez. O sea que no dice mucho “el último delicado” quien en una frase escribía una novela.

Y el gringo Reuben Fine, primer gran jugador de ajedrez y luego sospechoso sicólogo de la escuela freudiana, concluyó que el rey encarnaba la figura del padre, aunque debilitada.

Reyes hay tan racistas que lamentan el final de la partida porque saben que irán a parar al bolso, a cualquier cajón, confundidos con el resto de las piezas. Apenas soportan el olor a vida, a esfuerzo de la peonada. Pobrecitos: tan inútiles y, sin embargo, tan necesarios. En su pequeñez radica su grandeza.Foto (Fray Augusto)

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