A propósito de Aranjuez

Barrio Aranjuez, Medellín. Foto Facebook

Capitán Arroyave, salud.

Leyéndolo en la columna del terrible JULIOVIP, me dio por juntar algunos recuerdos sobre Aranjuez, el barrio que nos hermana por lo alto. Usted voló alto como piloto, yo me gano la vida volando bajo como aplastateclas. odg

Por Oscar Domínguez Giraldo

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Pescar y pecar de  noche

La noticia no puede ser mejor: en el barrio Aranjuez ya se puede pescar y pecar de noche. Los dos pobres verbos anduvieron de capa caída durante años. La expresión pescar de noche está tomado de las obras completas del maestro Darío Echandía; el otro, el infinitivo pecar, hace parte de las memorias de Giacomo Casanova, el célebre gallinazo y aventurero italiano.

El primero  tiene que ver con la seguridad democrática, para decirlo en la semántica uribista. El otro con la lúdica moderna, incluido el erotismo, que en alguna época estuvo prohibido.

Quienes ejercimos el arduo y creativo oficio de piernipeludos en jurisdicción de la calle 92 de los años cincuenta y principios de los sesenta, estamos que no conocemos a nadie, casi invitamos a almorzar. Aunque no en casa de mis tías, que le siguen guardando fidelidad al sector. No doy su dirección porque dan tan buena lata que la vieja casona de abuelos permanecería repleta de comensales.

Claro que a los miembros de la muchachocracia de entonces  nos parecieron poquitos los 10 mil habitantes de que habla una crónica aparecida en El Colombiano. En nuestra época éramos más los caballeros. Pero no peleemos por frías cifras. Más bien gritemos a lo Barba Jacob por la tranquilidad recuperada: alegría, alegría, alegría.

En Aranjuez,  muchos hicimos el tránsito de  niños a adultos. Fue en el viejo barrio donde nos bajamos los pantalones y nos enamoramos platónicamente de la vecina adolescente que nunca supo de nuestro desolado amor por ella. La esquina era nuestro obligado hábitat. La calle era el mejor cuarto de la casa. Ahora se ha recuperado la calle  como sitio de agitación de sueños.

Exrevendedores de los famosos panecillos de San Nicolás que tenían la farmacia Lídice como punto de encuentro, también han expresado su júbilo inmortal por el regreso de la calma a las atormentadas vías del barrio  donde empezamos el interminable viaje a Ítaca.

Entonces no se conocía coca ni morfina. Nadie andaba armado. De pronto lo más peligroso era la anárquica zurda del “Conejo” Darío Muñoz que imponía su ley como  varón de la cuadra. Donde el “Conejo” ponía la mano no volvían a crecer los dientes. Nos dábamos los (h)unos contra los otros por cualquier bobada.

Para alebrestar la imaginación, los juguetes eran hechizos, fabricados en cada. En Aranjuez ejercimos un primer oficio, el de mensajeros. Con el producido conseguíamos con qué ir el domingo a los teatros Berlín, Laika o Aranjuez a ver películas del oeste cuya repetición nos siguen negando los dueños de las cinematecas. No hay derecho.

No podía dejar pasar la ocasión de brindar por la recuperada buena salud del barrio que me persigue a todas partes, como si fuera la sombra del mediodía, el perrito de la Víctor o el duplicado de mi cédula..

“Viejo barrio, perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón”, digamos como en el tango que le puso música a una infancia que empieza a tener telarañas en su hoja de vida.

Mis amigos

En Aranjuez, mis amigos eran de apellidos Muñoz, Corrales, Bonilla, Arango, Ramírez, Restrepo. Todos chinches o muchachos malos. Malas compañías todos, según doña Geno. Lo mismo debían decir las demás mamás, mirándome a mí.

Fue un crecimiento difícil: no es fácil quebrar bombillos de la cuadra o tocar el timbre y salir corriendo para que le echaran la culpa al que venía detrás.

Tampoco fue fácil jugar fútbol lejos de la casa porque los partidos terminaban a pedrada ventiada. Con frecuencia terminaba uno descalabrado; y la mamá Geno creyendo que uno la estaba pasando fenómeno, como dicen los argentinos.

Para mí era una afrenta salir a la calle de pantalones corticos cuando ya mis contemporáneos se había bajado los pantalones. “Te van a picar los pollos”, me decían. Ni modo de chistar. Tampoco me hacía mucha gracia que nuestra Coco Chanel, doña Geno, con su máquina Singer, me arreglara los pantalones que se le iban quedando a Fernando, mi hermano mayor.

En los matinales del domingo en los teatros Laika y Aranjuez los aristocrátas de gallinero de pronto terminábamos la función con un cigarrillo en la nuca que lanzaban los aristócratas de luneta. (Más que los centavos que pagaba la bella vecina que nos abría las puertas del cine, me interesaba la paga en especie: la dama salía con una piyama que dejaba al descubierto parte de su pectoral  femenino. Yo no sabía qué hacer con tanta belleza para mí solito).

Habia momentos difíciles cuando uno se enamoraba de una vecina que no sabía de nuestra traga. Desolado, sin ganas de comer, “sin aliento y casi si vida”, yo le preguntaba de pronto a mi mamá: “Mamá, ¿yo soy muy feo que las muchachas no me miran? “Yo no creo, mijo”. Con ese dudoso aval sobre mi sexapil me le tuve que enfrentar después a la vida.

Veia en cine a pintosos como Tony Curtis, Errol Flynn, el monito Alan Ladd, John Wayne, Burt Lancaster,  y quería ser grande para parecerme a alguno de ellos y levantar hartas viejas.

Los días de fiesta patrios nos fajábamos como miembros de la banda de guerra de la José Eusebio Caro: ahí sí la sacábamos del estadio tocando como locos. Sobre todo cuando pasábamos, serios, por enfrente de nuestra casa, o por las casas de nuestras tragas. Doña Geno se había fajado todo el mes arreglándome la pinta que luciría con la banda.

Y sí, en esas y las otras, iba uno creciendo, “en el santo temor de Dios” y convencido de que estábamos llenos de pecados porque Adán y Eva la habían embarrado y había comido del árbol del mal, según decía el padre Barrientos quien nos regalaba el cine manga. Viendo sus películas descubríamos que el cine no es más que un chorro de luz que se vuelve gente cuando tropieza con un trapo blanco.

Bueno, pues saltando matones, hermanos y hermanas, fuimos creciendo. Y ya somos setentones. Creo que es un milagro que estemos vivos. Y seguimos  disfrutando del oficio de estar vivos hasta que san Juan agache todos los desea y nos convirtamos en eternidad.

Od

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