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Un triste final

Por Antonio Caballero, Revista Semana, Bogotá

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela Foto elvenezolanohouston.com

El chavismo solo podrá sostenerse si se vuelve de verdad tiránico y deja de jugar a la fingida democracia parlamentaria por un lado y a la falsa revolución popular por el otro. Pero no puede hacer ninguna de las dos cosas.

Supongamos que por la protesta callejera y la presión internacional, y ojalá sin que sea necesario que se multipliquen los muertos cuyo goteo empezó con la represión de la gran marcha del miércoles pasado, cae Nicolás Maduro. Y aún –llevando las cosas al extremo– supongamos que cae el régimen chavista en Venezuela.

No por tiránico, sino por inepto. Nunca, que yo recuerde, ha caído un régimen tiránico por el simple hecho de serlo –salvo cuando ha entrado en el juego una revolución sangrienta o una guerra internacional. El chavismo solo podrá sostenerse si se vuelve de verdad tiránico y deja de jugar a la fingida democracia parlamentaria por un lado y a la falsa revolución popular por el otro. Pero no puede hacer ninguna de las dos cosas: no tiene las bases sociales necesarias, y ya se le acabaron el carisma de Hugo Chávez y el dinero del petróleo, que eran dos de las tres patas en que se sostenía. Solo tiene el respaldo del Ejército. Y hasta ahora el Ejército, aunque leal al régimen, no ha querido seguirlo en sus posiciones extremas: el desconocimiento del resultado electoral de hace dos años o el golpe contra el Parlamento (la Asamblea) de hace dos semanas. Es un respaldo a medias, como el que tuvo, digamos, el perezjimenismo hace 60 años o el régimen de los partidos hace 20. No es una garantía.

Así que supongamos que cae Maduro. ¿A dónde irá?

Depende de si tiene o no tiene dinero.

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