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Teletón: no más caridad para las personas con discapacidad

Por Marisol Moreno Angarita* (razonpublica.com)

El lastimero y telegénico llamado para ayudar a las personas con discapacidad está empezando a perder su atractivo y –lo que es peor- sigue escondiendo el problema de fondo: estas personas no necesitan caridad; necesitan respeto por sus derechos.

El verdadero desarrollo

Entre el viernes 23 y el domingo 25 de febrero, durante 27 horas y 40 minutos, los colombianos asistimos a nueva versión del Teletón, el programa de televisión que cada año pretende recoger fondos para “ayudar a los niños y adultos con discapacidad física o motora”. Esta vez la noticia consistió en que el recaudo había estado muy por debajo de las expectativas y del total recibido en años anteriores.

Pero detrás de la noticia – y detrás del Teletón- hay un asunto bastante más  profundo: el tratamiento que da cada sociedad a sus propios ciudadanos. Según han observado filósofos como John Rawls y economistas como Amartya Sen, el verdadero grado de desarrollo de una sociedad se mide por el trato que ella da a sus miembros más desventajados: a mejores condiciones de vida para las personas con discapacidad, mayor es el grado de desarrollo humano.

Teletón envía otro mensaje paralelo: que la inclusión de una persona con discapacidad depende de que ella se rehabilite es decir, que “funcione” como los demás.

A lo largo de la historia, las personas con discapacidad han tenido diferentes grados se aceptación; en algunas culturas los acogen, en otras los rechazan, en otras los ocultan. Aún hoy en sociedades “avanzadas” como la norteamericana, la inglesa o la canadiense, donde estas personas han logrado un mayor grado de inclusión, persisten barreras actitudinales pese a las leyes, recursos, programas y estrategias inclusivas.

País de leyes

En el caso colombiano, el proceso de inclusión de las personas con discapacidad ha sido impulsado en las últimas tres décadas por una serie de desarrollos normativos, culturales y sociales.

En veinte años se han dado tres grandes leyes para incluir a la población con discapacidad:

  • en 1997, la Ley 361, conocida popularmente como la Ley Clopatofsky;
  • en 2009, la Ley 1346, que ratifica la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad,
  • y en 2013, la Ley 1618 que promueve el goce efectivo de los derechos de esta población.

¿Pero qué tanto hemos avanzado en realidad? Aún no logramos una educación para todos, ni una ocupación productiva, ni una inclusión laboral sostenida, ni una vida independiente, por nombrar solo algunas de las grandes promesas contempladas en estas leyes.

Aún no logramos una ocupación productiva, ni una inclusión laboral sostenida, ni una vida independiente para las personas con discapacidad.

En 2012, El Departamento Nacional de Planeación y el ente rector de la Política de Discapacidad del momento, el Ministerio de Salud, comisionaron un estudio para evaluar la política referente a la discapacidad y, entre otros muchos hallazgos, se encontró que existían diversas barreras para la inclusión: físicas, económicas, culturales, arquitectónicas, comunicacionales y actitudinales. El estudio afirma que estas últimas son uno de los mayores retos pendientes en nuestra sociedad. En otras palabras, se encontró que aunque las leyes promueven la inclusión, los ciudadanos aún se resisten a ver como iguales a los ciudadanos con discapacidad.

Teletón: mensajes equivocados

Telton.
Telton.  
Foto: Instituto Nacional Para Ciegos

Pedir recursos individuales apelando a la caridad, la compasión y la ayuda filantrópica, con un mensaje de “pobrecito”, “puede menos”, “debemos darle ayuda para mitigar su tragedia personal” es muy inconveniente. Estos mensajes nos devuelven a épocas anteriores que deben ser superadas.

Recaudos masivos y mediáticos como el Teletón contribuyen a alimentar un imaginario que queremos erradicar de nuestras prácticas. Los niños, niñas, jóvenes y adultos con discapacidad no necesitan “limosna”. Quieren acceso a servicios de salud y educación, a proyectos productivos y a vidas exitosas. Quieren culminar una carrera, casarse, abrir una cuenta bancaria ellos mismos, tener ingresos que les permitan contribuir a sus familias. Quieren participar en la vida social y política de un país. Quieren ser reconocidos, como los demás miembros de la sociedad, por sus capacidades.

Por eso, si cada año se tiene un escenario masivo, intenso, sostenido, que sigue afirmando que las personas con discapacidad requieren ayudas económicas compasivas, los colombianos vamos a seguir pensando que estos ciudadanos son merecedores de lástima y no de verdaderos derechos.

Adicionalmente, este evento masivo es conducido por los mismos periodistas que ostentan el poder de construir realidades a través de la presentación de noticias. Dicho de otra manera, quienes el resto del año cuentan las noticias, se dedican durante dos días a decir que la noticia son unas tristes y desafortunadas personas que tienen enfermedades no curables. Todo esto en un género casi de telenovela, con musicalización, narrativas y manejo visual en formato de espectáculo.

En esta misma dirección, se envía otro mensaje paralelo: que la inclusión de una persona con discapacidad depende fundamentalmente de que ella se rehabilite y recupere lo perdido, es decir, que “funcione” como los demás.  Este centralismo del cuerpo del individuo como el eje de la exclusión presenta varios problemas:

  • No podemos reforzar la idea de que las dificultades de las personas con discapacidad son asuntos que se resuelven individualmente o que son responsabilidad de la familia, los hermanos y los buenos profesionales. Así se  niega o se esconde la responsabilidad del entorno social en la exclusión de las personas con discapacidad.
  • Se seleccionan sobre todo casos de niños y niñas, con el claro propósito de capturar las emociones de la audiencia, en un modelo efectista que llega al imaginario del televidente, a su corazón, y seguramente se queda para siempre. ¡Qué triste vida la de este niño!, ¡Qué familia tan sufrida! ¡Qué tragedia!

El televidente que dona queda convencido de que las personas con discapacidad son merecedoras de nuestra compasión, porque son muy desafortunadas. Y al día siguiente, cuando se las encuentre y se relacione con ellas en su vida cotidiana, no los verá como ciudadanos y ciudadanas, sino como sujetos de caridad, que quedan al juicio subjetivo de la actitud compasiva y no de la garantía de derechos.

Desde la perspectiva del desarrollo humano, en cambio, hay un reconocimiento de que ser distinto, tener una condición diferente y diversa, es una condición natural. Todos somos diferentes. Nos movemos distinto, pensamos distinto, nos comunicamos distinto. Así, ser distinto es lo natural-normal-típico. En este caso particular, se reconoce, se valora y se celebra la discapacidad, porque forma parte de la diversidad humana. “¡Que viva la diferencia!” es la proclama que desde la propia diversificación genética y biológica ha marcado a la especie humana.

Dicho de otra manera, la vía caritativa y la vía de los Derechos Humanos son dos vías opuestas. Estos dos referentes conceptuales, discursos, y prácticas son distintas y eso es lo que los movimientos sociales de las personas con discapacidad han querido hacer notar a la sociedad.

¿Cuál es el camino?

Alejandro Gaviria, Ministro de Salud.
Alejandro Gaviria, Ministro de Salud.  
Foto: Ministerio de Salud

Si la caridad no es el camino, ¿qué debería ocurrir para que la aceptación de las personas con discapacidad sea integral?:

  • Que en lugar de que se les mire como héroes, sobrevivientes de tragedias personales, se les reconozca su condición de igualdad contemplada desde 1991 en la Constitución Política.
  • Que en lugar de darles una ayuda económica pequeña, se les reconozca el derecho a ser productivos, autosuficientes, proveedores, mediante la oferta de oportunidades para aprender, trabajar, participar, contribuir activamente a su grupo familiar, comunitario y social.
  • Que en lugar de que a su familia se le pida que relate las tristezas y las tragedias que han experimentado, se les reconozca su papel de cuidadores autónomos y se les eliminen las barreras que experimentan en sus vidas cotidianas para acceder a los servicios incluidos en la oferta programática que el Estado colombiano tiene para ellos.
  • Que las empresas decidan contratar a las personas con discapacidad, en lugar de donar un monto una vez al año y que los servicios de transporte sean accesibles para que puedan movilizarse como cualquier otro ciudadano.
  • Que los niños, niñas, jóvenes y adultos puedan asistir a los lugares públicos como piscinas, parques, centros comerciales, fiestas, sin ser excluidos, rechazados, alejados o invisibilizados.

Colombia es pionera en promulgar leyes, decretos, resoluciones, que aún no se materializan en la vida de las personas con discapacidad. ¿Por qué no avanzamos más allá del papel y lo hacemos realidad en la vida cotidiana?

Recaudos masivos y mediáticos como el Teletón contribuyen a alimentar un imaginario equivocado. Las personas con discapacidad no necesitan “limosna”.

No son las normas las que crean las realidades, sino los pensamientos, actitudes,  percepciones, acciones y  discursos, que día a día circulan en los medios, las aulas, las empresas, las organizaciones sociales. Estas se alimentan del contenido simbólico que suministran los medios, la cultura, la educación, la tradición. Por eso, lo que promueven los medios hace mella en el tejido social y en el imaginario de quienes los ven, oyen y siguen.

Así, luchamos 363 días porque los derechos se materialicen y sean realidad para este grupo social minoritario, pero dos o tres días al año nos siguen reiterando la idea de que esta población merece ser compadecida. ¿Es esto conveniente? El colombiano de a pie tiene la última palabra. Porque como afirman los estudios politológicos, ninguna ley puede lograr lo que una sociedad no quiera garantizar.

*Profesora Titular del Departamento de la Comunicación Humana de la facultad de Medicina de la Universidad Nacional, fonoaudióloga, magister en Comunicación y doctora en Salud Pública.

 

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