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Un alcalde de manos limpias Seria bueno que de vez en cuando Peñalosa bajara la cabeza. Antes de que sea demasiado tarde.

Por Vladdo, Diario El Tiempo, Bogotá

El alcalde Enrique Peñalosa en la inauguración del "deprimido" de la calle 94. Foto static.iris.net.co

La paciencia de muchos bogotanos fue sometida a una dura prueba el domingo pasado, tras la inundación del interconector de la calle 94, al norte de Bogotá, dado al servicio con bombos y platillos por Enrique Peñalosa hace menos de tres meses. Tengo que reconocer que, al igual que muchos capitalinos, yo también sentí un alivio al ver en funcionamiento esta obra, que tantos disgustos y lamentos nos sacó en estos diez años de construcción desprolija y onerosa. Lo que no llegamos a imaginar fue que solo 75 días después terminara convertida en una piscina.

Sin embargo, la emergencia en el deprimido y la seguidilla de disculpas pueriles con las que los funcionarios distritales trataban de explicar lo inexplicable son apenas unos de los numerosos síntomas de que la administración no va por tan buen camino como muchos quisiéramos. Yo no voté por Peñalosa, ni lo haría jamás, pero desde que regresó al Palacio Liévano he deseado de corazón que le vaya bien en su gestión y esperaba que cuando se equivocara, de lo que nadie está exento, tuviera la humildad de reconocerlo.

Sigo convencido de que la diferencia entre un líder y un político del montón, entre un estadista y un populista, es la manera de encarar las crisis; pero Peñalosa –como cualquier Gustavo Petro– reacciona echándoles el agua sucia a un contratista, al ciudadano que no cumple las normas, a los alcaldes anteriores, a un subalterno, a los que quieren revocarlo, etcétera. “El Alcalde traslada su responsabilidad de gobernar y culpa a terceros por sus desaciertos o poca gestión”, decía en Twitter, en diciembre de 2012, el hoy flamante secretario de Gobierno, Miguel Turbay, al referirse al exalcalde; pero ahora esas palabras parecen escritas para su jefe.

Tras casi año y medio de Peñalosa II, los problemas en Transmilenio no paran, la movilidad es un infierno, la cultura ciudadana es inexistente, las calles están hechas añicos y la seguridad deja mucho que desear. (Y para no alargar el cuento no hablemos de su improvisada decisión del metro elevado, la absurda troncal de la carrera 7.ª ni de su menosprecio por la reserva Van der Hammen).

No se puede negar que Peñalosa encontró una ciudad llena de problemas, pero también es cierto que por eso los bogotanos lo escogieron a él: para que los resolviera, no para que explicara por qué no se pueden arreglar. Además, en este período el Alcalde ha tenido como aliado un dócil Concejo distrital, que le acolita todas sus iniciativas.

Como si fuera poco, también ha contado con una prensa benévola, que casi nunca lo cuestiona. No quiero imaginar la reacción de los medios si en tiempos de Lucho Garzón, o del mismo Petro, se hubiera inundado una obra acabada de inaugurar, por citar un solo ejemplo. Habrían tenido que pagar escondederos a peso.

Aunque hasta ahora Peñalosa la ha sacado barata, sería bueno que en vez de lavarse las manos aceptara que no es infalible; y que, a su vez, el Concejo recuperara su autonomía y la prensa, su papel fiscalizador. Antes de que sea demasiado tarde.

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Colofón. La revocatoria es otro tema. No creo que esa medida, por muy legítima que sea, sirva para resolver nada. Si un mandatario comete faltas administrativas, disciplinarias o penales, ya existen las instancias correspondientes para que responda; tal y como ha ocurrido con tantos que han sido separados de sus cargos o procesados por diversos delitos. Ahora, si un alcalde, gobernador o presidente resulta ineficiente, la mejor revocatoria es no volverlo a tener en cuenta ni para la junta de un edificio. Y que no nos pase lo de La Guajira, donde los electores, a pesar de las destituciones y condenas que hemos visto, vuelven a votar por los mismos.

VLADDO@Vladdo

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