A gritos

Comunas de los pobres en Medellín. Foto shutterstock.com

Por Carlos Alberto Ospina M.

“Todos los días a las cinco de la mañana me levantada a gritos y me hacía bañar inmediatamente. Veintiséis años después entendí el porqué del maltrato de mi mamá”. Con un gesto ambiguo en el rostro encabezó el relato, Ofelia, una mujer en período de discreción que no se acostumbra a los padecimientos de distinta índole. 

Nació en un ramal del municipio de Peque, localizado en la subregión Occidente del departamento de Antioquia, en medio de disparos y desplazamientos forzados ocasionados por las guerrillas y los paramilitares que se adueñaron de las maravillas naturales, a la vez que robaron la ilusión a centenares de habitantes. En la niñez no alcanzó a percibir la gélida brisa de ‘la fábrica de agua’ o el Parque natural Paramillo ni siquiera suspiró de alegría debajo de la cascada de La Llorona en el corregimiento de Los Llanos y menos, se atrevió a brincar desde el Salto de la Escopeta en el río Cauca. Ella, tampoco experimentó la bondad del baño termal que hubiera aplacado el perdurable frío de las castigadoras duchas matinales.  

A la edad de siete años conoció la mamá, a su vez una joven que la parió cuando cumplió catorce abriles, la cual llegó para esparcir los perdigones de la frustración emocional. Ofelia, antes de la reaparición de la progenitora, vivía con su abuela paterna que influyó en la confianza corporal y sexual a base de chantaje. “Recuerde mija que de la cintura pa´arriba lo que quiera, del ombligo pa´bajo nada”. Hoy, a los cuarenta y tantos, aún no saborea la autonomía de su expresión sensual e ignora las zonas erógenas que inician en el talle y acaban donde ella quiera.

En la adolescencia envidiaba la suerte de algunas mujeres mayores que, embelesadas, escuchaban las historias del chico bonito de la vereda. “Él estaba para merecer a mi mamá, pero me encantaba”.  En aquel tiempo, la ligereza de lengua azotó con fuerza su destino inmediato, respondiendo a la enigmática pregunta del porqué.

En el entretanto de ese original pensamiento advirtió de qué manera el papá, a golpes, bajaba de la cama a su mamá y de forma brutal, la arrastraba por el suelo a fin de andar por casa encima del organismo simple de la amante de turno. Ambas padecieron el crujir del catre y el gemido de la junta ajena. 

“¡Báñese, usted es una cochina, fea!”, de mala gana, cada mañana la despertaba la señora cornuda que, pagaba con similar pasatiempo, el fugaz amorío de su cónyuge. La diferencia radica en que la escena final de la desventura puso en apuros a la desprevenida Ofelia, quien fue consideraba competencia directa de la mamá al momento de las infieles exploraciones con el galán del corregimiento.   

Esa condición abrió el espectro de una cultura indígena que consigue marido de un minuto a otro. En la actualidad los tres hijos de Ofelia, producto del desafecto, tienen 25, 23 y 21 años. Durante más de cinco lustros ha sido cabeza de hogar y luchadora incansable por salir adelante en medio de las dificultades propias del crudo abandono por parte de obligado esposo.  

“Usted nunca sirvió como nada ni como mujer”, escupió el individuo, justificando el robo de los enseres y los muebles que, ella, adquirió a punta de esfuerzo y numerosas privaciones. Este sujeto llegó a la humilde casa de Ofelia, ubicada en la ladera oriental de Medellín, aprovechando la presencia de una ingenua cuidadora de mascotas. Sin decir palabra, cual palomo ladrón, procedió a sustraer todo lo que encontró en el camino. Al presente, desea perder la memoria a modo de la Tragedia de Hamlet de William Shakespeare; no obstante, en ciertas partes del cuerpo siente el dolor del corazón.

“Mamá murió una semana antes”. A pesar de todos los obstáculos quiso perdonarla. “No entendía la razón por la cual me daba lecciones de vida que, nunca, practicó. Me decía: ‘Hija, tenga cuidado, se lo digo por su bien…’

La llamé como todas las mañanas. Por primera vez se despidió ‘en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén’. A continuación, en el celular encontré diez y nueve llamadas perdidas”. Igual número de hierbas que no estuvo a su lado. 

“Mi jefe dijo ‘cámbiese’. No hallaba el porqué de esa orden tajante”. La señora falleció de un infarto fulminante, comiéndose los secretos de cosas malintencionadas.

Ahora es cuando, Ofelia, duerme sin deuda y amanece con ella.

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