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VENEZUELA: Las víctimas del socialismo

Editorial Diario El Nacional, Caracas

La imagen repetida del éxodo venezolano. Foto DW

A los venezolanos que huyen de la miseria y el hambre que trajo consigo el socialismo militar bolivariano no solo los persigue la nostalgia de un país que llegó a ser ejemplo de oportunidades, sino que además el señor Maduro y su entorno se empeñan en borrarlos como seres humanos. “Es una mentira del imperialismo, nadie huye de Venezuela en este momento, el venezolano es fiel a su tierra”, afirma Maduro como si sus afirmaciones tuvieran, a estas alturas, una mínima credibilidad.

El mundo entero ve con asombro el “éxito” de este ensañamiento contra un pueblo que merece y merecerá siempre un destino mejor. Ya Fidel Castro y su hermano Raúl habían logrado despoblar la isla de Cuba empujando al exilio a quienes se oponían a su proyecto. Lo incubaron por etapas, valga decir, primero los que se mantuvieron indiferentes a las obligadas alabanzas hacia Fidel y su revolución, hacia el Che Guevara y su política de fusilamientos en masa sin fórmula de juicio, a la militarización de la vida ciudadana, al estrangulamiento de la prensa independiente y de la empresa privada.

Luego se aplicó el control de los vuelos al exterior y los viajes por mar cual fuese su destino. Como ello no producía los resultados inmediatos que pretendían, entonces aplicaron un torniquete a la emisión de pasaportes alegando, como en Venezuela, la escasez de recursos ocasionado por el bloqueo imperialista. Todo esto llevó de manera coordinada a obligar a quienes se negaban a aceptar las propuestas socialistas de vida a abandonar la isla por sus propios medios.

De esa manera cínica y trágica a la vez nació el exilio cubano a Florida, convirtiéndose al pasar de los años en una ruta inevitable que podía llevarte a una nueva vida o también a la muerte en alta mar. En esas aproximadamente noventa millas que separan a Cuba de la costa de Florida surgió un gran cementerio marino sin cruces y sin tumbas.

Pero a Fidel no le bastó con esa sangría cotidiana, quería más y lo más rápido posible. De forma que no tardó en empujar los acontecimientos hacia una salida en masa, una puerta franca en Mariel, donde concentró a todo aquel que quisiera alejarse de ese infierno que el propio Fidel había construido. De paso, el comandante mandó a abrir las cárceles para que salieran los presos por delitos comunes, las prostitutas clandestinas y sus chulos también clandestinos, los homosexuales perseguidos y señalados como contrarrevolucionarios. Pero no soltó a los presos políticos.

Aquí en Venezuela ha sido levemente distinto porque no somos una isla como Cuba y nuestras fronteras son amplias y asequibles. Los venezolanos también huyen del régimen socialista, pero con la diferencia de que se va gente trabajadora, pobre y honesta, técnicos y graduados universitarios, jóvenes en busca de un futuro.

Ayer las agencias de noticias recogían las declaraciones del enviado especial de las Naciones Unidas para la migración venezolana, Eduardo Stein, quien desde Cúcuta solicitó a los “países donantes” que ayudaran con urgencia a Colombia “para poder atender esta avalancha de personas que huyen de la crisis en Venezuela”. Una avalancha que el señor Maduro se niega a ver, quiere borrarla, hacerla desaparecer.

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