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Ser Pilo: efectos colaterales

Por Yolanda Reyes | @yolandareyesv Comentar, Diario El Tiempo, Bogotá

La banda cobraba $25 millones por cada alumno que aspirara a ingresar a la universidad. Foto Noticias CARACOL

Quiero pensar que la falta de resonancia de esta noticia se debió a la tensión preelectoral.

La banda ‘los Intelectuales’, que no es propiamente una banda de rock, reclutaba estudiantes pilos, ese colombianismo que casi se ha vuelto pilar de la política de Estado para la educación superior de este país. El trabajito que les contrataba era el de suplantar a estudiantes no tan pilos en los exámenes de admisión de la facultad de Medicina de la Universidad del Magdalena.

La jefa de la banda hacía ‘casting’ –según la terminología policial– para detectar jóvenes con “alto coeficiente intelectual”, parecidos a los estudiantes suplantados o, para ser exactos, a los futuros médicos en cuyas manos podríamos estar usted o yo en un par de años. Los pilos ganaban pasaje y paquete turístico en un hotel de El Rodadero, más 2’500.000 pesos, pagaderos contra entrega de los resultados de admisión. Las familias de los futuros ‘doctores’, por su parte, pagaban cerca de 25 millones a la banda para que un pilo presentara el examen de sus hijos con contraseñas de identidad falsificadas, como las que compran los menores en cualquier ciudad de este país para emborracharse legalmente.

Quiero pensar que la falta de resonancia de esta noticia entre los líderes de opinión, los gobernantes y la sociedad civil se debió a la tensión preelectoral. La misma indiferencia que suscitó el ‘avance informativo’ del Fiscal sobre una organización criminal dedicada a la compra de votos, de la que prometió contarnos todo, ¡pero después de elecciones!, suscitó esta red criminal, que no opera exclusivamente en Unimagdalena y fue denunciada por el rector. Sin embargo, lo más preocupante fue la reacción de la ministra de Educación, quien señaló que solo tres de los dieciséis jóvenes capturados formaban parte del programa Ser Pilo Paga. SOLO tres: de nuevo un número, como si la educación fuera un problema estadístico y como si no hubiera que acusar urgente recibo de semejante alerta.

¿No es esto, acaso, un efecto colateral de la idea de educación como puntaje y mercancía que ha sido transmitida por el Gobierno, con su eslogan del ‘país más educado’? Ese binomio que asoció el antes poco valorado ‘ser pilo’ con la obtención de un pago caló eficazmente entre la opinión, y cabe preguntarse qué tanto de exclusión y dolor, qué ideas sobre títulos, ‘doctores’ y privilegios reservados a los que tienen dinero y qué significados atribuidos al hecho de estudiar y aprender estaban instalados en nuestra idiosincrasia para que esos eslóganes hubieran caído en tierra tan fértil. Si la lección que queríamos dar a los más jóvenes y a sus familias era la equivalencia entre comprar estudio y estatus y entrar a las universidades privadas a cualquier costo, ahí están los resultados.

Despojada de su sentido vital, cultural y ciudadano, del desafío de hacerse preguntas y del proceso que implica aprender lentamente, la correlación de la educación con una inmediata recompensa económica es una idea esquemática que, a la larga, también será fuente de frustraciones entre los llamados pilos. A menos que pongamos el acento en lo que entraña aprender –en su dificultad y en su valor intrínseco–, y a menos que el Estado asuma seriamente la brecha de inequidad que se construye desde la primera infancia con la educación de calidad que a unos se les da y a otros se les niega, y que no depende de los esfuerzos personales, la educación seguirá siendo una moneda de cambio que a algunos les toca comprar, como se compran votos y privilegios, para acceder a los espacios en donde se supone que están los más educados. De nuevo surge la eterna pregunta sobre el lugar de la educación pública como el escenario para trabajar con todos desde el comienzo, y no cuando ya es demasiado tarde para ser pilo.

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