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VENEZUELA: Las tetas de la crisis

Editorial, Diario El Nacional, Caracas

Las estanterías vacías. La desesperanza. Foto lapatilla.com

Mucho revuelo causó la propuesta de Ricardo Hausmann para que la Asamblea Nacional designe un gobierno en el exilio con la misión de tramitar, ante la comunidad internacional, una intervención por razones humanitarias –proposición que respetamos, mas no suscribimos– que podría concitar chauvinista apoyo a un régimen al que le crecen las tetas en exceso y a destiempo. Veamos.

Debido quizá a su forma o a su función nutricional, la gente llama “tetica” a la última modalidad de empaque que el estraperlo ha instrumentado para comercializar los productos de mayor demanda entre la gente que, el vulgo, dice, está pelando, ladrando o mamando. Tal vez el último gerundio sea el que mejor cuadra a estos diminutos paquetes peso mosca (50 y 100 gramos a lo sumo), cuyos contenidos se miden en ñingas, pizcas y cucharadas.

Café, leche y azúcar son los rubros más solicitados y quienes los bachaquean no tienen empacho en admitir que reciben con regularidad unos cuantos bozales de arepa que, a precios de remate subsidiado, les suministran sus cómplices de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción –¿qué demonios será lo que producen?– bajo la denominación, onomatopeya del aplauso, ¡clap, clap, clap!, que el gobierno espera le tributen los recipiendarios de su caridad.

Hasta 15.000 y 20.000 simones (15 y 20 millones de los anteriores a su conversión en bolívares fuertes) piden por esas miniaturas tetiformes y la gente no tiene más opción que pagarlos, añorando aromas y sabores que han desaparecido de sus despensas y cocinas.

La revolución bonita ha propiciado un cambio de escala en la economía doméstica, a tono con la disminución de peso y talla derivada de la deficitaria dieta patriótica, que pone en riesgo la integridad física e intelectual de numerosos infantes pertenecientes al pueblo que los rojos pretenden representar –hay estadísticas y relatos escalofriantes al respecto–. Ya no se adquieren los alimentos por kilos o por litros, sino al ojo por ciento. El aceite se oferta en gotas, a precio de perfumes exclusivos, y los granos se cuentan por unidades, no se pesan.

Para más inri, comenzaron a escasear las bolsas y el consumidor debe presentarse en los expendios provisto de un por si acaso porque, de lo contrario, no tiene cómo llevar a casa lo poco que consigue.

Lo hasta aquí descrito es apenas una instantánea tomada al vuelo de una situación que, sin control ni posibilidades de ser contenida en lo inmediato, evoluciona para peor a ritmo vertiginoso, espoleada por la convergencia de la inflación, la especulación y el estancamiento.

Las pocas cifras oficiales son alarmantes. El desempleo afecta a medio país y supera a las peores tasas de nuestra historia reciente. No exagera, por tanto, quien vaticine un estallido social de incalculables consecuencias. Y no deben irritarse quienes son emplazados a tomar conciencia de la dimensión apocalíptica de la crisis, en medio de la cual el diálogo parece un chiste. Tampoco los partidarios de una intervención si les argumentan que el gobierno se cae de Maduro y no procede la solución Hausmann.

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