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Una cobra en el jardín

Por Oscar Domínguez Giraldo

Foto del archivo ODG

El día transcurre sin prisa en la embajada de Colombia en Delhi, la capital de la India milenaria, donde el embajador David Sánchez Juliao sueña con carimañolas, arroz con coco, sancocho costeño “trifásico” o con una exquisita butifarra de Soledad, Atlántico.

El escritor piensa en los cheques que le habrán consignado últimamente sus editores por libros, casetes vendidos y cedés; por concepto de telenovelas exportadas, o por columnas para diarios colombianos.

Para matar el tiempo que en la diplomacia anda treinta segundos más despacio por minuto, el fabulista de Lorica recuerda incrédulo la vez que desde una oficina de la cancillería en Bogotá llamaron a un antecesor suyo en India a preguntarle si desde ese país se podían importar gallos de pelea que fueran capaces de enojarse contra “colegas” bípedos colombianos.

La respuesta fue negativa porque en la India sí se les respetan sus derechos humanos a los animales.

El asunto es tan delicado que para matar un zancudo, por ejemplo, es necesario esperar a que éste se indigeste con la sangre que ha tomado en préstamo de algún banco de sangre personal. O llevarlo hasta la frontera con Pakistán para matarlo allí de un sonoro aplauso en las costillas.

En su soledad diplomática huérfana de caribes ruidosos y de almidonados o lanudos cachacos, Sánchez Juliao tiene fresca en su memoria de literato la primera conversación que tuvo con un gurú que se presentó en la embajada.

Desde sus ojos hechos para el asombro cotidiano, “El Pachanga” Sánchez Juliao asumió que estaba frente a un santón indio, seguidor de Paramahansa Yogananda, el gurú que trasplantó el yoga a la cultura occidental.

El asombro de Sánchez Juliao creció cuando escuchó que su interlocutor le decía: “Ajá, a mí me puedes llamar Zuleta-nanda, cuadro”.

Descubrió así que hablaba con un paisano suyo que había emigrado a la India en busca de los vientos alisios del espíritu y que ahora se sentaba en la incómoda posición de la flor de loto con la misma facilidad con la que en Colombia se fabrica un chanchullo.

El de Lorica comprobó en carne propia la definición de embajador en la India que dio un antecesor suyo, Antonio Izquierdo Dávila: embajador es el tipo con el mejor trago del mundo en su repleto bar pero que no tiene con quién bebérselo…

En esas y otras elucubraciones en la tierra donde se inventó el ajedrez, suena el teléfono que en ese país habla el mismo idioma que en Colombia: el cacofónico rrriiinnnggg.
Una vez al habla, el diplomático descubre que quien lo arrebata de sus sueños sin IVA es su vecino el señor Embajador de Mauricio, quien le notifica en inglés: “Embajador, hay una cobra en su jardín”.

Hombre de decisiones rápidas pese a su bigote libidinoso, clonado del de su doble el notorio exnotario Óscar Alarcón, el pragmático funcionario celebra que no sea un elefante lo que “pasta” en su jardín, y a continuación piensa en una solución por la vía rápida para acabar con el ofidio: un machetazo certero y vamonós, como dijo el Libertador camino del olvido.
De tanto encontrarse en los cocteles y de evitarse en la calle, los embajadores terminan por leerse el pensamiento vía telepática. Por eso, Sánchez Juliao no se sorprendió cuando su vecino le recordó por el teléfono que la no violencia que tanto proclamó el Mahtma Gandhi se extiende a los animales.

En otras centésimas de segundo, Sánchez Juliao pensó en llamar a Noemí, la Bella, a la sazón ministra de asuntos exteriores, para solicitarle instrucciones y de paso implorar que le enviaran su dosis personal de carimañolas, butifarras, algunas libras de carne para evadir la férrea dieta india que la restringe, y cambio de embajada por una con menos “culebras”, claro.

El señor Embajador de la Isla Mauricio vuelve a interrumpirlo para hacerle a su colega una sugerencia “de veras iluminante”: en vez del uso de la fuerza bruta, la solución es buscar un encantador de serpientes que capture al ofidio legendario que “pasta” en su jardín.

Y cuelga el teléfono, dejando al autor de “Pero sigo siendo el rey”, en la soledad de la cobra en compañía. Felizmente, el creador del Pachanga reaccionó bien: Por orden suya, un subalterno indio buscó un encantador de serpientes en las páginas amarillas del directorio telefónico.

El encantador contratado vino en cuestión de segundos, y empezó a tocar la flauta, al ritmo de la cual logró que la enhiesta cobra pasara del jardín al cajón. Era la primera vez que Sánchez pagaba una cuenta en cobra, porque el encantador no exigió dinero adicional. Una cobra es suficiente paga.

Los amigos de Sánchez Juliao se preguntan si la solución dada al episodio de la cobra en el jardín de la embajada, sin instrucciones de la cancillera Noemí, la llevó a nombrarle como sucesora a una bella manizaleña, de la que el diplomático resultó perdidamente enamorado aunque “todos nos llega tarde, hasta Carmencita Jaramillo”, según dijo.

Sánchez Juliao, se casaría por cuarta vez… pero con una francesa, siguiendo instrucciones de un editor español que le aconsejó: “Cher Nonsieur: cada vez que edites un libro, cásate de nuevo. Así aumentarás el tiraje! Voilá!”. (Esta nota ha sido ampliada).


El día que enterramos a Sánchez Juliao

 

No parecía un entierro. La velada tenía más cara de picnic, coctel, matrimonio del mejor enemigo o del peor amigo. La carcajada ruidosa, casi descarada, era el denominador común. De pronto alguna lágrima, un vestido negro, como para no perder la costumbre.

La pasamos tan bien que daban ganas de desearle felices pascuas al vecino. O aprovechar para augurarle desde ya “un próspero y venturoso año de 2012”. Provocaba ser el muerto para salir de “eso” de una vez. Pero no, el que se había vuelto eternidad era el escritor David Sánchez Juliao quien alguna vez se confesó mitad costeño (de Lorica Saudita) y mitad antioqueño, como que estudió en el Colegio San José de Medellín, donde se educaba el blancaje paisa.  En su agenda no figuraba desocupar el amarradero. Estaba feliz vivo. Lo disfrutaba en grande. La vida se le salía en cada metáfora. En la hipérbole que ya pasó, o en la ficción que venía en camino.

Con su doble Oscar Alarcón tenia cita para aburrirse en el lanzamiento de un libro de Plinio Apuleyo Mendoza. Estaba citado con Humberto Moreno para hablar de futuros CD de esa literatura que entra por los oídos, y que él llevó a la canasta familiar con su voz de locutor de la BBC de Londres.  

La periodista Patricia Lara había programado almuerzo con él. El gigantesco cronista barranquillero Ernesto McAusland tenía proyectada reunión para redondear el borrador de un programa de televisión en que se les iba a salir el caribe. Pero el hombre propone y el corazón dispone.

Todos resultamos amigos íntimos del Pachanga. Claro, ya no puede desmentirnos. Unos y otros nos atropellamos para contar lo último que nos había pasado con él. El “Negro” Jaime Viana contó que hacía poco le había puesto un correo. En él le decía que estaban reclutando negros para una orquesta en Nueva York. “¿Y tú qué instrumento tocas?”, le preguntaba.

Este aplastateclas repitió  por enésima vez la anécdota  de la cobra que se instaló en el jardín de su embajada en Nueva Delhi. Siguiendo las instrucciones de un embajador vecino, consultó las páginas amarillas del directorio de Delhi.

Hasta ateos que se equivocan diciendo “amén” rezaron en la partida de Sánchez Juliao. Descanse en paz pero sore todo en pos de ficciones más allá de la vida, que ésta nos la hizo grata a millares.

“David era una fiesta”, como cantó el poeta José Luis Díaz-Granados encargado del obituario. Dios nunca rió, pero el Crucifijo de la Iglesia de Cristo Rey se carcajeó con estas exequias.


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Por Bernardo Rivero Ramos “No todas las cosas entran por los ojos; saber escuchar es la mejor forma de aprender”. Palabras sabias de un ciego. Acostumbrados a seguir las obras literarias a través de las ediciones escritas y, en el mejor de los casos, a través del cine, David Sánchez Juliao rompió el esquema con […]
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