Al instante

Yo, Benjamín Villegas

Por Oscar Domínguez Giraldo

Benjamín Villegas (portafolio.com)

Benjamín Villegas Jiménez, escritor frustrado, editor, diseñador, arquitecto, se ha convertido en un rey Midas pelirrubio, de ojos azules, que vuelve obra de arte en su acepción de libro, todo lo que estéticamente le llama la atención de Colombia.

Años después de que se iniciara en la aventura del libro “peyorativamente llamado decorativo (pero) del cual me siento orgulloso”, el Villegas empezó a jugar en las grandes ligas de otros apellidos encopetados que le han dado lustre a Macondo como García Márquez, Botero, Betancur, Pastrana, Gaviria, Harker, Montoya, Salmona. A todos les ha convertido sus sueños en libros.

Para no ir muy lejos, el pintor Fernando Botero, “el artista más conocido del mundo,” y uno en la larga lista de interlocutores obligados de este bogotano con raíces paternas en Manizales, estuvo en el lanzamiento de su obra “Botero esculturas”, la número 123 en el catálogo general, y uno de los siete ejemplares de estrato seis que editó Villegas en 1998 para celebrar las bodas de oro de su empresa a la que se dedicó después de andar en busca de sí mismo en diversas disciplinas y aventuras.

En realidad, su empresa (Villegas Editores) empezó a nacer en su cuna. Su padre fue impresor y editor de Semana, al lado de Alberto Lleras. Su abuelo le jaló al periodismo en los años treinta. Su madre era una gran lectora.

DE CIERTAS RAICES

Lo que se hereda, no se hurta. Se mejora. De su madre, una dama bogotana que murió cuando su segundo y último vástago tenía 20 años y todas las herramientas para mirar la vida a los ojos, Villegas sacó el sentido intelecual que lo acompaña. Ella le inoculó el virus de la sensibilidad por la música, la devoción por la buena literatura, una dosis personal de buen humor y la búsqueda de las más altas metas. Nada de volar bajo.

Por el Villegas le llovieron rectitud, sentido y espíritu de trabajo, disciplina espartana. ¿De dónde le viene a Villegas esa enfermedad incurable que padece llamada Colombia, a la cual ha hecho conocer en más de sesenta países donde su obra ha empezado a hablar inglés y francés? Pregúntenle al taita que vino del Nevado del Ruiz. Y como a nadie le cae mal una pequeña cuota de timidez y su antípoda el acelere, pues el padre antes de partir, le afrijoló estas cualidades. Benjamín tenía entonces 13 años y ya cometía poesía. Pero el diseño se le metía por los poros de su fértil imaginación.

Se emparentó con las musas a las tres años, cuando una tía-abuela, maestra, le enseñó a juntar vocales con consonantes. Sacando pecho, su padre se lo llevó al Gimnasio Moderno a don Agustín Nieto. El chino ya sabe leer a su edad, le dijo. El severo don Agustín lo felicitó por tener esa pequeña audacia de dos pies, pero le pidió que viniera después, para que estudiara en igualdad de condiciones con el resto de la muchachada. Así lo haría para convertirse en bachiller del Gimnasio (1965).

OFICIOS VARIOS

Con el bagaje heredado, sus lecturas, estudios, sueños e insomnios, el hombre que ha hecho más de mil piezas gráficas y recibido, entre otros, el premio al más hermoso libro del mundo, otorgado por la Unesco por “Colombia Campesina” (1991), se le enfrentó a la vida.

A los 14, el pequeño huérfano empezó a jugarle infidelidades a la poesía a través del rebusque para ayudarse en los estudios y no tenerle que pedir cinco centavos a la mamita para ir a matinal, matiné, vespertina o noche, según evolucionaba.

Fabricó rompecabezas con el nombre de El Aleph, alias tomado de un libro del divino Borges, cuya prosa lo subyugó a primera vista. Le metió más “guadua” al asunto con decoraciones de navidad, fundó periódicos, ayudó en otros. De esta forma, les caían los pesos. Fue entonces cuando empezó a definir una filosofía que redondearía después así: “Yo no estoy haciendo dinero sino obra”.

LA DOCTRINA VILLEGAS

Todo esto ocurría en la creativa etapa del bachillerato. ¿Qué había pasado? Como le tocó madurarse biche, por la ausencia de sus padres, empezó a desarrollar dos principios básicos que serían el norte en su vida: autosuficiencia e independencia en el trabajo. Nada de patrones. El mismo ha sido su propio patrón, tan severo, de pronto tan neurótico, que hasta él mismo se pasa memos cuando las cosas no le salen a la perfección, punto de partida para llegar a la excelencia.

Ya estaba de pantalón largo mental para ingresar a la universidad. Que sea en los Andes, la mejor. La familia quería lo óptimo para la prole. Arrancó con arquitectura. A partir del segundo semestre logró el mejor promedio. Aseguró beca para estudiar toda la carrera. Al final de los estudios, el Mono Villegas salía, además, con dos becas para el exterior. Y el diseño ahí.

El fumador de cubanísismo tabacos Cohiba se ha vuelto tan conocido que le hacen vale en cualquier parte de la aldea global. Si en el restaurante de Juan Marí Arzak, uno de los grandes del mundo gastronómico español hay que reservar con meses de anticipación, Villegas llama hoy y mañana está sentado a manteles.

Y como no le tiene miedo a internet todos sus libros están disponibles en la red en www.villegaseditores.com

Alguna vez descubrió que estaba demasiado serio y acortonado en su tránsito por la vida. Entonces se inventó “La calle”, un barrio-bazar de jipis que quedaba detrás del viejo Hilton, en cercanías del barrio La Perseverencia. Ese sabático entre la gente bella le abrió toda suerte de ventanas mentales.

Creativo es la palabra que mejor sintetiza al hombre que se ha especializado en volver realidades los sueños de impresor. Nada de dejarlos en simples ideas. Eso ya es bobada.

LA ALEGRIA DE LEER

– ¿Cómo se produce su primer contacto con los libros?

– Yo nací entre libros. Mi padre era impresor y editor de Semana de esa época. Fundó Semana junto con Alberto Lleras. Mi abuelo había sido periodista en los años treinta. Mi mamá era una gran lectora. Realmente, en mi casa siempre hubo libros.

– ¿Los leían ustedes o se los leían?

– Eso no lo tengo claro, pero yo siempre tuve libros para niños. No tengo recuerdos muy especiales de que me haya leído o no leído. Lo que sé es que siempre tuve libros a mi alrededor, siempre tuve una biblioteca a mi lado. Mi madre empezó a pasarme libros muy temprano para que los leyera. De hecho, me enseñaron a leer antes de tiempo. Una tía-abuela que era maestra me enseñó a leer a los tres años. He sido un lector y un amante de los libros. Yo diría que soy un escritor frustrado, en el sentido de que lo que más me gustaba de la literatura era escribirla. Lo hice de joven, de estudiante. Fui poeta a los 14 años. Pero, realmente, hablando de talentos, pienso que tenía más talento gráfico que talento literario, lo que fue suficiente razón para darme cuenta de que no era un gran escritor, pero que sí tenía unas habilidades un poco mayores en la estética y el diseño. Entonces fue el diseño el que ganó la partida. A través del diseño y la gráfica, y de una cierta habilidad para el dibujo que siempre tuve, fue como vine a estudiar arquitectura. Y la formación en diseño que me dio la arquitectura empecé a aplicarla en el desarrollo de publicaciones en relación con las comunicaciones, primero en general y con los libros luego, más como diseñador que como escritor.

– ¿No hay en usted un escritor en hibernación que puede aparecer más tarde?

– De pronto, aunque yo pienso que para ser uno un gran escritor necesita una gran cantidad de memoria. Desafortunadamente, es uno de mis defectos. Soy más un creativo.

ENTRE LA TIMIDEZ Y EL ACELERE

– ¿Qué tiene usted del Villegas y qué del Jiménez?

– Del Villegas reconozco una gran rectitud, un gran sentido y espíritu de trabajo, una gran disciplina, un gran amor por mi país y también algo de timidez y de acelere, si se quiere. Del Jiménez tengo definitivamente un sentido intelectual, tengo desarrollo de la sensibilidad por la música, por la buena literatura, el sentido del humor y la búsqueda de unas metas y unas aspiraciones elevadas en todo sentido.

– ¿En qué momento usted concluye que hasta aquí llegaron los padres y a partir de aquí empieza Benjamín Villegas Jiménez?

– Mi padre murió cuando yo tenía 13 años. Eso le responde parcialmente su pregunta. Nosotros éramos dos hermanos. Cuando murió mi padre mi hermano estudiaba en una universidad fuera del país. Siempre he sido una persona muy responsable, me correspondió ayudar y responder de alguna manera por los asuntos de la casa. Acompañé a mi mamá a los 42 años cuando quedó viuda. Ella no era una persona productiva, por consiguente, se modificó lo que podría ser el panorama económico de la familia. Yo diría que desde los 14 comencé a trabajar en una serie de inquietudes y pequeñas empresas personales que me inventaba. En fin, todo esto de alguna manera para no tenerle que pedir dinero a mi madre durante la época del colegio. Desde muy joven, precisamente por ausencia de mi padre, quedaron establecidos dos puntos importantes que han sido muy coherentes en toda mi vida: ser autosuficiente y ser independiente en el trabajo. Mi madre me acompañó hasta los 20 años, cuando también murió. Pienso yo que para ella ya era misión cumplida. Me dejó terminando la universidad, al otro lado. En la Universidad también hice un esfuerzo desde el punto de vista de responder por mis gastos y tuve desde el segundo semestre el mejor cómputo académico en la facultad de arquitectura, lo que me permitió tener una beca durante toda la carrera, y aparte de eso comencé a trabajar. A raíz de eso la aparición de mi nombre en el diseño en una revista que en su momento era la más hermosa que se publicaba en el país (Lámpara), me ayudó bastante. También logré tener una independencia económica que me dieron cierto crédito y cierto prestigio como diseñador y coordinador de publicaciones.

HACER LO QUE NOS DÉ LA GANA

(telecafé.com)

(telecafé.com)

– Me da la impresión de que sus padres se anticiparon a García Márquez cuando afirma que al niño para ser feliz se le debe permitir que haga lo que quiera…

– Exactamente. Tuve esa fortuna porque, además, era parte de la filosofía de mis padres y es exactamente lo que estoy aplicando con mis hijos. Yo pienso y les digo siempre que si uno hace lo que le da la gana en un campo en el cual tiene algún talento y lo hace con seriedad, con honestidad y con gran trabajo, puede salir adelante en ese campo, puede llegar si se quiere a ser el mejor .

– ¿En la intimidad no siente nostalgia de no haber ejercido su profesión de arquitecto o cree que la ha sublimado a través de su trabajo editorial?

– No puedo negar que haya eventualmente algo de nostalgia. Sin embargo, mi satisfacción profesional en el área de los libros es muy grande. De todas formas, le puedo comentar que no la he abandonado del todo y que precisamente en asocio de mi señora, que es una artista, una persona muy creativa y muy talentosa, y de un par de arquitectos amigos, desarrollamos un proyecto de una casa de campo para mí que la disfruté minuto a minuto durante todo el proceso, desde la dirección de sus planos.

ABRIENDO VENTANAS MENTALES

– ¿En qué momento toma usted la decisión de dejar de lado la arquitectura y dedicarse a la actividad editorial?

– El proceso no fue tan consciente ni tan claro. Yo diría que fue, como pasa todo en la vida, un poco coyuntural. Recién graduado en la facultad de arquitectura entré en un proceso de darme un año sabático, como efectivamente me lo dí –no fue uno sino dos-. También tenía la opción de irme a estudiar fuera del país, aprovechando un par de posibilidades de beca que tenía, porque por mi récord universitario había salido de la facultad con dos becas internacionales. Habría sido muy diferente la vida si me hubiera ido. Me quedé en Colombia, me metí en una aventura vivencial, interesante, con mi amigo Juan Escobar, con quien desarrollamos un proyecto muy especial en la ciudad que se llamó “La Calle”, la calle de los jipis. Estaba de novio de Clara Lucía, que es mi señora, y entonces tomé la decisión de casarme y de meterme de lleno en esta aventura de “La Calle” que fue, sobra anotarlo, maravillosa. Me abrió muchísimas ventanas mentales, me puso muy en mi generación porque había sido demasiado organizado, demasiado estudioso, demasiado académico y me aterrizó en la vida. Pero también me creó una serie de problemas de tipo económico y de compromisos que me forzaron a terminar esa aventura con un motón de deudas y problemas económicos y a echarle mano a lo que sabía, y realmente lo que sabía era de artes gráficas y comunicaciones. Entonces la vida que me había llevado a aprenderlas fue la que me llevó a continuar en ellas. Como soy fundamentalmente una persona creativa, constructora o desarrolladora de ideas, de llevarlas a feliz término, realicé una serie de trabajos gráficos, de publicaciones. También hice algunas incursiones en cine con un par de documentales, fundé una programadora de televisión, dirigí durante cuatro años unos programas periodísticos en la televisión y, paralelamente, desde el año de 1973, comencé por encargo inicialmente, a realizar una serie de libros, el primero de ellos de gran formato y alta calidad, pasta dura, imágenes en color, buen papel, etcétera. Lo hice para el presidente Pastrana Borrero sobre las relaciones entre Colombia y Venezuela en un libro que se llamó “Naciones hermanas”. Pasado este libro, como pasa siempre, la gente me buscó para hacer otros. Durante los años setenta, paralelamente a mis otras actividades, hice un libro al año. Inicié, por ejemplo, la colección de los libros de Seguros Bolívar y en los ochenta comencé a hacer dos y tres, hasta que apareció el presidente Belisario Betancur quien, como me dijo, me descubrió tarde, y me encargó 9 libros en su último año y medio de gobierno. Acepté el reto con mucha emoción, los desarrollé y esta actividad absorbió todo mi tiempo. En ese momento fue cuando realmente me encontré con el libro y encontré en esos libros –que los había hecho de una manera más esporádica pero de todas maneras siempre coherente en términos de ser libros sobre temas colombianos, de buena imagen del país, de alta calidad gráfica y editorial-, en ellos encontré una razón de vida.

– LA IMPORTANCIA DE LA CREATIVIDAD

Benjamín Villegas (literarte.com)

Benjamín Villegas
(literarte.com)

– Poniendo a funcionar el espejo retrovisor, ¿qué paralelo haría entre el Benjamín Villegas de hoy y el de sus inicios como editor?

– En esencia soy el mismo. Creo que sigo manteniendo la misma frescura creativa que tenía en ese entonces, el mismo desinterés material con que he trabajado toda mi vida, la misma tenacidad que he tenido desde chiquito para enfrentarme a las situaciones y sacarlas adelante. Pero ahora creo que soy mucho mejor. Yo pienso que a uno con los años es posible que se le deteriore el cuerpo, pero el espíritu y la mente se enriquecen.

– ¿Cuál es la receta para mantener fresca la creatividad?

– No tener prejuicios hacia nada, investigar, oír, estar abierto a lo que sucede. La gente muchas veces me pregunta que dónde están las ideas y yo les digo que las ideas están en el aire. De esta conversación con usted puede salir quién sabe qué ocurrencia interesante. Y, ante todo, no dejar las cosas en ideas, porque también he tenido ocasión de conocer mucha gente talentosa, en muchos aspectos mucho más talentosa de lo que pudiese ser yo, y se ha quedado en ideas y en sueños

– En esos viajes que lo han enriquecido, ¿qué libros lo han impresionado especialmente? ¿Encuentra que hay mucha diferencia en la calides de ellos y los producidos en Colombia?

– Yo le puedo decir que en la actualidad estoy en el mismo nivel, y en algos casos podría decir que supero los mejores libros de los mejores editores del mundo. Todos son mis amigos, todos me respetan y les es difícil entender que en un país como Colombia, lleno de problemas de todo orden, se haya venido sacando adelante una labor de esta naturaleza, consistencia y calidad. (Publicado originalmente en La Patria, de Manizales)

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on FacebookPrint this page