Adopte un parque

Parque Explora, Medellín (Foto odg)

Por Oscar Domínguez Giraldo

El rey Midas era un pobre con plata: nada de lo que tocaba se  convertía en parque. Dime que parque usas, y te diré quién eres. Son biógrafos sin bolígrafo de los enamorados.  

Cuando Dios se queda escaso de  ideas se va a los parques a reencaucharse. «Apártate, no me ocultes el paisaje», le dijo una vez el sol (Luis XIV de luz) a un parque que se atravesó en sus rayos.  

Los parques son puntos ecológicos en las íes contaminadas de las  ciudades. Baños turcos en el estrés de cemento de las metrópolis.  

Tienen más historia que una mujer fatal. Si no existieran, como las féminas, habría que inventarlos.  

Ni los confesionarios saben tanto como estos Freud sin sofá. En los parques siempre es domingo. Allí jamás se oculta el sol como en esas caderas de talla 90.  

Como los niños, tienen el corazón más grande que un estadio: acogen por igual al malandro que al anacoreta antes de morder el suplicio del cilicio.  

En la inmensidad de los espacios infinitos y en el parque, todos  somos iguales. El parque nos nivela por lo alto. 

Lleve un parquecito en su corazón. O adóptelo. Procedimiento, tomado de la vida de mi cuñado Evelio Franco Ospina: tome un parque descuidado, siémbrele de todo, no olvide echarle agua en verano, ni crearle cañaditas en invierno para que circule los aguaceros acostados, arránquele las yerbas malas, saque tallados a los ladrones y a los violadores, y listo: “Habemus” parque.  

Las ciudades suspiran por los parques. Son el amor platónico de sus vidas.  

Pocas cosas tan tristes para un niño cuya bomba o cometa se libera del auto de detención que le dicta la pita en un parque.  

Es casi imposible ser infeliz completo en un parque. O feliz enteramente en un lugar distinto.  

Pensionados hay  que les tenemos escrituradas bancas de parque a nuestros glúteos.  

Los artistas callejeros saben de la riqueza espiritual de los  parques. Por eso celebran allí sus funciones por humor al arte.  

Más de un beso de parque se ha convertido en muchacho.  

Pulmones ecológicos, le bajan el estrés al ejecutivo que tenga la pobreza de tener muchos ceros a la derecha del primer dígito salarial. 

Los vendedores de algodón dulce deberían presentar un proyecto de  acuerdo al concejo local para que los ciudadanos vivan en estado de  parque permanente, durante y después de la pandemia. Por ley, la visita diaria – o mínimo, semanal- al parque, debería ser obligatoria so pena de cárcel.  

Los parques son amigos personales de los niños y de sus antípodas de carne y  tiempo, los abuelos.  

Dios inventó el mundo durante un fin de semana que se fue de parque.  

De los tacaños se puede decir hiperbólicamente que gasta más un fotógrafo de parque o de  agüita en escenografía.  

Los que duermen en un parque se ahorran ocho días de purgatorio  por centímetro cuadrado de sueño.  

Vistos desde la intimidad de la nube, los parques son los grafitis de la tierra. O de la ciudad.  

Sugerencia para un grafiti poco original: La vida es un parque: Calderón del sueño.  

Cuando ese rayo de luz venido por entre las tiendas de las estrellas aterrizó en un  parque, se dijo para si mísmo: «Mimismo, llegamos adonde había».  

Parque, tranquilidad te llamaría. Es en el único lugar donde a nadie le dicta mentir. Ni siquiera piadosamente.  

Entre semana, los parques se aburren como las bolas de billar  huérfanas de carambolas.  

Si el cielo no se parece a un parque, entonces que me lo den en plata  

Un hombre se durmió un día y tuvo el mejor de los sueños posible: soñó que era un parque. (Líneas sometidas a latonería y pintura). 

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Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo rcorrientes@revistacorrientes.com

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