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Yihadismo y guerra contra el terror: simetría aterradora

Por Andrea Mejía* (razonpublica.com)

Guerrilleros de Isis en Irak

Los atentados de París radicalizaron el discurso de Occidente hasta hacerlo similar al del propio Estado Islámico. Por eso necesitamos con urgencia que la política vuelva a ganar el espacio y a que la realidad no sea reemplazada por simplificaciones.

Terror

“Terror justo” o “solo terror” (Just terror) es el titular del último número de Dabiq, la revista que sirve como principal medio de difusión internacional del autoproclamado califato yihadista que dirige Abou Bakr Al-Baghdadi.

De esta manera los portavoces del califato coinciden con los gobernantes de los países que se perfilan como socios de una coalición contra del “Estado” “Islámico” en este hecho básico: que el planeta está bajo el régimen del terror. La guerra tiene ahora una forma clara. El terror justo y el justo terror del contra-terror.

Volvemos a 2001.

De lo complejo a lo simple

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      Bombardeo de zona ocupada por ISIS en la ciudad siria de Kobane.
                                                                          Foto: Wikimedia Commons

Antes del 13 de noviembre, la guerra en Siria era lo que sigue siendo hoy: un enfrentamiento entre el Daesh (mal llamado Estado Islámico) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (en tensa y discutible coordinación con Rusia). Pero antes del 13 de noviembre la larga guerra en Siria era un conflicto complejo, con muchos actores en juego y un precario equilibrio de alianzas. Estaban en juego tantas oposiciones que era imposible separarlas en dos bloques:

Se trataba (se trata) de una guerra civil donde un régimen con serios problemas de legitimidad se enfrenta a una facción rebelde, a su vez heterogénea y fragmentada, que va desde el partisano laico hasta el salafista yihadista (aunque solo una pequeña parte del salafismo es yihadista).
Se trata también de una guerra intraconfesional, o abiertamente confesional, entre un sunismo nacionalista, como el de Arabia Saudita, y un salafismo yihadista (también de origen sunní) que aborrece el concepto de nación tanto como el de democracia, y cuyo agente más visible y poderoso en este momento (aunque no el único) es el Daesh.
O apoyas bombardeos y acciones que han perdido cualquier sentido de la responsabilidad política, o estás del lado de los locos que se inmolan en nombre de Allah
Todos hemos visto estos extraños autos de fe donde representantes de Daesh cortan cabezas de un tajo en paisajes desérticos. Hemos visto la imagen horrible de un hombre ardiendo en llamas dentro de una jaula. No circulan en cambio las imágenes de las 150 ejecuciones que según Amnistía Internacional -y solo en este año- han tenido lugar en Arabia Saudita, firme aliado de Estados Unidos y por tanto de Francia. Muchas de esas ejecuciones son decapitaciones públicas con sables idénticos a los de Daesh.

Por otro lado, y frente a estos dos actores enemigos (Daesh y Arabia Saudita), se levanta un islam chií estatizado como el de Irán, que por razones estratégicas apoya al régimen de Bashar al-Asad en Siria, y que hace tiempo se encuentra alineado con el chiismo insurgente de Hezbollah.
El islam chií está siendo perseguido en territorio Saudí. Y en gran parte de Siria y de Irak, si todavía hubiese aliento en medio de la devastación para prácticas religiosas comunitarias chiítas, estas serían casi un suicidio.

La guerra en Siria era también -y sigue siendo- escenario de una tensión entre el nacionalismo turco y sus propios “terroristas”, los kurdos.
Pero el 13 de noviembre todas esas distinciones quedaron atrás. El mundo está partido en dos. Amigos de un lado, enemigos del otro. Ahora hay una sola guerra. La guerra contra el terror, que es la imagen simétrica de la yihad.

Desaparece la política

La tierra entera es ahora dār ul-harb, el “dominio de la guerra”. Se hacer enteramente invisible el dār ul-Islām (los territorios que, como Irán, viven en relativa paz y estabilidad bajo regímenes islámicos).

Se hace invisible sobre todo un concepto que es fundamental en el vocabulario político del islam y cuya referencia es el espacio político por excelencia: el dār ul-‘ahd, el dominio de los tratados, de la negociación, de la convivencia entre los distintos. Este último es el espacio político concreto, el espacio donde una riqueza conceptual debe intentar seguir de cerca la riqueza de la realidad.

La lógica del terror es, por el contrario, una lógica abstracta, vacía, simple, sin referentes reales o con referentes muy pobres: imágenes que se quedan fijas y ejercen desde su vacuidad una fascinación hipnótica.

Cuando las diferencias se borran surge el más peligroso y menos fructífero de los espejismos: el de una identidad indiscutida. Ese espejismo produce gozo. Como si en el mundo solo existieran dos formas de vida. Dos bandos. O apoyas bombardeos y acciones que han perdido cualquier sentido de la responsabilidad política, o estás del lado de los locos que se inmolan en nombre de Allah. En Dabiq se habla de “los musulmanes” como si Daesh estuviera actuando en nombre de una comunidad con 1500 millones de creyentes.

De manera simétrica, se levanta en Occidente un “nosotros” solidario. Los tweets de los nacionalistas identitarios franceses piden a la prensa que deje de hacer distinciones inútiles. Quieren odiar al extranjero y gozar de ese odio sin diferenciación. Todos los refugiados, como dijo Marine le Pen, son “bacterias”. Punto.

Enemigos e identidad

No se trata solamente de conocer al “enemigo”. Se trata de dejar de creer que nos conocemos a nosotros mismos a través de una imagen. Es un falso conocimiento de sí, o un sí mismo muy pobre el que surge del desconocimiento absoluto del “otro”.

El enemigo solo puede ver en el otro ese rasgo que alimenta su propia identidad. Es el imperialista, el corrupto, el infiel, el fanático, el terrorista, el impuro que no comparte los lazos de sangre de la fraternidad patriótica. En los discursos identitarios no son los rasgos propios los que generan identidad, casi siempre es un “otro” reducido a un único rasgo el que devuelve la imagen hueca de un “sí mismo”.

De lo que se trata quizá es de no servir como espejo de una identidad incuestionada. Se trata de romper la espantosa simetría con la que de un lado y del otro se va construyendo simétricamente la identidad del terror. El “enemigo” hace lo que ve hacer al otro, y el otro hace exactamente lo que su “enemigo” espera y necesita que haga para confirmar su propia identidad.

Hay otro modo más doloroso de formación de identidad: el duelo colectivo. El 27 de noviembre tuvo lugar en París una ceremonia fúnebre para honrar la memoria de los muertos del 13 de noviembre. Pensé, mientras veía la ceremonia, en la famosa oración fúnebre de Pericles, en la potencia retórica del momento, en los símbolos desplegados, en la emoción genuina que despierta un duelo colectivo.

Lo mismo sucedió con todos los duelos colectivos que no vimos en Irak. Los lutos que hoy no vemos en Siria. Y es imposible pensar en la forma siniestra que pueden tomar los muertos que no tienen luto.

Los duelos colectivos son momentos de recogimiento que no se pueden quebrar con distinciones. Tan fuerte es la emoción y tan atada a algo real: la muerte de un cercano. La asimetría mediática, por la cual algunos duelos son tan visibles en nuestras pantallas y otros son inexistentes, no impide que en los duelos se construyan también, simétricamente, identidades fantasmales que se enfrentan. François Hollande, en la ceremonia en Les Invalides, usó incluso la palabra “mártires”, una expresión en el domino lexical del “enemigo”.

está en la base de muchas de las catástrofes políticas más ruinosas.

¿Qué sería hoy del mundo si George W. Bush hubiese hecho la distinción que podía haber hecho entre Al-Qaeda y las fantasmales “armas de destrucción masiva”
Es casi imposible escapar a la identidad espectral del duelo. Y es terrible constatar la continuidad que existe entre la unidad generada en el duelo común y la unidad que se requiere para que una nación, una república, un grupo armado, un pueblo desplazado vaya lleno de ira a la guerra, por más informe que esta guerra sea.

El espacio de la política

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El Presidente francés François Hollande, junto al Primer Ministro inglés David Cameron frente al memorial del Teatro Bataclan en París.
Foto: Number 10

Pero fuera del momento delicado del duelo, las distinciones sí pueden hacerse. No se trata de distinciones que se quedan en el pensamiento, en las conversaciones con amigos o en los artículos de prensa: son distinciones que cambian la historia. La ausencia de distinciones está en la base de muchas de las catástrofes políticas más ruinosas.

¿Qué sería hoy del mundo si George W. Bush hubiese hecho la distinción que podía haber hecho entre Al-Qaeda y las fantasmales “armas de destrucción masiva” bajo las que justificó la invasión a Irak? ¿Si en Versalles en 1918 se hubiese distinguido entre una paz negociada y un sometimiento absoluto que humillara al “vencido”? Hoy se imponen distinciones que, aunque parezcan evidentes, serán muy difíciles de mantener en las urnas europeas y norteamericanas.

La única esperanza que nos queda es creer que el mundo es y seguirá siendo dār ul-‘ahd, el espacio de la política. Y que ese es el espacio real que hay que intentar despejar detrás de los espectros polarizadores. La realidad nunca es simple. Simples son las imágenes simplificadas que nos hacemos de ella. La imagen del amigo, la imagen del enemigo. Pero la realidad no es una imagen.

No se trata de perderse en divagaciones que impidan tomar una postura clara y adquirir un compromiso, cuando este sea necesario. Pero cuando pensamos (si aún nos interesa pensar antes de provocar cambios irreversibles en el mundo) hacer diferencias es nuestro único poder. Y no es poco. Las diferencias, cuando pueden hacerse, fracturan, diluyen los espectros unitarios que un día llegan a convertirse en una fuente espantosa de poder real.

* Doctora en filosofía. Profesora en la Universidad de los Andes. andrea.mejia09@gmail.com

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