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Todo no estaba acordado: los pájaros tirándole a las escopetas

Por Octavio Quintero, El Satélite

 

Ahora sí estamos en un lío mayúsculo, a juzgar por lo que dice la canciller, María Ángela Holguín: “La decisión de si se abren o no los acuerdos, es más una decisión de las Farc”.

Y Timochenko dice que el acuerdo final firmado entre el Gobierno y las Farc tiene un carácter de especial y, al ser depositado ante el Consejo de la Confederación Suiza, en Berna, “le confiere innegable e irrevocable efecto jurídico”.

¿O sea que, si mal no entendemos, la llave del proceso de paz, que constitucionalmente está en manos del Presidente de la República, ha quedado en manos de las Farc?

Si ello es así, entonces no tiene ningún sentido la reunión hoy del presidente Santos con los expresidentes Uribe y Pastrana. ¿A qué se reúnen? Obviamente a ver cómo se pueden incorporar sus objeciones a los acuerdos de La Habana… ¿Pero cómo hacerlo si, según la canciller, depende de la voluntad de las Farc, y según las Farc, eso es cosa ya juzgada y de “irrevocable efecto jurídico”?

Si uno, que cree haber mantenido una posición objetiva en este proceso analítico de las negociaciones del Gobierno con las Farc, ve con tristeza que el gobierno haya perdido la iniciativa en el mismo… ¿qué no estará sintiendo la opinión pública que tiene de las Farc la peor imagen entre todas las demás imágenes que se miden en el país?

Y la realidad pareciera estar de parte de las Farc…

El 26 de septiembre, en pomposa ceremonia, pocas veces vista, el Presidente de la República de Colombia, representando legal y constitucionalmente a todos los colombianos, estampó su firma en unos acuerdos que tenían como premisa que “nada está acordado hasta que todo esté acordado”. También firmó Timochenko, en su condición de jefe supremo de las Farc. Ambas firmas, folio a folio –se supone—lo que indican es que ya todo quedó acordado…

“Pero les faltó un detallito así de chiquito”, dice el docto vulgo: que si ambas partes habían acordado someter a refrendación del pueblo colombiano esos acuerdos, entonces, siguiendo la misma premisa, nada puede tomarse como acordado hasta que todo no esté acordado, y como el pueblo no estuvo de acuerdo, eso, simple y llanamente indica que “nada está acordado”.

Que no venga Timochenko a dárselas de leguleyo, aprovechándose del ‘culiprontismo’ del presidente Santos, que invirtió los pasos finales del proceso de negociación porque, de lógica, debió haber esperado el resultado del plebiscito para después montar el espectáculo de Cartagena. Ese afán de último momento se tiro toda la paciencia que desplegó en cuatro años. Y el mismo afán de las Farc de aprovecharse del suculento papayaso, podría dejarlas sin el pan y sin el queso.

Fin de folio.- Lo único cierto que dijo el expresidente Gaviria en su fallida defensa del SÍ al plebiscito es que “a Uribe no le gusta la paz con las Farc sólo porque no la hizo él”.

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