A pedir cacao

El presidente Iván Duque y el embajador Francisco Santos. Foto El País-Cali

Por: Patricia Lara Salive

Tanto le lagartearon a Trump que ahora —cuando el trumpismo fue derrotado y quienes mandan en Estados Unidos son Joe Biden y los demócratas— el presidente Duque y su embajador en Washington, Pacho Santos, no saben qué inventarse para mostrarse cercanos a Biden y compañía. Esto, a pesar de que tras bambalinas funcionarios de Duque y congresistas del Centro Democrático hicieron todo lo posible para que ganara Trump, un presidente que llenó de vergüenza la historia política de ese país.

De inmediato, apenas se supo que muy seguramente el nuevo presidente sería Biden, Duque corrió para ser el primero en felicitarlo por Twitter; publicaron fotografías suyas abrazado por Biden en alguna reunión del pasado; el embajador Santos anunció con bombos y platillos que estaba invitado a la posesión y que iba a asistir —cuando es sabido que, por protocolo, a la posesión de los presidentes de Estados Unidos invitan a todos los embajadores acreditados en Washington—, y Duque declaró que tiene “toda la ilusión de trabajar muy de la mano con el presidente Biden porque no solamente él es un amigo de Colombia”, sino que tienen “una agenda común en el frente energético, en la lucha contra el cambio climático, en la defensa de la democracia y en la lucha contra el terrorismo”.

Pero lo que no dicen Duque ni sus voceros es que es la hora en que Biden ni siquiera ha conversado por teléfono con nuestro presidente, como sí lo ha hecho con muchos otros mandatarios latinoamericanos. Ese detalle es especialmente significativo y muestra el estado de enfriamiento en que están las relaciones entre Estados Unidos y Colombia, uno de los mayores aliados de los norteamericanos en la región. Todo ello se debe a la imprudencia y torpeza con que este Gobierno y su partido, el Centro Democrático, han manejado las relaciones internacionales, caracterizadas porque, con respecto a América Latina, les han hecho el juego a las políticas del ala más extrema del trumpismo, olvidándose de las prioridades del país. Por ejemplo, nuestro embajador hubiera aprovechado las buenas relaciones que tenía en Estados Unidos para negociar a tiempo con las farmacéuticas las vacunas contra el coronavirus, de modo que en Colombia hace rato se hubiera empezado a vacunar, igual que se está haciendo en Costa Rica, Argentina, México, Chile y Brasil, como bien lo dijo en W Radio el exnegociador de paz Sergio Jaramillo. Pero no, Duque y sus funcionarios se dedicaron a promover al autoproclamado presidente Juan Guaidó y oponerse a una salida negociada para la crisis de Venezuela; a insistir en que Cuba extraditara a los negociadores del Eln y violara los protocolos que la isla firmó como país garante del proceso de paz con esa guerrilla, con el fin de darles argumentos a los trumpistas que querían incluir a Cuba en la lista de naciones que patrocinan el terrorismo. En fin, se la jugaron por arrodillarse ante Trump de una manera carente de toda dignidad, se olvidaron de defender los verdaderos intereses de Colombia —como la paz y la salud— y ahora no saben qué hacer para borrar su pasado.

Lo único que a estas alturas podría hacer Duque para mejorar las relaciones sería abandonar su terquedad, nombrar en Washington a un embajador cercano a los demócratas, impulsar la implementación de todo el Acuerdo de Paz apoyado por Biden y aceptar que los tiempos cambiaron y que ya es hora de que sus repetidas declaraciones sobre pertenecer al extremo centro se vuelvan verdad.

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