Por Darío Jaramillo Agudelo

.  Mark Twain.-Mark Twain es el autor de, por lo menos, dos indiscutibles obras maestras: Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn (en los últimos tiempos el poeta Mariano Peyrou hizo impecables traducciones de ambas novelas para la Editorial Sexto Piso). Pero lo demás que escribió es magnífico. Tenía imaginación, sentido crítico, sentido común, sentido del humor, sentido del sinsentido. Todo. Novelas, cuentos, ensayos, trabajos periodísticos. Creo que Mark Twain es el mejor escritor estadounidense de toda la historia. Después de él, siempre después, hay otros cuatro que usted los puede colocar, con justicia, en cualquier orden del segundo al quinto. Dickinson, Melville, Poe, Whitman. Pero primero está el inigualable Twain. Lo saben los editores y ahora proliferan las ediciones en libros, pequeños libros, con todo lo que escribió y con lo que se descubre que escribió. Twain nació en 1835 y vivió hasta 1910: anota la simpar Wikipedia que “Twain nació durante una de las visitas a la Tierra del cometa Halley y predijo que también «me iré con él»; murió al siguiente regreso a la Tierra del cometa, 74 años después”. Un bosquejo de familia (Sloper) de Mark Twain.- 
Borja Aguiló, el traductor de estos textos, señala en nota preliminar que el conjunto de anécdotas, crónicas e historias de la familia que aquí se presentan en forma de libro pertenecen a la esfera de lo privado y no fueron escritos para su publicación. En efecto, son notas y memorias de la infancia de sus hijas Susy y Clara y su teoría es que la educación de sus niñas, además de lo que puedan haber hecho él y su mujer, es producto, también, del ejemplo y la palabra de otras personas que estaban en esa casa, desde el mayordomo y el chofer hasta la niñera y la cocinera. En todo caso, con ese desenfado y ese propósito deliberado de no predicar ni imponer nada, este ensayo puede leerse como un manual para educar. En el prólogo dice Ramón Aguiló Obrador que “tal vez lo más emotivo de ese padre que mira hacia atrás escarbando en el asombro y el conocimiento de aquellos años, sea la respetuosa distancia que adopta el propio Twain en relación a sus hijas; su mirada nunca va de arriba abajo, ni se coloca por encima del hombro con evidente intención paternalista o adoctrinadora, ya que en ningún momento de la narración se ofrecen juicios de valor sobre ellas. Más bien ocurre algo radicalmente distinto: Twain no se conforma con querer comprender a sus hijas, sino que suele explicar los curiosos comportamientos de Susy y Clara, sus diabluras, sus emocionantes descubrimientos, sus memorables reflexiones y también sus inevitables lamentos, desde el punto de vista de ellas, desde sus propias palabras y forzando al lector a descuidar sus prejuicios y a dejarse llevar por el vendaval de vida que arrastra a estas criaturas. Así la vida de Clara y Susy florece por sí misma, sin porvenir alguno que la relativice o que la menosprecie”.

Hacia el final, Twain hace el elogio de su mujer como maestra y dice que sus hijas “tendrán todo el derecho a recordar a su madre con orgullo y de hablar de ella con afecto y reverencia mientras vivan, porque su educación bajo su tutela ha sido una obra maestra de sentido común, sólido juicio, amorosa apreciación y firme e imparcial justicia. Nunca han sabido lo que es rendir pleitesía, ni ser el animalito de nadie, de una boba caprichosa en sus enaguas que es todo azúcar en un momento y ácido nitroso en el siguiente, que da palizas por cosas sin importancia hoy que mañana dejará sin castigo, que requiere de obediencia puntualmente y que entretanto tolerará justo lo contrario. No, esta descripción, la cual se adapta más o menos a la gran mayoría de madres, no se ajusta a la suya de ninguna de las maneras. Su madre siempre ha confiado en ellas, siempre pudieron contar con ella y nunca tuvieron que dudar de ella. Cuando les prometía un castigo o un regalo, estaban tan seguras de que lo cumpliría como si lo hubiese dicho el mismo Ángel del Destino; sabían que todas sus promesas eran inquebrantables, pues nunca les dijo una mentira, ni las engañó siquiera con ningún tipo de estratagema. Las niñas también sabían que nunca castigaba por venganza, sino por amor, y que el gesto estrujaba el corazón de su madre y que era tarea amarga para ella”. ¿Ha muerto Shakespeare? (Sequitur) de Mark Twain.- La mayor parte de este volumen –traducido por Javier Eraso Ceballos– se va en el ensayo que da título al libro. Se refiere a la identidad real de Shakespeare. Se sabe que no se sabe nada de quién fue Shakespeare. El siempre atinado Bill Bryson hizo una biografía advirtiendo lo invisible que es el verdadero Shakespeare. Hay cuatro o cinco datos ciertos y el resto es una lista de ‘se-supone’ más otra de ‘puede-considerarse’. De modo que las biografías del tipo se parecen a lo que hizo Mark Twain en compañía de un célebre paleontólogo en una sala del Museo de Historia Natural: “así fue como procedimos el profesor Osborn y yo al construir el colosal esqueleto de brontosaurio que extiende sus cincuenta y siete pies de longitud y levanta sus dieciséis pies de altura en el Museo de Historia Natural, para espanto y admiración del mundo entero: el esqueleto más majestuoso del planeta. Teníamos nueve huesos y construimos lo demás con yeso París. Y se nos acabó el yeso, porque, de lo contrario, habríamos construido un brontosaurio tan grande como el Shakespeare de Stratford y nadie, salvo un experto, podría haber distinguido cuál era más grande y cuál tenía más yeso”. Las biografías del inmortal dramaturgo son nueve huesos originales y el resto un yeso hecho de ‘se-cree-que’.En todo caso, Twain entra en ese juego de las conjeturas y los ‘se-supone-que’. Y no cree que ese Shakespeare llamado Shakespeare sea el Shakespeare que escribió los dramas y comedias que lo hicieron inmortal: “Cuando Shakespeare murió, en 1616, las grandes obras literarias que se le atribuyen llevaban veinticuatro años siendo consideradas como obras maestras por el público de Londres. Su muerte, sin embargo, no fue un acontecimiento. No llamó la atención. No produjo emoción alguna. Todo indica que sus contemporáneos no cayeron en la cuenta de que había desaparecido un celebrado poeta. Quizá sí llegaron a saber de la muerte de un actor mediocre, pero no consideraban a ese actor como autor de sus obras. Tenemos motivos para suponerlo”.

Lo que cree Twain –y lo argumenta con toda su gracia y un poder de persuasión que sólo puede tener el individuo que inventó los personajes de Tom Sawyer– es que el autor de las obras de Shakespeare “no sólo tenía conocimientos exactos y extensos acerca de la legislación, sino que también le eran familiares los usos y costumbres de los miembros de la judicatura y de todos los oficios ligados a la ley”. Cita a un experto, el presidente del Tribunal Supremo inglés en 1850, un peso pesado del oficio legal, Lord Campbell, que dijo que “cuanto dice Shakespeare acerca de materias jurídicas no tiene tacha alguna”. Y cita a otro perito que hablaba de “la maravillosa intimidad que demuestra tener con los términos legales”. Y argumenta el propio Twain que “por lo menos una tercera parte de sus metáforas tienen raíz jurídica”.

Al final concluye que ha “llegado al íntimo convencimiento de que el autor de las obras de Shakespeare fue un hombre que lo sabía todo de la ley y de los juristas. También estoy convencido de que ese hombre no pudo haber sido el Shakespeare de Stratford, y de que… no lo fue”. Y parece inclinarse, todo lo indica, que los hechos conducen a que el autor de las obras de Shakespeare fue Francis Bacon.Reflexiones contra la religión (Umbral) de Mark Twain.- Entre el martes 19 de junio y el lunes siguiente, 25 de junio de 1906, Mark Twain dictó las cincuenta páginas que estaban inéditas a la fecha de su muerte. Son un botafuego contra la idea de Dios en las religiones oficiales, principalmente las cristianas, que comienza por cuestionar las nociones de bien y mal, de falta y castigo, en esos cultos y en libros sagrados como la Biblia: “a Adán se le prohíbe el fruto de cierto árbol, informándosele solemnemente que si desobedece morirá (…). Y bien, eso es precisamente lo que ocurrió. Se decretó que todos los descendientes de Adán, hasta el último día, pagarían por las transgresiones a esa ley (…). Durante miles y miles de años su descendencia, individuo por individuo, había sido presa de caza, acosada por mil calamidades en castigo por esa fechoría juvenil que, grandilocuentemente, se llama el pecado de Adán”.Sobre los abismos entre lo que se predica y lo que se aplica dictó Twain el viernes 22 de junio de 1906: “la cristiandad entera es un campamento de soldados. Durante la generación pasada los cristianos pobres rayaron el hambre para poder pagar impuestos que financiaran los gigantescos armamentos que los gobiernos cristianos acumularon, cada uno para protegerse del resto de la hermandad (…). El rey Leopoldo II de Bélgica –probablemente el monarca más intensamente cristiano, salvo Alejandro VI, que ha escapado al infierno hasta la fecha– robó un reino entero de África, y en catorce años de cristiano empeño logró reducir la población de treinta millones de habitantes a sólo quince mediante el asesinato, la mutilación, el exceso de trabajo, el robo, la rapiña, confiscando a la vez el propio trabajo de los indefensos nativos sin darles nada a cambio sino la salvación y un lugar en el cielo”.

El sábado 23 de junio, Twain examina la noción que él tiene de Dios: “no podemos concebirlo interesándose en los asuntos triviales de la microscópica especie humana ni gozando sus adulaciones dominicales”. En todo caso, para Twain, Dios es cruel: “nos deja atónitos la maldad globalizadora capaz de haber urdido pacientemente tan complejas torturas para las más humildes y lastimosas de las infinitas y variadas criaturas que poblarían la tierra. La araña fue diseñada de tal modo que no pudiera comer hierba sino atrapar moscas y demás insectos, inflingiéndoles una muerte lenta y atroz, ignorando que luego le tocaría a ella. La avispa fue planeada de modo que también ella rehuyera la hierba y en cambio apuñalara a la araña, sin conferirle una muerte rápida y piadosa sino dejándola meramente paralizada a medias, para meterla por la fuerza a su morada donde viviría y sufriría a lo largo de días mientras los bebés de la avispa le irían masticando cómodamente las patas. A su vez se proyectó un asesino de avispas, y así sucesivamente a través del entero elenco de criaturas vivientes de la tierra. No hay ni una que no haya sido diseñada y designada para infligir calamidades y muerte a alguna otra criatura, y sufrir a su vez la misma muerte a manos de alguna otra asesina”.

Este ensayo permaneció inédito hasta 1960, contraviniendo la nota que el propio Twain escribió al margen de uno de los capítulos: “para no ser visto por ojo humano antes de la edición de 2446 AD”. La traducción es de Mario Muchnick.
[Este número fue publicado originalmente en El País de Montevideo]. Diccionadario.–“Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido”. (Gustave Flaubert).

Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):Mango: canción que se toca con mangoneón. 
Agüera: abuela rubia mexicana.
Casémonos: capturé primates. Avisos y noticias. La Diligencia Libros.- Invitamos a los lectores lunáticos en Colombia a visitar la página web de nuestra distribuidora, en la que pueden comprar en línea nuestros libros. Hacemos envíos a todo el país. Recuerden que tenemos para ustedes las novedades del sello Pre-Textos América, en coedición con la editorial española Pre-Textos: el ensayo Sobre la fotografía de Walter Benjamin y la novela Cartas cruzadas de Darío Jaramillo Agudelo. 
 
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