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Víctor Renán Barco fue eterno mientras duró

Por Oscar Domínguez Giraldo

Víctor Renán Barco López (q.e.p.d.) Foto elheraldo.co

Debía su longevidad a una estricta dieta parlamentaria que consistía en trabajar, trabajar y … rendir ponencias sobre reformas tributarias. Una complicación gástrica derivada de una caída y achaques que venían empujando, lo sacaron del mundo de los vivos el 19 de enero, hace siete años. Cuando dejó su curul, el Negro Víctor Renán Barco López tenía 81 eneros.

Nunca quiso tirar la toalla como congresista. Era el más veterano. Murió en su ley, viaticando. Habría podido vivir de su fortuna y de sus nostalgias en su anárquico cuarto de La Dorada donde sólo se veían libros y polvo por todas partes. Nada delataba en su habitación la presencia del eterno femenino. Le faltó ternura de mujer – no hijos- a su hoja debida.

¿El poder para qué? En el caso del bogoteño Víctor Renán, para manzanillar, hacerse reelegir y estar siempre acompañado de mujeres bellas. No las amaba: las coleccionaba. A gato viejo, ratón tierno.

Si natura fue tacaña con él a la hora de repartir encantos masculinos, lo indemnizó deparándole exquisitas féminas. En ellas encontró la musa inspiradora a la hora exprimirle el bolsillo a los colombianos en su condición de ponente de reformas tributarias habidas y por haber.

Eso sí, se jactaba de que los impuestos en los que tuvo velas, nunca tocaban el escuálido bolsillo de los de abajo.

En Aguadas, su terruño, recuerdan al Víctor Renán dandy que venía de Londres en plan de vacaciones.

Aprendió a sumar de la mano de su madre. Pulió sus matemáticas en el London School lo que le permitiría tutearse con los de arriba. “El blancaje”, para decirlo en su lenguaje. Los ministros de hacienda le hacían genuflexiones. Sabían que sin él no habría impuestos. Lo necesitaban como la rivera a la ola, como el corrupto a la casa por cárcel.

Su tránsito por Aguadas, La Dorada – su feudo político donde lo amaban y lo detestaban miti-miti -, Manizales, Londres y Bogotá, hizo que amigos y enemigos lo rotularan de manzanillo en provincia y estadista en la capital.

“El voquible manzanillo no me gusta”, le oí decir alguna vez al hombre de intensas y áridas lecturas en inglés y francés. Solía visitarlo en sus oficinas de la Comisión Tercera del Senado. Libros hasta por debajo de los ceniceros llenos de despojos de Lucky Strike. De pronto extraía un queso pornográfico del bolsillo del saco y lo compartía con este reportero. Y como sabía de mi condición de eterno estudiante de francés, arrancaba las hojas de Le Nouvel Observateur o de L’Express que le interesaban y me regalaba los restos. “Dominguez, léase a Jean Daniel”, me sugería.

Decir Víctor Renán y liberal es lo mismo. Se inició en los peladeros del MRL. Fue un lopista furibundo. Sería furioso uribista después.

Se dejó nombrar ministro de Justicia en tiempos del compañero jefe López Michelsen. Su tránsito por la nómina duró lo que dura un suspiro. No alcanzó a estrenarse los vestidos que se mandó confeccionar. El 16 de noviembre de 1976 lo tumbó su paisano Chucho Jiménez Gómez quien le encontró algún lapsus en su ejercicio profesional. Tumbado por Chucho, no se dejó enterrar políticamente y regresó a su condición de ponente de reformas tributarias.

Le pregunté una vez por qué no dejaba el mortal cigarrillo. Me respondió: “El cementerio está lleno de imprescindibles, decía Napoleón”. Su precaria salud lo sacó finalmente del aire. Los ponentes de reformas tributarias también mueren.

BARCO EN FRASES

Foto  telespectador.com

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Estas son algunas de las mejores frases sacadas de los múltiples diálogos que tuve con él:

– ¿Una virtud mía? Ser responsable. Cumplo con mi deber. Si a uno lo eligen es para que trabaje.

– Soy un parlamentario mestizo y tropical. Soy una especie de senador caribeño, en el sentido de raza, no tropical.

– Llegué al Congreso no de la mano de los auxilios parlamentarios sino desde los peladores del MRL. Llegué a la cámara (1964) cuando se luchaba con la garganta, con la pluma.

– Soy un Barco modesto, humilde, sin ambiciones.

– Yo me siento en mi salsa cuando estoy en La Dorada en medio de esa agitación propia de la idiosincrasia de las gentes de este puerto un poco estimuladas por el clima y la dieta alimenticia a base de pescao (fósforo y calcio).

– Nunca bebo. Me volví abstemio para tener tiempo de trabajar. El trago le hace perder a uno la tarde en que se toma los tragos y al otro día, la mañana por el guayabo. Son dos días que se van en paro.

– No me incomoda la gente en manera alguna. La gente me agrada. Y a diferencia de otros políticos, no me incomoda el sudor del trabajo.

– Me adjudican las ponencias de las reformas tributarias porque tal vez saben que soy de silla y carga, como suele decirse de ciertos animales para las tareas del campo.

– Yo no tengo compromisos con la clase capitalista de Colombia.

– Mis electores, desde hace mucho tiempo, no figuran como contribuyentes.

– No soy hombre de clubes, ni de cocteles, ni de reuniones sociales.

– Soy una persona no grata en los cenáculos de la burguesía colombiana.

– La gente gana menos de lo que uno se imagina. Los que ganan mucho son pocos, pero se notan demasiado en las calles de las grandes ciudades, porque van en autos particulares, grandes, con bocinas ruidosas, estrepitosas.

– Paso desaparcibido en todas partes. No he realizado en mi vida un solo acto de ostentación. Nada me envanece.

Y esto dijo cuando cumplió 80 años:

Les agradezco de la manera más sincera su enaltecedora presencia en este acto promovido por el doctor Vargas Lleras sin mi aquiescencia, pues he sido renuente a aceptar encomios por una labor discreta en el Congreso, a lo sumo consonante con el cumplimiento de mis deberes.

Me sorprende, entonces, que se originen tan diversos sentimientos de afecto, harto complejos para mi simplicidad. Soy un provinciano. Prosigo en mis hábitos. Oriundo de lo que fue una remota aldea, Aguadas, en el tercer decenio del siglo pasado, aislada. Solo se comunicaba con los centros más poblados por caminos de herradura. Se mantenían con la contribución de caminos, que era un trabajo personal, o jornales que el vecino pudiente costeaba.

La otra Colombia que se desarrolló con menos ímpetu si se la compara con áreas mejor dotadas de toda clase de recursos.

Antes de la Constitución del 91 a la cual le atribuyen, con razón, el origen de un derecho vivo y evolutivo, los senadores salíamos exclusivamente de esas pauperizadas regiones, unas más que otras, y luchamos con porfía para sacarlas del rezago, a veces contra el centralismo asfixiante, que también se daba a nivel departamental, tiempos medianamente superados.

Hoy tenemos circunscripción nacional, pero algunos, tal vez pocos, seguimos hincados en la provincia y dependemos por entero de esa opinión, también tornadiza, pero es la que hemos ganado en años arduos y algún día caeremos en el olvido porque lo merezcamos. Como dijo Borges: los eventos determinan la vida de uno.

Insisto tal como inicié: no ha debido tener esta ocurrencia, el presidente y los colegas que lo secundaron. Años atrás fui remiso. Las directivas se dieron cuenta de mi turbación y logré disuadirlas. Pero no es lo mismo tratándose de quien tiene el apellido Lleras y que en él resalta tanto.

Estoy abrumado y agradecido a la vez. Las palabras que he escuchado de quienes han forjado a Colombia, y continúan labrando su destino, serán lo que retendré en mi ya deleznable memoria, para solazarme cuando ya lejos de este Capitolio vea atardecer en la campiña de la que soy parte, que es una grey leal. Lo mismo que a tanta gente amiga que veo desde La Dorada (les quedaba más cerquita que a los demás).

Y a los deudos de mi modesta familia. Muchas gracias.

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