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Sobre la POSVERDAD

Por Efraim Osorio López

Imagen blogspot.com

Me había comprometido conmigo mismo a no volver a hablar del absurdo término posverdad, o, mejor, del disparatado significado que le acomodaron, pero desistí de mi empeño cuando leí en El Tiempo esta frase del señor Moisés Waserman: “La enemiga de la buena ciudadanía es la mentira, hoy mejor presentada en sociedad con el término campeón de ‘posverdad’…” (31/3/2017). Ofrece enseguida la definición que de este esperpento da el diccionario Oxford, y que ya transcribí. Sigue el columnista: “La posverdad está nutrida por una mezcla de mentiras simples, generalizaciones acríticas, teorías conspirativas extrañas y rumores”. ¡Término campeón, bah! Mejor, ¡sinsentido campeón! Hasta ahora nadie ha dado una explicación –porque no la hay, ni la dará, porque es imposible– de por qué el prefijo pos- (post-) despoja a la palabra verdad de su significado primario, a saber, la “conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente”. Semánticamente, posverdad significa lo que hay detrás de la verdad o lo que viene después de ella –las otras acepciones son caprichosas–, puesto que eso es lo único que el susodicho prefijo quiere decir en los vocablos que con él se forman, sin quitarle a su elemento principal el significado natural. Por ejemplo, en el término posguerra (“tiempo inmediato a la terminación de una guerra”), guerra sigue siendo guerra. Para expresar lo que los admiradores de la palabreja esa pretenden hay muchas palabras, empezando por mentira y siguiendo con patrañas, infundios, farsas, invenciones, filfas, bulos, etc., y hasta dichos, como dar dado falso, meter gato por liebre, jugársela de codillo, dar el pego, etc. ¿Tendrá la Academia de la Lengua la sensatez de rechazar semejante disparate?

 

El párrafo anterior lo escribí hace ya unas cuantas lunas. La respuesta de la Academia a la pregunta con que lo termino, sin en realidad proponérselo, fue la siguiente:

 

“La posverdad da el salto al Diccionario” (Alex Grijelmo, El País, España, 30/6/2017). Y anota: “El director de esa institución, Darío Villanueva, lo ha anunciado este jueves durante su conferencia magistral titulada Verdad, ficción, posverdad. Política y literatura, que pronunció en Madrid durante la clausura del Máster Universitario en Derecho Constitucional ofrecido conjuntamente por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo”. ¡Qué maravilla! ¡Qué aporte extraordinario al enriquecimiento de nuestro léxico con vocablos espurios y absurdos semánticos, como el de la voz precuela (que no es una inflexión de precolar, no, señor, sino un antónimo de secuela, como si ésta fuera una palabra compuesta, pues dice El Diccionario que se sustituye la sílaba se por pre)! Para justificar su inclusión en el diccionario dice que ya alguien la usó en el 2003, y que el diccionario inglés de Oxford la declaró la palabra del año. Dice también que aún no tienen su definición. Si hay una palabra fácil de definir es ésa, pues cualquier acepción que le acomoden es la precisa, ya que su único significado lógico –detrás de la verdad o después de la verdad– fue echado al cesto de la basura para apropiarle cualquiera, caprichoso y arbitrario, sin ninguna duda. Si posverdad significa mentira, posmentira significaría verdad. ¿Absurdo, no? Más adelante advierte: “Este uso del prefijo pos- no implica que vivamos un momento en el que la verdad ha desaparecido, del mismo modo que la “era posindustrial” no define la época en la que ya dejaron de existir las industrias”. Un sofisma, si los hay, porque el terminacho que me desvela desvirtúa el significado natural de sus dos elementos, prefijo y nombre; no así posindustrial, pues este adjetivo quiere decir que esa época dejó de tener para la humanidad la importancia que tuvo durante su inicio y en su apogeo, no que haya desaparecido, pues queda en nuestra historia como uno de sus mojones. En Colombia, hoy, podemos hablar de la era poscafetera, puesto que ésta ya no es la base principal de su economía. Obviemos, pues, modas y esnobismos, y formemos neologismos inteligentes. Pero, ¿quién diablos soy yo para dar siquiera una opinión?

 

Manizales, julio de 2017.

 

 

 

 

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